domingo, 3 de febrero de 2013

REFLEXIONES DE UNA PSICOANALISTA FEMINISTA



REFLEXIONES DE UNA PSICOANALISTA FEMINISTA

 Para empezar
Hablar sobre feminismo, en singular, es equivocado, ya que dentro de este amplio movimiento existen diferentes maneras de concebirlo, tantas como diferentes mujeres que lo componen y diferentes ilusiones y trampas en las que algunas quieren seguir creyendo para mantener una idea de la sororidad que, concebida sin fisuras, puede hacer más daño que utilidad al mismo movimiento.
Esta es una advertencia seria que debe ser atendida para no cerrar puertas a una vitalidad que los movimientos feministas necesitan para responder a los desafíos de nuestro tiempo y sus contradicciones, las cuales tienden a clausurar el pensamiento a favor de las banalidades cotidianas: el empuje al consumismo, el culto a la imagen, la pasión por la frivolidad.
Todo apunta en nuestra actual civilización a obturar las preguntas que tienen que ver con el deseo de vivir una vida que tenga calor, color, sensibilidad, para ofrecer a cambio recetas prefabricadas, válidas para todos, que tienden a eliminar al sujeto, borrar las diferencias individuales, las vidas personales, eliminando cualquier sentido de la responsabilidad sobre la propia vida.
Esto es particularmente evidente en el área de lo que se ha dado en nombrar salud mental. Tanto la psiquiatría como la psicología parecen haber sucumbido a la corriente de los tiempos actuales que buscan recetas mágicas, soluciones rápidas y eficaces (cuando lo rápido nunca es lo eficaz) y sobre todo eliminar cualquier tipo de pregunta molesta que la pseudo-ciencia no pueda contestar. Es preferible pensar que existe una entidad llamada depresión, nombre con el que se designa una especie de cuerpo extraño que ha venido a instalarse en la vida mental de cualquier persona, independientemente de sus circunstancias vitales, de su historia personal, de sus anhelos y frustraciones, de sus sueños y fantasías, que a la manera de un virus dañino se instalara en su interioridad psíquica y a la que sólo se pudiera combatir con substancias químicas, los antidepresivos. ¿Cuál es el precio a pagar por esta supresión? Lo real retorna de otro modo cuando se lo quiere eliminar, en este caso, retorna a través del llamado a la magia, el último reducto adonde han ido a refugiarse los sueños incumplidos que se resisten a ser silenciados. Pero el gran inconveniente es que esto se hace al coste de debilitar al sujeto, haciéndolo más dependiente de poderes inciertos que sólo favorecen el dominio de aquellos que necesitan de esos sujetos dependientes para engrosar su mercado: laboratorios químicos a los que no les interesa curar sino cronificar las perturbaciones y/o las enfermedades; medicina oficial que depende de los laboratorios en su labor curativa y a la que le interesa defender la medicalización del sufrimiento; psicologías alternativas que ofrecen terapias con indicaciones de una obviedad que para un espíritu más o menos inteligente resultarían ofensivas por el grado de infantilización a que se somete a los que se acercan a ellas.
Por todas estas cosas creo que es importante y necesario alzar voces de protesta y ofrecer un espacio de escucha respetuoso con la particularidad de la historia vivida de cada persona, donde pueda expresarse, ser escuchada y donde se le pueda hacer oír lo que ella misma dice sin saber lo que dice. Los antiguos filósofos, que se hacían más preguntas por el ser, estaban más cerca de lo más genuino de la vida psíquica que las corrientes actuales tanto en la medicina como en la psicología que, amparadas en la búsqueda de soluciones inmediatas –mal llamadas eficaces-, proponen pseudo-soluciones al sufrimiento, las cuales resultan peligrosas porque se rodean de un halo de cientificidad que resulta atractivo a quienes quieren evadir las preguntas que, precisamente, les acercarían a lo que les hace sufrir y les proporcionarían los medios para alcanzar una autonomía relativa pero posible. Nada propicia más la libertad personal que saber a qué se está sujetado, y nada agravia tanto el orgullo de quienes sueñan con una libertad sin límites; libertad que no por ser deseada es alcanzable. Al pensamiento freudiano debemos la idea tan metafóricamente expresada de que el sujeto no es dueño en su propia morada, una manera muy poética de decir que muchas de las cosas que nos determinan escapan a nuestro conocimiento consciente. Si se acepta esto, sí es posible ampliar los márgenes de libertad de una persona cuando consigue saber qué es lo que puede y lo que no, porque eso le permite aprovechar su energía creativa y desarrollarla en aquellos campos donde tiene capacidad para ello.
Los libros de auto-ayuda ofrecen consejos prácticos que distan mucho de serlo porque despistan al sujeto de aquello que lo perturba ofreciéndole consejos de actuación que pretenden paliar su malestar, las terapias que prometen un desarrollo personal que fomenta la ilusión de ser más importante que el resto de los mortales, sólo logran hacer una inflación de la fantasía de omnipotencia infantil a costa de reducir la potencia real de que esas personas disponen. Por otra parte, cada vez proliferan más los grupos, generalmente de tipo religioso que ofrecen, igual que las drogas o el alcohol, recetas mágicas de plenitud y que funcionan como sectas que destruyen la relativa autonomía de las personas.

Todo grupo crea una ilusión de completud imaginaria que sostiene al sujeto y lo satisface. Pero esa ilusión dura un tiempo. Los que se instalan en una posición de saber que los diferencia del resto y fomentan la idealización intentan alargar a toda costa ese tiempo ilusorio para sujetar a sus adeptos y para lograrlo emiten mensajes que sólo favorecen la dependencia hacia los líderes y minan el auténtico crecimiento personal. La pregunta es por qué florecen tanto estas ofertas en este tiempo. ¿Qué insoportable vacío intentan llenar? ¿No sería más productivo ayudar a una persona a desarrollar una fuerza que le permita soportar la insoportable incompletud de su ser?

Pisocoanálisis y feminismo
Hasta aquí una reflexión sobre el sujeto-sujetado que no hace distinción de género ni de sexo porque es una cuestión que afecta a lo humano. Pero una terapia que tenga en cuenta la particularidad del género, de la diferencia sexual, una terapia verdaderamente feminista necesita de una lucidez del/la profesional que se haga cargo de escuchar las problemáticas particulares que afectan a las mujeres que nunca son las mismas que afectan a los varones. Rescato del psicoanálisis su manera respetuosa de poner el acento en la singularidad de cada persona, su escucha personalizada, su compromiso en conducir al sujeto en el camino de su libertad pero como psicoanalista feminista que soy creo que el psicoanálisis debería tener en cuenta que el género no solamente afecta a las identificaciones que el cuerpo normativo de cada cultura ofrece a sus miembros para reconocerse como hombres o como mujeres, -o sea, en su diferencia sexual-, sino que afecta también de una manera no siempre fácil de rastrear al efecto que esas normas tienen en la conformación de sus deseos sexuales, dado que la sexualidad humana es más que un conjunto de pulsiones parciales intrapsíquicas y se conforma de una manera relacional donde los primeros mensajes que se reciben de las figuras más significativas tienen una impronta particular que será puesta a prueba con la socialización posterior que podrá reforzar esos mensajes o debilitarlos y con la sintonía o distonía de los propios ideales.
Psicoanalista y feminista no es una contradicción como creen muchos colegas psicoanalistas. El feminismo no es el opuesto binario del machismo. Si en algo se diferencian es en que el feminismo es una corriente de pensamiento crítica que dirige sus análisis a las culturas y a cómo éstas afectan a las condiciones de vida de las mujeres y de los hombres. Dichas críticas tienen por objeto facilitar reflexiones que permitan a ambos sexos desmarcarse de imperativos de rol alienantes.  Fenómenos como la violencia machista con su resultado trágico en muertes de mujeres no pueden ser vistos bajo la óptica miope de un aumento del masoquismo de las mujeres en nuestra época actual, sin cuestionar por otra parte, cómo afecta a los hombres inseguros de sí mismos que sus mujeres logren una autonomía en sus deseos que les quitan la ilusión de ser todo para ellas. El psicoanálisis ortodoxo critica poco a los hombres y encuentra en sus fundamentos epistemológicos un reforzamiento de posiciones que favorecen la jerarquía del sexo masculino aunque más no sea por el privilegio que el lenguaje corriente hace de la vertiente imaginaria del falo. Esta es una razón por la cual muchas mujeres feministas desconfían tanto del psicoanálisis que, sin embargo, puede ofrecerles una alternativa más productiva y rica en consecuencias y efectos terapéuticos que disminuyan el sufrimiento y favorezcan el sentido de igualdad de sexos en la dignidad e importancia de cada uno sin privilegios a priori, igualdad de derechos, mal entendida a veces como negación de la diferencia sexual. Por eso es importante despojar al  psicoanálisis de su veta patriarcal y aprovechar la potencia trasformadora de la subjetividad que éste tiene, al acercar a cada persona a su deseo propio, dentro de una ética que lo lleva a decidir si quiere o no quiere lo que desea. Lo cual evidentemente no lo hace proclive  a la adaptación acrítica a un sistema. No es por casualidad que en los regímenes dictatoriales el psicoanálisis esté prohibido o mal visto. Debemos a las teóricas feministas los aportes críticos que han hecho a la teoría psicoanalítica señalando los elementos ideológicos nacidos de una concepción patriarcal. Este hecho unido a los aportes lacanianos que han ampliado la manera de entender los conflictos de la sexualidad, los aportes de Foucault, la teoría queer,  nos permiten ampliar nuestras miradas en las problemáticas de género y diferenciar aquellos síntomas que se dan de manera diferenciada en hombres y en mujeres.

Una de las tareas fundamentales del feminismo, lo quiera admitir o no, pasa por la reflexión de qué se entiende por el concepto mujer/es. Singular y plural entorno al concepto ya marcan una idea diferente acerca de su significación. En singular, nos acercamos a posturas esencialistas que suponen que ser mujer sólo se logra respondiendo a ciertos cánones que están establecidos universalmente y que trascienden las diferentes maneras culturales en que cada mujer responde a lo que eso quiera decir. Hablar de mujeres en plural, supone admitir una diversidad, no sólo en las que pertenecen a la misma cultura sino en las que están condicionadas de otra manera. Hablar de género es abrir un espacio de diversidad que marca los caminos donde la diferencia sexual no sólo no es vivida del mismo modo en diferentes culturas sino que en el seno de una misma cultura nada asegura que un sujeto que pertenezca a un determinado sexo vaya a hacerlo coincidir con el mismo género. Los transexuales son un ejemplo de ello. ¿Consideraríamos como mujer a un transexual anatómicamente hombre en su origen o como hombre a una transexual anatómicamente mujer en su origen?  Son preguntas que necesitan de una clarificación porque hay instituciones feministas que vetan el acceso a transexuales, lo cual ya implica, lo sepan o no, una determinada concepción ontológica de la diferencia sexual y del género que supuestamente le corresponde, acercándose más a posiciones naturalistas.

Las personas somos el resultado de la articulación entre lo somático, lo psíquico y lo social, lo cual supone que ningún campo puede arrogarse la pretensión de decir toda la verdad acerca de un sujeto, dado que las determinaciones son múltiples. Apostar entonces por un trabajo interdisciplinario es reducir la ignorancia y el orgullo totalitario de quienes quieren sentirse dueños de un saber que respondiera a todas las preguntas posibles. Lástima que hoy en vez de acercarnos al multiculturalismo pareciera que nos acercamos a la multi-ignorancia. Tengo conciencia de que declaraciones como las que acabo de hacer van en dirección contraria a los tiempos que corren y que el precio que paga un profesional por defender la necesidad de un trabajo interdisciplinario es muy alto porque no se comprende que se aleje de la especialización, pero se olvida con una alarmante frecuencia que la especialización pierde de vista la totalidad, el conjunto que cohesiona un sistema, una vida personal, un cuerpo. Por ello, las terapias que reivindican una concepción más holística se cubren de desprestigio, tales como el psicoanálisis o la homeopatía, que curiosamente pocas veces trabajan solidariamente. O sea, que hay que estar muy alerta a la tentación totalitaria en términos de saber. No-todo es cuerpo ni no-todo es palabra. Como nos recuerda Judith Butler en “Deshacer el género”, una idea que retoma de Freud: “…la pulsión es precisamente lo que no es exclusivamente biológico ni cultural, sino siempre el lugar de su densa convergencia”.

CLAUDIA TRUZZOLI
Psicoanalista feminista
c.truzzoli@gmail.com       
                                            

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