jueves, 28 de marzo de 2013

DESPEJANDO PREJUICIOS ENTORNO A LAS IDENTIDADES



DESPEJANDO PREJUICIOS ENTORNO A LAS IDENTIDADES

Las presiones identitarias que empujan a un binarismo genérico rígido por la polarización extrema y exclusiva de actitudes y comportamientos asignados a uno y otro género hacen que se produzcan muchas confusiones y atribuciones falsas de identidad. En el caso de la niña, una energía muy activa hace que su entorno inmediato le atribuya automáticamente un desarreglo genérico que se le traslada sin más a una identidad sexual: la atribución de ser lesbiana, sin dar tiempo a que la propia interesada decida en función de la espontaneidad de sus deseos si lo es o no. La película Quiero ser como Beckam nos muestra las presiones que soportaba su protagonista para que dejara de jugar al fútbol, hecho que hacía que todos supusieran que ella era lesbiana. Y no lo era. Cuando una niña es muy activa los padres se inquietan porque no parece responder a lo que se espera de su género. De ahí a levantar sospechas acerca de su posible desviación de la heterosexualidad hay un paso. Y eso se trasmite. Y contrariamente a veces se da la gran paradoja, que consiste en que queriendo evitar la homosexualidad de una hija a toda costa, la familia imponga restricciones y controles tan exagerados, que el mismo agobio de la presión a la feminidad, pueda provocar una rebeldía y hacer de la homosexualidad una opción más interesante por percibirla como un espacio de libertad más desmarcado de los roles clásicos impuestos por los géneros tradicionales. También existe el prejuicio de que si una mujer se muestra muy interesada en el sexo, se le atribuye un rasgo de masculinidad, por confundir su apertura desinhibida con la urgencia compulsiva de la sexualidad masculina que tiende a la descarga.       

La homofobia es el resultado de esa creciente socialización que insiste en la división rígida de los géneros con objeto de  controlarlos  mejor  socialmente.  Sin embargo, esa rígida división entre géneros que además supone una rígida concepción de la orientación sexual exclusiva, no se casa bien con las experiencias vividas por las mujeres que optan por una existencia lesbiana. Muchas de ellas dicen que como lesbianas son más felices que en sus relaciones anteriores con hombres porque encuentran en las relaciones entre mujeres cualidades que no encuentran con ellos, no sólo por la posibilidad de explorar un potencial erótico, que es mucho más amplio en las mujeres que en los hombres, sino también porque se liberan de la mascarada opresiva que adoptan muchas veces para no provocar la rivalidad del compañero y por el temor de dejar de ser deseadas.

Hablando del potencial erótico femenino, recuerdo la película Felpudo maldito, en la que la actriz Josianne Balasko, que interpretaba el papel de una butch (camionera), intenta seducir a Victoria Abril diciéndole “entre nosotras no hay eyaculación precoz”. Otras lesbianas sienten que su atracción por las mujeres es exclusivamente sexual y que siempre ha sido así, reservándose en la fantasía la creencia de su heterosexualidad porque aman a los hombres aunque no se acuesten con ellos. Afirmación que por cierto nos recuerda que amor y sexo pertenecen a registros diferentes, que el amor tiene que ver con los ideales, y no necesariamente se articula con la sexualidad. O sea, se puede amar a alguien del mismo sexo, pero eso no supone siempre un deseo sexual, como suele asociarse desde el desconocimiento y el prejuicio. Hay mujeres que se pueden relacionar sexual y afectivamente con hombres y con mujeres, aunque no es frecuente que lo hagan simultáneamente. Otras reconocen que antes de optar por una existencia lesbiana han tenido una existencia heterosexual y que sus experiencias eróticas con los hombres han sido satisfactorias pero que después de tener una experiencia con una mujer descubrieron otro placer más intenso, como si compararan un café normal con una droga dura. Otras piensan que después de relacionarse con mujeres no volverán a relacionarse con hombres y de hecho, las hay que tienen muchos años de convivencia con su pareja femenina con hijos de un matrimonio anterior o adoptados por ambas o porque una o las dos se decide/n por la inseminación artificial. Otras pueden volver a la heterosexualidad después de algunas experiencias lesbianas.
    
Esta amplia diversidad de la experiencia erótica de las mujeres lesbianas no queda bien reflejada en el uso del término lesbiana, por ser un término homogeneizador que no refleja en absoluto esa diversidad. Como dice Judith Butler en el texto citado más arriba, “si yo proclamo ser una lesbiana, yo me hago visible sólo para producir un closet nuevo y diferente.[…]En efecto, el lugar de la opacidad es simplemente desplazado: antes no sabías si yo “era”, pero ahora no sabes lo que eso significa […]. (El subrayado es mío).
Esta diversidad lesbiana casi nunca aparece en los escritos sobre lesbianas hechos por hombres que parecen preferir una descripción del lesbianismo más cercana a la perversión. Es notorio, como muchos hombres cuando escriben sobre mujeres proyectan su propia experiencia subjetiva creyendo que corresponde a las mujeres. En el caso del supuesto placer masoquista que se supone en todos los casos de mujeres maltratadas tenemos otro ejemplo de semejante proyección masculina. Es patético que una novela como El pozo de la soledad de Radclyffe Hall, la primera novela sobre lesbianismo, haya convertido a su personaje que además tenía nombre masculino, Stephen Gordon, en un arquetipo de la lesbiana. La idea de una lesbiana femenina era impensable primero porque se suponía que la homosexualidad femenina era producto de una inversión sexual –según la terminología médica de la época de Krafft-Ebing y Havelock Ellis-  debida a una cuestión congénita. Las compañeras de estas “invertidas” eran consideradas víctimas inocentes que habían sido seducidas por la perfidia de estas mujeres “perversas”.  Recuerden la película Las Bostonianas, como ejemplo, donde a una pareja constituida según ese prototipo ideológico, sólo le queda el recurso salvador de un hombre que la rescate de ese vínculo, que es el final que nos propone esa película, el mismo desenlace que nos propone  la novela de Radclyffe Hall, donde la femme termina abandonándola por un hombre. Irónicamente, la compañera real de Radclyffe Hall, Uma Troubridge, no volvió a la heterosexualidad cuando Radclyffe Hall se enamoró de otra siendo bastante mayor. Frente a la lesbiana femme los hombres hetero suelen tener una reacción ambivalente cuando descubren su lesbianismo, desconcierto o rabia por sentirse engañados, inquietos por preguntarse porqué les atrajo una lesbiana, o también esperanza de “reconvertirla” por el semblante de feminidad que muestra. Mientras que con la lesbiana butch su reacción es más sencilla. La pluma que se le nota los acerca más a una complicidad genérica porque la sienten más “hombre”, mientras eso no interfiera en una rivalidad por otra mujer.
  
El feminismo radical cambió la concepción del lesbianismo pensado como virilidad femenina para concebirlo como una identificación con las mujeres. El tropo de la inversión, alma de mujer atrapada en un cuerpo de hombre y al revés, es un argumento en el que apoyan los/as transgénero y los/as transexuales, fundamentalmente y también por los homosexuales que ofrecen tropos de género contrapuestos, por ejemplo, los chicos llamados afeminados o las chicas llamadas marimachos o camioneras. Christopher Craft en Kiss Me with Those Red Lips (citado por Eve Kosofsky Sedgwick en Epistemología del Closet (en Grafías de Eros, Historia, género e identidades sexuales, Edelp, 2000), dice

Uno de los impulsos fundamentales de este tropos es la preservación de una heterosexualidad en el deseo mismo, a través de una interpretación singular del deseo de las personas. El deseo en esta perspectiva, subsiste por definición en la corriente que corre entre un ser macho y un ser hembra, cualquiera sea el sexo de los cuerpos en que esos seres podrían manifestarse.

Es interesante comprobar que tanto el argumento de la prisión corporal en la que están atrapados los/as transgénero y los/as transexuales, como la invocación de un ser macho y un ser hembra que podría manifestarse en cualquier cuerpo independientemente de su sexo anatómico, comparten en común cierta idea de intercambio genérico opuesto, o sea, hetero, en la consideración de sus relaciones. El transgénero (de hombre a mujer) cuando se empareja o busca flirts ocasionales con hombres, jamás admitiría que pudiera ser gay. Sin embargo, en un programa emitido en TV2, Cuerpos desobedientes, Olga Cambasani, una transexual, afirmaba que según estadísticas que se habían realizado en la Fundación para la Identidad de Género, en la que trabaja, constataban que alrededor del 30% de las transexuales son lesbianas. Interesante observación porque implica que la identidad de género femenina no se corresponde necesariamente con una identidad heterosexual. Ella misma es un ejemplo de ello. Hacer semejante transformación de su cuerpo en lo real para adaptarlo a su imaginario de género, no varía su inclinación sexual por las mujeres. Aunque mi por lo que mi propia experiencia me enseñó con el tratamiento del colectivo transexual es que esas relaciones en las que se autorizan a llamar lesbianas, las prefieren en realidad fundamentalmente con el colectivo trans. O sea, con otros sujetos que también han hecho la transición de Hombre a Mujer, o bien, con quienes han hecho la transición de Mujer a Hombre. La impresión subjetiva que trasmiten es que es otra dimensión de la sensibilidad. No dicen lo mismo si se emparejan con mujeres biológicas, tal vez porque se sienten menos comprendidos/as. Estas experiencias nos hacen recordar algo que normalmente olvidamos cuando hablamos de identidades sexuales, un presunto saber que como psicoanalistas nos cuestiona y nos recuerda que en cuestiones de sexo somos todos un poco sextranjeros.

CLAUDIA TRUZZOLI
Parte de una ponencia expuesta en las Jornadas de Treinta años de feminismo en Cataluña. Año 2006.            

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