domingo, 3 de marzo de 2013

LA VIOLENCIA CONTRA LA MUJER O LA ALTERIDAD SUPRIMIDA



LA VIOLENCIA CONTRA LA MUJER O LA ALTERIDAD SUPRIMIDA.

Acercándonos al 8 de marzo, conmemoración de un hecho trágico como fue la muerte de muchas trabajadoras quemadas vivas dentro de una fábrica por su osadía de pedir mejoras de condiciones laborales  en una época ya distante a la nuestra, no está de más recordar que en nuestros días el fenómeno de la violencia contra las mujeres, es un hecho que parece vencer todas las leyes de prevención elaboradas a tal efecto. Cuando pensamos en el ensañamiento tal como se está revelando actualmente, no podemos menos que sentir cierta impotencia, además de cólera. Impotencia porque las medidas legales que se toman para alejar al agresor de su objeto a agredir –casi siempre una mujer-, no resultan suficientes, en muchos casos ni siquiera se respetan. Cuando una mujer denuncia a su marido y éste recibe la comunicación de esa denuncia, la paliza está servida, por lo cual sería interesante que antes de denunciarlo se tomaran medidas previas como fotocopias de todos los documentos de familia, hipotecas, recibos, cuentas bancarias, salir del domicilio conjunto y pedir ayuda a la familia de origen, si es que puede darla, o a redes de apoyo, sean amistades o entrar en una casa de acogida con sus hijos y no volver a la propia casa después de haber tramitado la denuncia. También es necesario señalar que las casa de acogida tienen un tiempo limitado para albergar a las mujeres que entran en ellas. ¿Y luego? Interesante pensar, como ejemplo flagrante de la poca implicación de las instituciones para con estos temas, que la que es agredida es la que tiene que irse, no el que arremete. Yo titulé esta ponencia: “Violencia o alteridad suprimida”. Dicho así, porque defino la violencia como una alteridad suprimida. Si nos ponemos a pensar en los fenómenos sociales violentos, xenofobia, violencia contra la mujer, homofobia, transfobia, observamos que lo que es diferente a sí mismo es lo que provoca un malestar que se vuelve violencia desatada en determinadas condiciones estructurales.

Para centrarnos en el tema de la violencia contra la mujer, es necesario poner énfasis en las condiciones estructurales que tienen que estar presentes para que se produzca. Aunque algunas mujeres no les resulte útil ocuparse del agresor, sí me parece necesario exponer una observación empírica que tiene que ver con una constancia estructural que sostiene el acto agresor: se produce un severo descontrol en el hombre cuando se separa que puede llegar hasta el asesinato. De hecho, casi todas las muertes de mujeres se han producido después de la separación o bien, después del anuncio de separación y frente a la impotencia del agresor para hacer desistir de su propósito a su mujer. ¿Qué les pasa a los hombres que se vuelven violentos cuando se quedan solos? Queda al desnudo su incapacidad para estar solos, su dependencia a la mujer que los acompañaba cotidianamente. Esto no significa necesariamente dolor por la pérdida de un objeto amoroso, sino rencor y rabia por ser abandonado a una impotencia de sostenerse que hace que la ira sea la única salida del odio hacia un objeto que resulta necesario no por ser amado sino por ser necesitado de la manera más egoísta, quiero decir, para sostenerse a sí mismo. Los agresores no son todos iguales aunque ciertas condiciones no elaboradas de su estructura los vuelvan potencialmente peligrosos. Los psicóticos pueden pasar desapercibidos cuando tienen una suplencia que les ata y les sostiene  la estructura psíquica para que no se descontrolen. Esa suplencia puede ser una producción artística, un amor estable. De hecho, es cuando falla un amor estable que los sostenía cuando se produce un pasaje al acto homicida, sorprendiendo a quienes los conocían, que hablan del homicida como un ser muy sociable, educado, buena persona, que quién se lo iba a imaginar. No son todos los que están ni están todos los que son, se decía en Argentina refiriéndose a los locos que están y no están en el manicomio. El agresor perverso en cambio, no prefiere matar, prefiere que su mujer se mate a sí misma, si no le queda más remedio para separarse de ella.  Se presenta como alguien inocente, ingenuo, con cara de no haber roto un plato, es muy hábil en la manipulación de las circunstancias que quiere provocar para conseguir los fines que persigue sin quedar en evidencia. Su técnica principal consiste en desestabilizar psicológicamente a su mujer, haciéndola dudar de su cordura, de su equilibrio, de su inteligencia, y para ello emplea técnicas tipo luz de gas, o sea, negar evidencias, desmentir lo dicho con una seguridad tan absoluta que logra que los demás duden de lo que han percibido. Ej.: una paciente me contaba que había visto fotos de su pareja seduciendo inequívocamente a otra mujer, a juzgar por la imagen de la foto, hecho que venía a sumarse a otros que ella había presenciado directamente. Este hecho sin embargo, le fue desmentido por su compañero, que le decía que ella era de una imaginación muy obsesiva en cuestiones de sexo y que siempre veía lo que no era, todo esto dicho con un énfasis tan seguro de sí mismo, sin ninguna dubitación, que ella sintió que a pesar de que algo sordo le decía que no debía fiarse, conscientemente sintió tanto dolor por su insinceridad y su manipulación que a los pocos días, ya se mostraba ella misma confusa, sin saber qué creer y dudando de sus mismas percepciones.

Es importante desenmascarar la estructura psicológica del perverso para poder entender ciertos fenómenos que de lo contrario serían incomprensibles, como por ejemplo, cómo puede existir una tremenda ingenuidad al lado de una poderosísima mala fe. Porque el perverso sabe perfectamente qué es lo que tiene que callar para quedar bien delante de la gente cuando explica los hechos que le aquejan y presentarse como víctima de una mujer histérica o desequilibrada. Su ingenuidad consiste en tomar a su mujer como un objeto obligado a servirle a él, como si fuera una madre de la que no se ha separado su hijo pequeño. Esta ceguera, que por cierto es reforzada socialmente por las presunciones de jerarquía masculina, tiene que ver con una falta de desarrollo de la subjetividad que no permite operar una separación del objeto que permita diferenciarlo de sí mismo y de sus propias necesidades. La madre es percibida por el niño pequeño de esa manera. Si ella no satisface las necesidades se considera mala y se la odia, pero no se percibe como necesitada de algo, dado el poder que se le confiere. Poder que en el hombre adulto -de la tipología que estamos hablando– es atacado con violencia sutil, intentado negarlo frente a la propia mujer a la que se ataca. Cuanto más contemplaciones se tienen con el perverso, éste atacará con más virulencia y con más odio. Porque toda generosidad le aumentará su envidia destructora. Cuanto más se le dé, más  sentirá la diferencia con su incapacidad de dar. El perverso no ama, sólo puede odiar y trata de que no se note. Actúa como un hipnotizador que deja a su merced a la persona hipnotizada haciéndole creer que es culpa suya todos los males que aquejan a la relación y no ceja en sus intentos hasta que logra destruirla.

CLAUDIA TRUZZOLI


PSICOANÁLISIS, PSICOANALISTAS Y MUJERES. -Anudamiento difícil, aunque no imposible-.

PSICOANÁLISIS, PSICOANALISTAS Y MUJERES
-un anudamiento difícil, aunque no imposible-

Tal vez resulte sorprendente un enunciado como éste cuando se ha elogiado hasta el cansancio la deuda que el psicoanálisis tiene con las mujeres, como debe a éstas su propio nacimiento, a partir de que una paciente histérica le dijera a Freud que se callara, dejara de interpretarle cosas y la escuchara y cómo éste la escuchó. Indicios de una buena coincidencia: el deseo de saber de Freud y el saber no sabido de la histérica que busca de todos modos un amo que la sostenga y del que quiere hacerse reconocer como una figura imprescindible para él.
Las mujeres de todas las épocas históricas han tenido que afrontar una cuestión que sigue siendo vigente: la desvalorización del propio género comparativamente con el género masculino. En la actualidad, a pesar del llamado siglo de las mujeres, por la importancia creciente que han adquirido en la participación en áreas que tradicionalmente se han considerado feudos masculinos, no significa que haya verdaderamente una igualdad de derechos y de consideración y respeto igualitario hacia las mujeres.
Desde el psicoanálisis siempre se ha mirado con ironía en el mejor de los casos o con desprecio en el peor, las protestas feministas por esta desigualdad, que no debe confundirse con negación de la diferencia de sexos, como se ha escuchado hasta el hartazgo en boca de muchos psicoanalistas. Ese desprecio por los argumentos feministas que reclaman para la mujer un tratamiento de sujetos de deseo más que de simples objetos causa del mismo, han sido descalificados de antemano con argumentos tales como “lenguaje de mujeres frustradas”, “manifestación de la envidia del pene”, “mujeres que odian a los hombres”, “lesbianas”, en los casos más burdos,  desprecio que muestra más la ignorancia de ciertos teóricos del psicoanálisis que queriendo aferrarse a una lectura sesgada de la teoría que les garantiza un lugar de privilegio de sus presupuestos patriarcales, sienten la necesidad defensiva de encubrir la propia angustia de castración tratando a estas mujeres reivindicativas de castradoras.  O bien, otros manifiestan una conmiseración indulgente hacia aquellas que se esfuerzan por hacer existir a La Mujer, pero al mismo tiempo desconocen las líneas teóricas de un feminismo ilustrado que conoce la teoría psicoanalítica y critica de ella ciertos fundamentos epistemológicos. No deja de ser un considerable beneficio para el psicoanálisis que hoy haya psicoanalistas con perspectiva de género que están haciendo grandes esfuerzos teóricos y prácticos en su clínica para integrar los estudios de género y su repercusión en la sexualidad.

Es lamentable que un desconocimiento mutuo entre los estudios feministas y el psicoanálisis tradicional, haya dado como resultado un desprestigio del potencial revolucionario de la praxis psicoanalítica. Su descubrimiento del inconsciente, que guía nuestras acciones sin que sepamos de qué manera estamos respondiendo a un condicionamiento creyendo ser libres, está expresado en la bella metáfora de Freud, cuando expresa que no somos dueños en nuestra propia morada. Un poderosos ataque al narcisismo cuando enfrenta al ser humano a este reconocimiento pero a cambio, le ofrece la oportunidad de saber a qué está sujetado, para poder decidir si quiere lo que desea. Los estudios de género han puesto el énfasis en la denuncia de la jerarquía masculina y en los efectos de ésta en la subjetividad, anhelos y luchas de las mujeres por un tratamiento igualitario en derechos y dignidad de sujetos deseantes. Pero el desconocimiento mutuo de ambas disciplinas entre sí, ha tenido como consecuencia, que muchas mujeres que perciban el psicoanálisis como un instrumento de opresión más que de liberación en el sentido de una posibilidad de transformar la diferencia jerárquica entre los sexos, que no negar la diferencia de sexos, como a veces se malentienden estas reivindicaciones. Y por otra parte es lamentable que los psicoanalistas ortodoxos, subrayo ortodoxos, en general, salvo raras excepciones -que suelen ser bastante controvertidas por el resto de los colegas- no se hayan tomado más en serio las reivindicaciones feministas en lo que éstas contienen de verdad traduciéndolas en un esfuerzo por encontrar las hiancias en las que la teoría analítica se muestra insuficiente para resolver la problemática femenina en su conflicto entre las aspiraciones narcisistas de ser valorada como género -socialmente subvalorado- y su acceso al goce, interferido por esta problemática.

He vivido personalmente en encuentros con colegas enfrentamientos narcisistas por diferencias teóricas o de opinión que no deberían tener lugar en sujetos que tienen en sus manos una teoría que les advierte de la castración. Diferencias que no ponían en duda en todo caso los presupuestos patriarcales en cuanto al lugar concedido al hombre en la relación no sólo con el otro sexo, sino en la estructura familiar, como el garante de la buena estructuración psíquica de los hijos. La famosa metáfora paterna, tan insuficiente, tan fallida, por otra parte, cuando se declara sostenida en una función que se quiere creer independiente de la conducta de quien la sostiene hace un flaco favor a las mujeres porque niega la importancia de la transmisión de valor que un padre concede al género de su hija y los efectos nefastos que provoca en la subjetividad de ésta cuando se hace eco del valor minusvalorado que socialmente se le atribuye al género femenino. Se escucha muchas veces en los ambientes psicoanalíticos que las histéricas están enfermas de padre. ¿Pero de cual?    

En el camino hacia la sexualidad las mujeres se encuentran con un conflicto que agrava y fomenta uno de los síntomas que se han considerado como característicos de la histeria: la frigidez. Hasta tal punto era el síntoma privilegiado de la histeria que Freud decía que si una mujer era frígida él no dudaba en diagnosticar una histeria. Podríamos decir que una mujer frígida es una mujer que dice no a la satisfacción del hombre, una mujer que quiere que el hombre pase del goce al deseo, pero no dice que no al hombre. Distinción importante porque suelen confundirse ambas cosas con el resultado de presuponer una homosexualidad latente en la histeria. Decir no a la satisfacción del hombre es un recurso defensivo que le permite varias cosas, sentir que mantiene un poder sobre sí misma e introducir un tiempo de espera al hombre frustrándolo en su ansia de goce para que él la desee como sujeto, además de desearla por su cuerpo. Ser reconocida en suma, como sujeto. Esto no es lo mismo que decir que no al hombre, que sería el caso más radical de la lesbiana, quien asume su posición de sujeto pero se niega al hombre. A veces por venganza hacia un padre, una sociedad que la desvaloriza como mujer que no responde a pautas tradicionales de feminidad, otras veces porque percibe que su relación con mujeres le enseña algo de ese misterio que para ella significan las mujeres consideradas femeninas por las que se siente atraída, otras también por la libertad que experimentan como sujetos de deseo libres de jerarquía y la posibilidad de compartir con semejantes muchas afinidades sin coacción. Por todo esto hay que introducir matices cuando hablamos de lesbianas. El psicoanálisis siempre ha mostrado un desconocimiento aprensivo hacia ellas, tal vez porque no responden con complacencia a las gratificaciones narcisistas que les procuran a los hombres las mujeres más dependientes de ellos, las que responden más a una feminidad tradicional, las que sustentan los valores que los confirman a ellos en su pretendida superioridad genérica. Las lesbianas tanto como las mujeres  que no lo son, pero que se niegan a  satisfacerlos, tienen en común la misma protesta genérica. El término lesbiana se presta a confusión y malentendidos. En primer lugar, porque no todas se pueden agrupar en similitudes dada la amplia diversidad de sus experiencias subjetivas. No todas son absolutamente lesbianas en el sentido de no presentar ningún deseo hetero. Creo que sería mucho más apropiado hablar de mujeres con una existencia lesbiana, lo cual no presupone nada acerca del deseo erótico ni presupone ninguna uniformidad.

Todo sujeto, sea hombre o mujer, necesita sostenerse en un Ideal del Yo que lo satisfaga, que dé cuenta de su valor, al que luchará por acercarse en la medida de lo posible. ¿Pero qué podemos decir de aquellos Ideales del Yo propuestos a las mujeres, que las colocan en una situación de sujetos amputados de sus posibilidades vitales, de sus realizaciones personales en cuanto a satisfacción de sus ambiciones, de la puesta a prueba del valor que puede lograrse con la creatividad en el trabajo y con el reconocimiento social?  Pues son justamente las mujeres que se adaptan a estos valores que las hacen más niñas y más dependientes las que responden al ideal de feminidad tradicional, contrapuestas a otras que rechazaban la identificación con esa feminidad tradicional, quienes eran consideradas mujeres fálicas por su preferencia a perseguir maneras de ser y hacer que se consideraban clásicamente exclusivas y propias del género masculino. Sin embargo, hoy asistimos a un tipo de modelo de feminidad propuesto desde la cultura, que entroniza a la mujeres que antes se consideraban fálicas, o sea,  mujeres autónomas, que ganan su propio dinero, que tienen sus metas profesionales, que son ambiciosas. Son justamente éstas las que no están dispuestas a sostener a cualquier precio el narcisismo masculino si el mismo se sustenta en la convicción de tener el derecho de privilegio de sus ambiciones y en la diferencia jerárquica de su género en contraposición a una verdadera equivalencia igualitaria. El desafío identitario en estos casos es como sostener una manera de ser mujer sin adoptar los vicios de la identidad masculina tradicional, problema femenino que atraviesa distintas épocas históricas y que aún sigue presente en la actualidad. En la historia de los distintos tratamientos psicoanalíticos realizados a mujeres es evidente la importancia del género del analista a la hora de escuchar determinadas problemáticas y como se interpretan. Si bien se nos ha enseñado que el sexo del analista no importa a la hora de proyectar sobre su persona tanto imágenes de rasgos paternos o maternos, sin embargo es un hecho comprobado en los grupos de estudio de controles de casos, que se interpretan hechos de diferentes maneras según quien los escuche, si es hombre o mujer, por ejemplo, en lo que hace al deseo de autonomía en una mujer. Si el analista es hombre se verá tentado de interpretarlo como una cuestión que afecta al falicismo de la paciente, que ya considerarlo así es una manera de deslegitimarlo, en cambio si la que escucha el caso es una analista mujer, tal vez lo verá como un índice de salud, sobre todo en esta época donde los ideales propuestos a las mujeres las quieren competitivas, exitosas, autónomas y ambiciosas. Pero es condición imprescindible de la analista que tenga formación en estudios de género que la adviertan de la diferencia jerárquica entre los sexos.   

No se puede pensar en la sexualidad femenina, en la identidad femenina, al margen de la importancia que el género tiene en ellas. Es bueno preguntarse hasta qué punto la frigidez, que Freud consideraba propia de la estructura histérica, es realmente un fenómeno de estructura o si es más bien una respuesta sintomática que entra dentro de la lógica de las exigencias y prohibiciones que afectan a las mujeres. Exigencia desde la mirada masculina tradicional de estar desinteresadas por el sexo y de tener prohibido su ejercicio, o por el contrario, denigradas si lo ejercen, como muy bien describió Una degradación general de la vida erótica, cuando hablaba de la fantasía masculina de salvar a las mujeres caídas. Una manera de expresar a las mujeres que en lenguaje popular se denominan perdidas. Por fortuna, las épocas históricas ofrecen otros modelos de masculinidad y feminidad con los que identificarse, pero aún es pronto para que esas identificaciones nuevas no causen síntomas, con los que sería conveniente someterlas a investigación para resolver la sujeción a los viejos esquemas identitarios, que en los sujetos, aún en los más revolucionarios, quedan aún por resolver. Cuando en épocas de gran ilusión e idealismo, en los años sesenta se hablaba del hombre nuevo, nunca se habló de la mujer nueva y si bien, las revolucionarias ejercían las mismas tareas militantes de sus compañeros varones, los platos los lavaban ellas, entre otras cosas.

No está de más señalar que el psicoanálisis con perspectiva de género haría muy bien a los hombres que nunca se han cuestionado sobre que cimientos han edificado su masculinidad tradicional que también los convierte en sujetos sometidos a una violencia interior que sin encontrar salida frente a los conflictos que les procura otra manera más plástica de ser por temor a la impotencia y también a los conflictos y la ira que les despiertan las mujeres que no se someten a su jerarquía incuestionada. Luis Bonino, especialista en tratamientos con hombres maltratadores, nada sospechosos de ser prejuicioso, dice que el matrimonio mejora la salud mental de los hombres y empeora la de las mujeres. ¿Será porque los hombres tienen la ocasión de revivir los cuidados maternales y la dependencia negada en relación a las mujeres, mientras que éstas se ven obligadas a representar el rol de cuidadoras maternales y sumisas a los deseos masculinos sin ser reconocidas con derecho a desear algo propio para sí mismas por fuera de esos condicionamientos? 
El pánico de ser abandonados hace nacer a muchos maltratadores que se sienten perdidos si están solos y no saben como des-sujetarse de los condicionamientos a ejercer dominio para ser reconocidos como hombres. Menudas paredes opresoras que convierten a estos hombres en posibles victimarios.           


CLAUDIA TRUZZOLI
Psicóloga y psicoanalista

lunes, 25 de febrero de 2013

TE DOY MIS OJOS. COMENTARIO DE LA PELÍCULA


TE DOY MIS OJOS

La película “Te doy mis ojos” tiene entre otros méritos describir cómo son las cosas realmente en la terapéutica que hoy se emplea contra los maltratadores. Y como es una terapéutica que sólo va encaminada a eliminar el síntoma externo de la violencia, pero sin analizar las causas que la provocan, deja totalmente desamparado de recursos internos al agresor, porque como mucho lo que consigue es intentar que controle la violencia física, que no le peque a su mujer, lo cual no quiere decir que no la maltrate psicológicamente. Esos son los resultados reales de esas terapéuticas, pero ¿que sucede si la mujer lo deja? El personaje de esta película nos muestra un desenlace posible, lamentable por cierto, pero que a veces es real, que consiste en renegar del tratamiento psicológico, pensar no ha servido de nada, sobre todo cuando el que se somete al mismo lo hace con la esperanza de que de esa manera logrará retener a su mujer, pero no porque tenga conciencia de que él tiene un problema a resolver. Este tipo de hombres no encaran el tratamiento como una forma de aprendizaje emocional, de crecimiento para ellos, sino como quienes van a aprender las estrategias para jugar mejor la partida que intenta evitar el que sus mujeres los abandonen. En esta película, que mencioné más arriba, se ve muy claro. Él se queda absolutamente decepcionado porque no logra que su mujer retroceda a posiciones anteriores en su relación, posiciones donde ella estaba totalmente sometida y controlada por él, donde los dos juntos hacían un mundo excluyendo al resto, donde los dos juntos se unían y más que tú y yo, formaban un conglomerado indiferenciado de “nosotros”. El psicólogo que lo trata no lo ayuda a ello, porque está utilizando una terapéutica insuficiente, porque si no se analiza, no se ayuda a comprender las causas que le motivan esa violencia, lo único que se consigue es controlarla, o sea, que en vez de pegarle una patada en el estómago a su mujer, le pegue una patada a la puerta o se vaya de casa un rato, o le pegue a un árbol, pero eso no soluciona el problema. De hecho, el final de la película lo demuestra, cuando este hombre tira al río el cuaderno donde anotaba las cosas que el psicólogo le decía que apuntara cuando se sentía violento, al tiempo que expresa que eso es una mierda, desvalorizando todo el tratamiento. Visto este resultado, se puede inferir que este hombre cuando encuentre otra pareja, trasladará el mismo problema a otra nueva mujer que se vincule con él. ¿Qué es lo que le sucede a este hombre y a su mujer para quedar atrapados en un vínculo violento?

Si analizamos las dinámicas familiares de los dos personajes implicados en la película, vemos que ambos tenían algo en común, el hecho de haber sido ninguneados por sus familias, desvalorizados. Él es menospreciado por el hermano que lo explota salvajemente, haciéndolo trabajar en su obra sin una remuneración justa. Por otra parte, el trabajo que hace, vender neveras, lo hace sentirse muy interiorizado frente al hermano. Ella también ha sido maltratada por su familia, su madre no la escucha cuando ella le dice que está siendo maltratada, es más, le dice que lo tiene que aguantar, que ella misma –su madre-, también lo aguantó. La protagonista dice una frase muy fuerte cuando afirma que ella siempre se tuvo que tragar todos los marrones de la familia. Cuando los dos protagonistas se conocen hay un rasgo que los acerca poderosamente y es precisamente ese maltrato del que los dos han sido víctimas. ¿Qué le pasa a ella? Al principio intenta protegerlo a él ocultando el maltrato, silenciándolo, no expresa esa situación que vive porque siente que lo traiciona si habla de ello. Le da vergüenza por él, pero también le da vergüenza por ella misma. Hay una escena que a mí me pareció clave en la película: cuando ella está en el bar con unas amigas y ve a través del cristal a otra pareja que están discutiendo. Desde dentro del bar, una de las amigas pone un diálogo que imagina que es el que tienen los dos que están hablando fuera, donde ella reconoce frases que efectivamente ha oído y dicho en su propia relación de pareja. Ese es un primer insigth, una primera toma de conciencia de que lo que a ella le sucede no es tan original, ni tan exclusivo, que también hay otras a las que les sucede lo mismo. Eso le ayuda a desdramatizar y a sentirse más legitimada a seguir sosteniendo una vía que le permita rescatarse a sí misma por la ironía que descubre en el tono burlesco en que la amiga está imitando el posible diálogo de la pareja que se ve detrás del cristal. Esto es muy importante porque eso le permite establecer una mínima distancia, una mínima separación, que para que podamos hablar de amor, tiene que darse siempre, de lo contrario nos encontraríamos con una peligrosa confusión entre ambos, que lleva el germen de la violencia. Confusión quiere decir aquí fusión con. Ideal, no está de más señalarlo, propio del amor romántico.

¿Cuál es la evolución de esta pareja cuando ella se distancia de la fusión romántica? Que el maltrato del marido aumenta por el pánico que siente de perderla. También aumentan los celos, el desconcierto, la impotencia cuando ve que ella encuentra un trabajo como guía de un museo de arte y ve como se desenvuelve de manera afable con el público. Cuando ella llega a su casa después de esta escena él rompe el libro de arte que ella está trabajando, la desnuda y la lleva al balcón. Ella está aterrorizada, pero esa es la escena que marca el final de su relación y le da la fuerza para abandonarlo definitivamente. Hay una escena de la película muy importante para entender las corrientes afectivas puestas en juego, cuando el protagonista celoso le pregunta al psicólogo, refiriéndose a su mujer, porqué ella lo iba a querer a él, que sólo sabía hacer albaranes. Descubrirse con menos capacidades creativas que ella lo descoloca y lo hunde en la desesperación. Momento privilegiado de  sinceridad y de apertura que el psicólogo no sabe aprovechar y la respuesta que le da es lamentable porque le dice que ella lo quiere por que él no la maltrata, cuando justamente es lo que hace. Semejante tontería hace que él se vuelva a cerrar con el resultado indeseado de desconfiar de cualquier proceso terapéutico que pudiera emprender en un futuro. Son justamente los momentos de apertura del sufrimiento donde hay que aprovechar para interrogar, no para dar respuestas que obturen sentimientos que se acercan a la verdad más reprimida del sujeto. La película termina con la ruptura de la pareja. Ella se hace acompañar por una amiga para llevarse sus cosas del apartamento que compartía con su marido y él tirando el cuaderno de su terapia. Es de suponer que en una nueva relación, repetirá el mismo comportamiento de maltrato cuando su pareja se distancie del control que pueda establecer sobre ella. Reacción movida por el pánico de ser abandonado, que no ha podido resolver por haber aceptado un tratamiento que no es el indicado para solucionar estos problemas. Lo eficaz hubiera sido una terapia dinámica que llegara a analizar las causas de la violencia y no ofreciera sólo recetas inútiles para controlar sus manifestaciones.   

CLAUDIA TRUZZOLI
c.truzzoli@gmail.com

sábado, 23 de febrero de 2013

AUTORIDAD SOSTENIBLE


AUTORIDAD SOSTENIBLE

Partiendo del hecho incuestionable que nuestro psiquismo se forma a partir de las primeras impresiones recibidas en el trato con los otros humanos con los que nos toca convivir, tendremos que aceptar que la infancia es un período muy delicado donde se aprende el amor, pero también se asienta el resentimiento cuando el trato recibido es denigrante para una buena salud psíquica. La humillación y la inseguridad, la falta de sostén afectivo, son gérmenes de cultivo que pueden desembocar en conductas autodestructivas o bien en conductas asociales de diversa gravedad, pero en otros casos, en una degradación de la autoridad en autoritarismo. Una educación que mortifica y llega a extremos humillantes, sostenida por toda una ideología que pone el acento en que la letra con sangre entra, genera fácilmente la identificación con el agresor, convirtiendo a la persona humillada y mortificada en un personaje que devuelve el golpe, humillando y mortificando a los demás siempre que esté en su poder hacerlo. Es la historia de muchos líderes despóticos que han sido dirigentes de regímenes autocráticos, que han sido considerados por sus pueblos como héroes salvadores, sobre todo por representar un imposible yo ideal, propio de las fantasías de omnipotencia infantil, que no tienen límites a la hora de ambicionar potencia y poder.

Cuando alguien queda seducido por un personaje que encarna imaginariamente a una figura de este tipo, le está proyectando la posibilidad de ser omnipotente, ambición a la que el yo infantil nunca deja de aspirar. La fantasía es que si alguien puede lograrlo y una persona se pone bajo su cobijo, algún día también podrá ser como él. Los dirigentes de masas saben explotar muy bien esta fantasía y ofrecen a sus devotos seguidores una ilusión de pertenecer a un cuerpo social que agranda su dimensión psíquica. No hacen falta argumentos racionales para justificar las acciones nacidas del autoritarismo porque éste no se funda en la fuerza de la razón, sino que su razón es la fuerza, la imposición.  Esto queda ejemplificado en una frase tan corriente al uso de la pedagogía negra: “es así porque lo digo yo”, que obliga al sometimiento acrítico o a la rebelión indiscriminada a toda manifestación de autoridad.

La autoridad sostenible se diferencia del autoritarismo en la misma medida que se diferencia una manera imaginaria de pensar la autoridad de una manera simbólica. ¿Quién sostiene esa autoridad? Tradicionalmente se ponía en el padre, pero de esa manera se personificaba demasiado algo que es una función que puede ser desempeñada por cualquier sujeto, sea hombre o mujer, como bien se ha demostrado en una profesión donde son mayoría las mujeres, que tienen a su cargo la conducción de una cura, sea médica o psicológica. También en las familias atípicas con respecto a la nuclear tradicional, sean monomarentales u homomarentales, se puede sostener esta función simbólica por parte de una de las dos mujeres o ambas si ésta o éstas, asume o asumen la tarea de trasmitir que todos estamos sujetos a leyes, pactos, intercambios que nos limitan, que nuestra libertad termina donde comienza la de los otros, que ponen límites razonables a los caprichos, que domestican los genios rebeldes pero sin ahogar su creatividad, mujeres que sostienen lo que ordenan y se obligan a sí mismas a respetar lo que intentan imponer. Si en cambio, ceden al capricho de los hijos, se muestran débiles con ellos, no sostienen lo que propician, no se imponen a sí mismas el mismo criterio que exigen en las normas que quieren hacer cumplir, si varían de maneras de actuar o de opinión según el estado de ánimo o según el día, conducen a confusión y no sostienen una autoridad benéfica para el buen desarrollo de quienes educan en el respeto a los otros. Esto vale tanto para un padre como para una madre. Las conductas anárquicas pueden desempeñarlas ambos, así como las conductas de la buena autoridad. El  aspecto imaginario de esta función paterna, trasmite la imagen de un padre que da la falsa impresión de ser dueño de todo el saber, de todo el poder, sin nada ni nadie que lo obligue a ninguna privación en sus deseos, y un padre simbólico en cambio, es un padre que él mismo está sometido a la misma ley que intenta hacer respetar a los otros, actuando con una responsabilidad acorde con su función. Éste es el padre que se gana el respeto de sus hijos, que sabe poner límites que ayudan a crecer y fomentan la autonomía y el desarrollo futuros del sujeto que es educado de esa manera. Es un padre que enseña con su ejemplo, la responsabilidad que nos toca a todos asumir por nuestras propias acciones. Es el padre que ayuda a entender que una dependencia transitoria es necesaria hasta que el sujeto está en condiciones de ejercer su autonomía y cuando eso sucede, le permite y alienta la independencia de su criterio y de sus obras. Esa función puede ser desempeñada también por una mujer, porque se trata de una manera de posicionarse frente a la vida, que impulsa al respeto por la autonomía del otro, a reconocer su diferencia, a velar por su crecimiento y a saber ponerle límites para que no se convierta en un déspota futuro. Ese lugar simbólico es el del gobernante que se gana el respeto de sus votantes, porque se obliga a sí mismo lo mismo que impone a otros en nombre del bien común. Evidentemente esto no es lo que ocurre en la actualidad en muchos gobiernos. Asistimos más bien a la puesta en escena del aspecto más descarnado del autoritarismo, lo que propicia la falta de escrúpulos y la forma más salvaje del egoísmo que tiende a una acumulación de riqueza en manos de unos pocos con total desprecio por todo lo que no pase por sus propios intereses particulares.    

La autoridad sostenible y respetada por los otros se fomenta con el amor, la razón y los límites, con la renuncia a querer aspirar a la imagen de omnipotencia, a querer gozar de una situación de poder frente a los más frágiles pero siendo capaz de sostener una fuerza basada en la necesidad de ejercerla cuando hace falta, pero no para satisfacer un deseo ególatra que busca reafirmarse con la sumisión de los otros. Si no se pone coto a la ambición humana al poder, ésta puede extralimitarse con las consecuencias nefastas para la vida familiar y social engendrando individuos que nunca tiene bastante en su afán de dominio, protagonismo y/o deseo acumulativo de riquezas materiales en donde sostener su imagen ostentosa de poderío para diferenciarse de los otros carentes del mismo y acercarse de esa manera al ilusorio yo ideal de la omnipotencia infantil. Un ejemplo extremado de ello es ambicionar la conquista del mundo en nombre de una creencia de pertenecer a una raza superior, como sucedió en el nazismo, por ejemplo.

Por un quítame de ahí esas pajas, como cantaba Joan Manuel Serrat para denunciar esas ridículas peleas donde los hombres son capaces de matarse con tal de demostrar quien la tiene más larga, es la didáctica expresión popular de lo que está en juego cuando se habla de autoritarismo, por el peligro que entraña semejante competencia. Un aprendizaje de los límites que cada uno de nosotros tenemos sin que eso signifique una humillación es necesario para no caer en semejantes desatinos. Pero ese aprendizaje tiene que estar reforzado y equilibrado con el reconocimiento y el aliento dado a nuestras aptitudes, para que de esa manera se vaya cimentando la confianza en sí misma de la persona en formación. Eso se logra con más facilidad cuando quienes desempeñan la tarea de educar primero en la familia, -los padres- más tarde en la escuela,  -los enseñantes-  son personas que deben distinguir la autoridad respetable del autoritarismo. Buscar el estímulo y la motivación más que el sometimiento, la comprensión de las circunstancias que ponen en riesgo la caída de las motivaciones y la búsqueda de soluciones, más que el castigo de quienes no cumplen con las tareas propuestas.

La autoridad sostenible no es la ausencia de límites ni la falta de pago de una deuda que se contrae cuando se comete una transgresión a normas o deberes. La autoridad sostenible pone el acento en la responsabilidad de cada uno y tiene que saber fomentarla, sostenerla y hacer pagar de alguna manera a quien no quiere asumirla. Los hijos distinguen muy bien cuando son castigados con razón, porque cuando el mismo es arbitrario, eso genera mucha confusión y ansiedad.  Tener unos padres o una figura singular, como podría ser el caso de una familia monoparental, que sostuviera una posición de autoridad sostenible, es el mejor ámbito que se puede ofrecer a un sujeto para un desarrollo psíquico saludable, que capacite su autonomía y su creatividad. La autoridad sostenible combina en un adecuado balance la humildad para dejarse interpelar y la firmeza para hacer respetar las normas de convivencia cuando es necesario hacerlo, normas a las que también se somete quien educa. Una puerta puede abrirse o cerrase al sujeto dependiendo de lo que le ofrezcamos como identificación con la fuerza. ¿La tiene más quien ordena y grita o quien escucha y a la vez que enseña también aprende del otro? ¿La tiene más quien es rígido e inapelable o quien reconoce su vulnerabilidad, la integra en sí mismo y sabe usar la fuerza cuando hace falta? 

Nunca será posible crecer en autonomía y salud mental con la obediencia ciega y el sometimiento incuestionado a cualquier figura despótica que exija esas actitudes, puesto que anulan el pensamiento crítico y sólo sirven para sostener el poder de aquellos sujetos que necesitan compensar su falta de fuerza psíquica con un despliegue de fuerza externa. Lo mismo da que sean gurús de una secta, líderes de movimientos de masas o políticos ambiciosos, lo que los diferencia son los ámbitos en donde se mueven pero lo que los asemeja es el engaño de la imagen de sí que quieren vender para tener en su poder la voluntad de quienes los idolatran. 

CLAUDIA TRUZZOLI
Extensión de mi artículo publicado en la Revista Mente Sana n. 87
            


    

ACERCA DE LA VIOLENCIA CONTRA LAS MUJERES


ACERCA DE LA VIOLENCIA CONTRA LAS MUJERES

Hablar de violencia de género es una manera un tanto tramposa de nominar un fenómeno que sufren de manera muy mayoritaria las mujeres. Persistir en llamarlo así en los medios de comunicación, induce falso  mensaje de igualdad entre hombres y mujeres porque sugiere que los dos géneros padecen la violencia. Incluso no faltan las voces de mujeres que defienden que los hombres también son maltratados. No voy a negarlo, pero el maltrato en todo caso cuando se dirige a un hombre es más un maltrato psicológico, porque estadísticamente se conocen muy pocos casos donde la violencia contra un hombre en el ámbito doméstico haya terminado en asesinato. Algunos de estos casos lo han sido en defensa propia o por hartazgo de sufrir malos tratos y temer por los propios hijos que no sólo son espectadores sino víctimas. En cambio, ese final de la violencia contra las mujeres es un hecho tristemente frecuente.

Hay factores sociales que alimentan la violencia de los hombres, de algún modo la disculpan, cuando no la avalan. Esa violencia es machista. Las falsas creencias de que los hombres son naturalmente violentos, que son así por consumo de alcohol, que tienen baja autoestima, que han sufrido violencia hacia ellos mismos, que tienen problemas psíquicos, que son enfermos, que no se pueden controlar, son algunas de las más frecuentes que componen el imaginario social con respecto a este fenómeno.

La naturalización de la violencia masculina es el resultado ideológico de  la jerarquía de género que coloca al hombre en un lugar de privilegio frente a la mujer a quien desvaloriza de algún modo y sobre todo, le niega su carácter de sujeto deseante, excepto cuando sus afanes se dedican al cuidado y al servicio de otros. Todas las falsas creencias que he mencionado tienen en común la disculpa hacia el comportamiento masculino violento, buscando la responsabilidad de sus actos fuera del sujeto que los comete.

Por ejemplo, si su violencia se justifica por el alcohol, se olvida que el alcohol por sí mismo no inventa nada que ya no esté presente antes de su consumo en los impulsos, emociones, sentimientos del sujeto. Lo único que hace el alcohol es liberar las trabas que los frenan. Un hombre que pega no pega porque ha bebido, bebe para poder pegar sin culpa. Presenciando grupos terapéuticos de hombres violentos, éstos han llegado a reconocer que las mismas excusas que se daban a sí mismos para justificar sus actos, no eran suficientes como causa y empezaban a sospechar que había algo que se les disparaba que no tenía relación con circunstancias ocasionales. Además si en los procesos judiciales, el alcohol es sino un eximente sí un elemento que reduce la culpa del hecho, ¿por qué  se considera un agravante en los accidentes de tráfico?

Cuando se invoca como causa la dificultad de controlarse como algo específicamente masculino, se está naturalizando la violencia como algo propio del carácter masculino que se asienta en cuestiones biológicas, genéticas, hormonales. Pero un hombre que pega sabe muy bien cuando  puede hacerlo y con quien. De hecho no se descontrolan con quien perciben que es más fuerte que ellos o tiene más poder, o cuando les interesa dar otra imagen de sí mismos. Hay hombres de apariencia normal, incluso amables o seductores socialmente, que nadie creería que pueden ser brutales en su casa.

¿Baja autoestima? No todos los casos, hay algunos que su autoestima la tienen bien alta, aunque expuesta a la fragilidad porque dependen del reconocimiento que les haga sentirse ejecutores que tienen que ser obedecidos. Cuando sus mujeres dejan de ser sumisas más que considerarlo como un cambio de posición subjetiva que las lleva a querer defender un derecho a desear algo por y para sí mismas, lo sienten como una provocación y se sienten justificados a ejercer violencia para restituir la relación de poder anterior que sienten amenazada. No todos los hombres maltratados se convierten en maltratadores, algunos de ellos se rebelan contra esa marca y luchan por no repetir lo mismo. Nada es tan mecánicamente causal en el sujeto humano. Hay una responsabilidad ética por los propios actos que es ineludible.

Nuestra sociedad aún tiene una deuda pendiente hacia las mujeres en muchos ámbitos y  tomar medidas de prevención de la violencia partiendo de la base del reconocimiento del derecho a la igualdad cívica, moral y  jurídica que merecen las mujeres. Esto implica mucho más que la formación en perspectiva de género de los especialistas que intervienen en ella. Educar favoreciendo la coeducación en las escuelas, que dicho sea de paso, contribuiría a disminuir el bulling que se dirige hacia los más débiles, privilegiando mensajes que descalifiquen las actitudes violentas cuyo trasfondo es sexista y penalizando a aquellos que las favorezcan. Intervenir seriamente en el ámbito de la publicidad censurando y penalizando los contenidos sexistas desvalorizantes, o violentos contra las mujeres, como por ejemplo, publicidades que sugieren atropello, violación, premios en los video juegos cuando se elimina a mujeres embarazadas, discapacitadas o sujetos marginales. En el ámbito penal, formando a los jueces con una mirada de género para evitar sentencias aberrantes en casos de maltrato o de custodia por los hijos en casos de divorcios contenciosos que favorecen a quien no deben por desconocimiento prejuicioso de realidades familiares. En el ámbito sanitario, destinar más recursos públicos a la creación de centros específicos de atención para promover terapias eficaces que intenten solucionar las causas de la violencia promoviendo un cambio en la subjetividad de los implicados en ella.

Más allá de la retórica del discurso políticamente correcto, obras son amores.

CLAUDIA TRUZZOLI

Un resumen de este escrito se publicó  en la sección La Tribuna de  EL PERIÓDICO el viernes 25 de noviembre de 2006. 

PD.: una forma de violencia sutil es ignorar a una mujer cuando su mensaje incomoda. Por ejemplo, cuando Ada Colau intentó entregar un documento de denuncia a unos diputados en el Parlamento, ni siquiera le dirigieron la palabra, le dieron la espalda, con una aparente indiferencia. Esa forma de violencia es más dañina que una bofetada, que también lo es. Pero es más dañina, porque se le niega cualquier tipo de valor a quien se dirige. La bofetada parte del odio, pero implica una vinculación, negativa, pero vinculación. La indiferencia es mortífera.


domingo, 17 de febrero de 2013

LAS VIUDAS DE LOS JUEVES, de Marcelo Piñeyro




 LAS VIUDAS DE LOS JUEVES

 El título de viudas a las protagonistas les viene porque los jueves sus maridos jugaban a las cartas, solos, en la casa de alguno de ellos. Casas situadas en un enclave de ensueño, un country de Buenos Aires, amurallado y con guardias de seguridad para aislarse y protegerse de las villas miserias que se encuentran apenas traspasados sus muros, donde conviven los cuatro matrimonios que protagonizan la película, intentando tener buenas relaciones de vecindad que les permitan fabricarse la ilusión de que son como una familia. Todo parece encantador mientras la mirada valore la lógica de los bienes materiales, ajena a cualquier otro matiz que incluyera algo de la lógica de los sentimientos de los sujetos. El hilo común que une a personajes con historias particulares tan diferentes es disfrutar del lujo de su modo de vida pero a la vez, negando el vacío y la soledad que abruma a cada uno de ellos con distintos disfraces: cinismo, negación del vacío, de la culpabilidad por hacerse de dinero a través de medios deshonestos, un elogio del poder que enmascara la falta de satisfacción profunda que los mantiene solos con su angustia.

Gustavo (Juan Diego Botto) es víctima de celotipias que hacen que sueñe angustiosamente con matar a su mujer y en la vida despierta la golpea cuando presume imaginariamente que ella le es infiel con otro de los vecinos. Ella atrapada en el amor que le tiene se cree imprescindible para curarlo aunque le tenga mucho miedo y sufra por los golpes. Ser imprescindible para curar a su marido  del tormento de sus celos, es una creencia bastante común en mujeres maltratadas por la fantasía de ser salvadoras a través del amor. El Tano (Pablo Echarri) asume una conducta donjuanesca que le procura mucho éxito con las mujeres, menos con la suya, a quien ama pero no es correspondido. Es el que se presenta con su fachada más cínica y aparentemente menos culposa, haciendo alegatos racionales acerca del mundo que dado que está estructurado de tal forma hay que elegir entre ser explotador o explotado. No entiende que él nació en cuna de oro, como le recuerda Ronnie, (Leonardo Sbaraglia) en un diálogo que no tiene desperdicio, que para mantener este sistema de cosas hace falta que la felicidad de unos se edifique sobre la miseria de otros, que no valen salidas individuales ni democráticas en el sentido de la igualdad de oportunidades. Esto último, argumento ideológico tan grato al sistema de vida  capitalista liberal, por otra parte. La mujer del Tano, tiene un aspecto frío y desolado, toma antidepresivos para hacer su existencia menos dolorosa. Cuando ella y su marido hacen el amor, ese encuentro tiene un tono absolutamente mecánico y desprovisto de toda sensualidad, con conversaciones que sugieren que el escenario podría ser una sobremesa o charla de café más que un encuentro erótico. Erotismo que ella intentará buscar con Lala, la mujer de Martín (Ernesto Alterio). Éste está atravesando una crisis tremenda de pérdida de potencia por la caída de poder adquisitivo dado que le han despedido de su trabajo y no se atreve a decírselo a su mujer, que le cuestiona permanentemente su falta de carácter y le reprocha que no asciende en su trabajo por la misma razón. Comentarios que ponen en crisis su identidad masculina edificada sobre el éxito y el dinero. Comentarios a los que se suma su hija desafiando constantemente a su padre –Martín- mostrándole su impotencia, su falta de autoridad para con ella. Resultado de este estado de cosas él  sufre  episodios de hipertensión que se sintomatizan a través de hemorragias nasales y crisis de ansiedad. Una escena es muy ilustrativa y de un extremo patetismo que muestra la falta de unión entre él y su mujer es cuando la cámara lo enfoca en una conversación que se supone que tiene con ella, donde le dice que debería haberle dicho antes que estaba sin trabajo pero que lo esencial es que están juntos, y cuando la cámara se desplaza hacia el lugar donde supuestamente debería haber estado ella escuchando, se encuentra un sillón vacío.
El único que parece tener una cierta sensibilidad social y personal es Ronnie, quien siente una cierta culpabilidad por vivir como vive, a costa de la miseria que sacude el país en tiempos del corralito, que reconoce la importancia que tiene en su vida el amor que siente hacia su hijo, que reconoce su soledad, que puede expresar sus sentimientos, a pesar de la superficialidad del entorno que le rodea.  Superficialidad que se muestra ganadora en una escena entre Martín –angustiado por guardar el secreto de su desempleo- y el Tano que al verlo así, le dice que tiene que contárselo a su mujer pero que sea cool, un estilo que corresponde bien a la lógica superficial y negadora de sentimientos que corresponde a una determinada clase social que sólo aspira al tener como pilar que sostiene su prestigio.

Los dos únicos hijos adolescentes que aparecen en la película, llevan una existencia bastante vacía de estímulos saludables. Una es la hija de Martín, que intenta escapar del vacío a través del consumo de droga, que a su vez vende a otros adolescentes del mismo entorno intramuros. Droga que le es proporcionada por el guardia de seguridad del country. No hay ninguna comunicación ni espacio personal para ella dentro del ámbito familiar. Su madre, Lala, esposa de Martín, sueña con llenar su vacío con algún hombre que le haga sentir viva y ésa parece ser su única aspiración demás de exigir a su marido que gane más dinero y sea más agresivo. Martín es el único que intenta poner algún límite a su hija adolescente, pero como ésta asume el discurso descalificador de su madre con respecto a su marido, desprecia a su padre, lo desafía a que pruebe que puede impedirle algo, repitiendo las críticas-reproches que lo descalifican como hombre por no responder al modelo del ejecutivo triunfador agresivo. Él, que comparte la misma valoración de  modelo de masculinidad clásico de una clase social privilegiada, se queda paralizado y no puede reaccionar, permitiendo a la hija que haga lo que quiera, aún sabiendo que está coqueteando con drogas.
El otro hijo adolescente es de Ronnie, quien también está en paro desde  bastante tiempo pero es el único que tiene una sensibilidad social más acusada, un sentido crítico que le hace sentir cierta distonía con respecto a su forma de vivir en el country, una forma de ser alternativa a la masculinidad tradicional que se pone de manifiesto cuando su mujer le reprocha que es la única que trae dinero a casa –puesto que ella se gana la vida vendiendo  propiedades dentro del country- y él le responde con un gran sentido del humor que puesto que durante muchos años él ha soportado los inconvenientes de su género, no le viene mal a ella soportar los del suyo. Sentido del humor unido a sensibilidad social y también personal que le permiten manifestarse más comunicativo y humano al expresarle a su hijo que le quiere, hacen posible que este personaje se salve de la destrucción personal que terminará con el suicidio de los otros tres. Y también que su hijo les pida que se vayan de ese lugar donde viven. Hay una escena familiar muy graciosa donde Ronnie y su mujer están conversando acerca de dinero y como su hijo se aburre, pide levantarse de la mesa. Su madre le contesta que se quede, que no saben nada de él, que se implique, que participe. Por una parte lo incita a hablar de lo que le preocupa, pero cuando él lo hace, el tema no gusta a su madre porque cuenta una anécdota relacionada con la sexualidad –preocupación más que monotemática para un adolescente-. Es triste la ceguera que manifiesta con el hijo cuando le reprocha su manera de vivir, diciéndole que no entiende porqué es así si tiene todo lo que le hace falta. La incongruencia es cuando señala el afecto, porque es evidente que las preocupaciones del hijo no tienen espacio si no coinciden con lo que les preocupa a los padres.   

La película comienza con una escena donde se ve a tres hombres muertos flotando dentro de una piscina. Más tarde se sabrá que se trataba de un suicidio. Suicidio anunciado por el más cínico de ellos en una escena donde comienza una disertación aparentemente filosófica acerca de la muerte, para sugerir a los otros la idea suicida –un accidente eléctrico en la piscina por la caída al agua del aparato de música mientras ellos nadan,- que les permitiría cobrar a sus mujeres una cuantía de dinero importante gracias al seguro de vida. Discurso que los otros escuchan y secundan a juzgar por la consecuencia que provoca: los tres mueren electrocutados en la piscina. Se salva Ronnie, el más sensible, que si bien se alerta por la conversación, se detiene a preguntarles si es una broma lo que están diciendo, quiere creer que lo es y se retira a su casa a descansar. Evidentemente, no es casual que se salve él porque es el único que parece no ser víctima de un discurso triunfalista y a pesar de las contradicciones entre sus ideas y su modo de vivir, mantiene viva la lógica del ser que le permite valorar el amor a su mujer, a su hijo, la compasión por la gente expoliada de sus ahorros por el famoso corralito argentino, cuando ve las imágenes de desesperación de la multitud que protesta frente a los bancos por no poder acceder a sus ahorros. Medida que se convirtió en pérdida de los mismos. Robo ejecutado por el gobierno. Esto motiva una conversación con el Tano en una escena anterior al desenlace, donde Ronnie le expone su reserva moral frente al modo de vida que estaban llevando, diciéndole que la riqueza de ellos se sustentaba con la miseria de otros. Argumento al que el cínico Tano responde que pasada cierta edad nadie sobrevive sin culpa.  Sin embargo, que a este personaje cínico se le haya ocurrido la idea de suicidarse junto con los demás, no sólo es resultado de una lógica coherente con el tener, porque quiere asegurar un bienestar a su mujer por cobrar el dinero del seguro de vida frente a un sistema económico que se desmorona amenazando la continuidad de su nivel de vida confortable. También es resultado de la humillación que le supuso ser rechazado por ella públicamente cuando asistió al funeral de una residente del country con quien había negociado prestarle dinero anticipado a cuenta de la totalidad de su seguro de vida. Cuestionado públicamente por habérsele pedido que se retirara del lugar, él reaccionó  con rabia diciéndoles que los privilegios de su  modo de vida no venían de la nada, cuestionándoles que querían ser excepcionales, poderosos, disfrutar de un bienestar económico pero sin ensuciarse las manos en cómo adquirir el dinero que les permitía hacerlo. En esa misma escena, pretendió retirarse con su mujer pero ésta se resistió con un gesto de desprecio y se fue sola. Más tarde se encerró en la habitación de matrimonio, impidiéndole el acceso a su marido. Es la primera vez que Tano se entera de que su mujer le cuestiona moralmente, no le quiere y eso lo derrumba.

La ironía de la película es que muestra que las mujeres de estos  hombres, excepto la de Ronnie, aunque aparentemente no participen de la misma lógica, también están atrapadas en el mismo engranaje perverso. Cuando Ronnie, movido por una intensa culpabilidad, les dice que las muertes de los otros no han sido por accidente sino que ha sido un suicidio, mujer del Tano le reprocha que les diga eso, que sus hijos no pueden pensar que sus padres se han suicidado, para finalmente decirle que si lo que él pretende es que no cobren el seguro de vida y pregunta abiertamente si es que él ha hecho algún arreglo con el seguro para negociar quedarse con parte del dinero que se les debe a ellas, dado que saben que él hace tiempo que tiene dificultades económicas. Reacción que motiva el estupor de Ronnie y la indignación de su mujer que las echa de su casa. Si hay algún mensaje saludable en esta película es que muestra que al final, los que se salvan son los menos adictos a un modo de vida suicida, porque quien empeña su vida en el logro de un bienestar a cualquier precio, olvidándose de atender aquellos aspectos sensibles que sostienen la vida emocional, está condenado a padecer un sensación irrecuperable de vacío cuando se da cuenta que su vida pasó por su lado sin tocarlo y no pudo disfrutar de aquello que creía equivocadamente que los bienes materiales por sí solos le procurarían.

CLAUDIA TRUZZOLI
Ex Presidenta de la Sección Dones del Copc
Publicado en la Revista n 224 del Colegio de Psicólogos de Cataluña

QUELQUE CHOSE À TE DIRE, de Cécile Telerman


QUELQUE CHOSE À TE DIRE

Una magnífica película, a pesar de la inadecuada traducción de su título, que dada su simpleza, no puede menos que hacer pensar que se trata de una comedia de segunda categoría pues nadie con un espíritu inteligente podría pensar verdaderamente que toda la responsabilidad de los problemas familiares es de una sola persona, en este caso la madre. La directora, Cécile Telerman, tiene un excelente reparto de actores y actrices. Charlotte Rampling, actriz de gran poder gestual, hace el papel de Mady Celliers, la madre en esta familia, Pascal Elbé hace el papel de Antoine, el hijo que ella ha tenido cuando era muy joven con un profesor suyo, casado, que conoció cuando estudiaba en la escuela de Bellas Artes y quien nunca quiso asumir esa paternidad. Patrick Chesnais,  en el papel de Henry Celliers, el marido enamorado de Mady, que se casa con ella a sabiendas de su situación, y asume a este hijo como suyo, habiendo un pacto tácito entre el matrimonio de que será un secreto a guardar de cara al resto de la familia que vendrá después. En efecto, ellos tienen otras dos hijas. Mathilde Seigner en el papel de Alice, es una de las hijas, pintora un tanto excéntrica en sus temáticas y la otra hija (Sophie Cattani en el papel de Annabelle Celliers) es enfermera.

En esta familia, la madre que ha tenido un hijo con el pintor del que se había enamorado en su juventud, siendo él un hombre casado entonces, ella lo había amenazado con contarle todo a su mujer si él no se separaba de ella.  Razón por la cual él se retira furioso, tiene un accidente de moto y muere dos días después. La muerte del pintor al que amó la encierra en sí misma, se rodea de un caparazón de cinismo, maltrata a sus hijas y a su marido, a veces de manera cruel. No puede evitar una profunda ambivalencia por sentirse atrapada en una familia y un modo de vida que seguramente no es el que había soñado ni tiene el marido ni la familia que hubiera querido tener. Y ese resentimiento, fruto de un duelo que no pudo resolver, se lo hace pagar a todos. Por eso la hostilidad constante con el marido, con quien ella se casa para dar una apariencia aceptable socialmente a su situación y la de su hijo, pero al que no logra estimar.  Toda la trama de la película se centra en este punto central y las consecuencias que esta decisión acarrea para este hijo, las otras dos hijas y la relación del matrimonio.

La pregunta es por qué un hombre como el marido, que representa a un buen burgués, hombre de negocios exitoso, adinerado, complaciente al extremo, decide casarse con una joven que no lo ama y hacerse cargo de la paternidad de un hijo que no es suyo para ayudarla a ella. ¿No nos encontramos aquí con lo que una gran agudeza freudiana nos hizo saber en otros tiempos del espíritu salvador que algunos hombres ponen en juego con mujeres que sienten que se han descarriado y cómo ese sentimiento tiene sus raíces en los celos edípicos? Este hombre, este marido no querido, en el momento en que el matrimonio festeja lo que llaman sus bodas de amianto, -el hijo dice de zafiro-,  representadas irónicamente por un corazón de chocolate encima de la tarta encargada para el evento, -al que no acuden ninguno de sus hijos-, le dice a su mujer que la deja, que se va a vivir a la orilla izquierda del Sena porque siempre le gustó más y que sólo vivían en la derecha porque a ella le gustaba. Cuando ella, repuesta de su sorpresa y no creyéndole demasiado, le pide una explicación, él le dice que está demasiado cansado de vivir cuarenta y cinco años intentando hacer feliz a una mujer que no le quiere.

Mientras tanto, ¿qué pasa con los hijos? Alice, es pintora, como era su madre cuando joven. Es destructiva con su propia vida, hace abortos repetitivos, abusa del alcohol y drogas, su obra está llena de imágines de vírgenes agresivas, nada satisfechas con su maternidad. Hay una frase muy graciosa que dice para justificar esas imágenes, y es que a quien se le ocurre que una mujer tendría que estar feliz si se le presentara de repente un ángel anunciándole que va a tener un hijo sin haber participado de la situación que la llevaría a ello. Alice no interpone casi condición ninguna para acostarse con un hombre al punto que no conoce ni siquiera cómo se llamaba un camello que le metió en su bolso un paquete de cocaína para escapar de una redada policial. Ella es detenida y el policía que la escucha (Olivier Marchal en el papel de Jacques de Parentis) en la comisaría se compadece de ella, tira la cocaína por la ventana y la deja libre. Él también es un personaje triste, melancólico, más tarde sabremos que ha sido criado en un orfanato, abandonado por su madre cuando ella no pudo soportar la muerte de su marido. Y abandonado también por su padre -que era pintor- puesto que en su testamento dejó todos sus cuadros a ese otro hijo que nunca quiso reconocer y que resulta ser Antoine, el hijo de Mady. Alice, lo sabe desde el momento en que encuentran los cuadros y reconoce en ellos a su madre, pero no se lo dice a él, aunque sí a su madre, que lo niega.

¿Qué pasa con el hijo que la madre tuvo con su amor frustrado? Éste está casado con una genetista.  O sea, sabe perfectamente que de dos padres con ojos azules no puede nunca nacer un niño con ojos negros como los que tiene él. Pero ese saber que no quiere ser sabido lo encierra en la misma mentira familiar que se erige para mantener un secreto que no es tal. Ese secreto sólo puede ser descubierto y desvelada la verdad cuando el policía, le revela que su padre no es el que él cree sino el pintor que le dejó una herencia, que el policía pretende dividir por partes iguales. Curiosamente esa irrupción brutal de la verdad que quería ser ocultada, libera a Antoine, le da fuerza para poder decir a su padre adoptivo, al que siempre temió, que sus fracasos como empresario se debían a que a él nunca le gustó lo que hacía, sólo se mantenía en sus empresas por no decepcionarlo. Pero la ambivalencia está presente cada vez que un hijo responde a un ideal del padre que no es el suyo y la consecuente venganza, haciendo fracasar, en este caso, las empresas a las que su padre intenta salvar inyectando dinero. La pregunta que podríamos hacer es porqué este padre insiste en mantener a su hijo en una posición que le recuerda constantemente su impotencia porque fracasa en todas las empresas que emprende. La ambivalencia tiene caminos sutiles para expresarse, sobre todo cuando se disfraza de generosidad.   

La otra hija, Annabelle, es enfermera, pero recurre a la magia para aferrarse a un mínimo de seguridad frente al futuro incierto, a través de las predicciones del tarot. Su madre le dice que no podría soportar esa profesión médica donde tendría que encararse con la muerte y su hija le recuerda que ella quería ser enfermera, a lo que su madre responde frívolamente que lo había olvidado. Annabelle también tiene relaciones con un médico –casado- y quiere tener un hijo con él. Cuando finalmente se queda embarazada, le dice que quiere tenerlo, que quiere que él se separe de su mujer, a la que ella ya ha advertido de la situación porque quiere que sepa qué clase de marido tiene, él se marcha furioso con el coche a toda velocidad. Otra repetición de la historia de la madre con el pintor que amó. Lo sorprendente es que  supuestamente la hija no conocía ese episodio de la vida de su madre pues ese era el secreto familiar.

Por eso resulta de interés esta película, porque nos ofrece una cantidad de matices de los lazos familiares, de las trasmisiones de saber inconscientes de los presuntos secretos familiares que no son tales puesto que todos saben lo que no quieren aceptar que saben, todos están inmersos en una mentira aparente porque aunque saben la verdad nadie se atreve a decirla. También es interesante constatar cómo los hijos/as pueden repetir sucesos en su propia vida que en realidad pertenecen a la historia de alguno de sus padres o de ambos, sin ser conscientes de ello.

El policía es el único que desde el principio no oculta nada y que es el personaje catalizador que logra desarmar la trama mentirosa que envuelve a todos los demás. Es el único que dice la verdad, a su mujer, cuando no niega que tiene otra relación con Alice, a Antoine, que resulta ser su hermano por parte de su padre, a Alice, cuando le comunica que su mujer está embarazada, a su propia mujer cuando le dice que se separa pero que cuidará de su hija, a su madre con quien es muy crudo al decirle que nunca ejerció de tal. Cuando toma la decisión  de separarse de su mujer coge su moto y se dirige velozmente a comunicárselo. Aquí empiezan a entrelazarse escenas donde hacen presentir el accidente de moto que tendrá al estamparse con un coche que supuestamente podría ser del médico amante de Annabelle. Ésta es quien logra revivirlo del paro cardíaco que sufre  con el accidente.  

Pero la enseñanza que deja la película y el  buen sabor de boca es que desatada la verdad, no sólo no se produce ninguna tragedia, sino que todos se liberan de las cadenas de silencio que habían tejido alrededor suyo intentando preservar unos lazos familiares. Estos lazos que al pretender fundarlos en realizaciones ideales, oprimen, generando rabia, impotencia, desolación, por el esfuerzo constante de mantener silenciados los verdaderos sentimientos, que son más complejos y contradictorios. Silencio opresor por el temor a la destrucción de una presunta paz familiar –ficticia por estar fundada sobre mentiras-. Pero todo lo reprimido vuelve de alguna manera, como el síntoma con sus soluciones de compromiso y aquí vuelve en forma de agresiones sutiles y/o más o menos explícitas.  Cuando la verdad de los sentimientos de cada cual hace acto de presencia manifiesta, casi todos mejoran su vida.

Antoine reencuentra a un hermano, se encariña con él, le está agradecido por haberle revelado la verdad y ambos crean una fundación para acoger a jóvenes talentos –buena metáfora de la fundación de un vínculo amoroso que une a ambos hermanos porque comparten el no haber sido reconocidos por su padre-, vínculo que queda reforzado por un proyecto común que les soluciona sus vidas. Antoine encuentra una ocupación que le gusta y el haber conocido a Jacques le permite un sostén identificatorio importante porque es testigo de cómo su hermano puede ponerle límites firmes a su padre adoptivo, cosa que él nunca se atrevió a hacer. Jacques, por otra parte, puede comprarse la casa de su infancia con el dinero de los cuadros que su padre dejó en herencia para Antoine y que éste acepta generosamente repartir con su hermano. Alice se alía con el policía que se hace cargo de la hija que ha tenido con su exmujer y ambos se comprometen. Alice le hace saber que está embarazada, escena importante, porque ese hecho la pacifica, dado que en sus abortos repetitivos existía la preocupación de quedar imposibilitada para concebir. En una escena donde Mady se disculpa con su hija por no saber expresar sus sentimientos amorosos con ella y le dice que  ella tampoco se lo ha puesto fácil porque ni siquiera quería tomar el pecho, Alice le responde diciendo que hay que querer a los vivos, no a los muertos, porque los muertos no se enteran, frase que da de lleno en el meollo del duelo melancólico de su madre. Annabelle también tiene el hijo que quería con quien lo quería tener, pero repite la historia de ocultamiento de su madre, puesto que en la última escena familiar aparece casada con un hombre que no es el padre de su hijo y guarda silencio frente a un comentario que Mady le hace a su yerno, diciéndole que ese niño es su vivo retrato.

Parece que todo volviera a repetirse. La madre tiene una relación más cariñosa con su marido separado, al menos no está tensa, pero vuelve a iniciar el círculo de ocultamiento de la verdad sobre la paternidad del hijo de Annabelle, y ella participa de manera cómplice al callar. El padre está relajado y habla con su mujer de otra manera más cercana, pero también calla. Y supuestamente los hijos también se verán salpicados por el nuevo ocultamiento, aunque sin embargo, más relajados que antes de decirse toda la rabia que ocultaban.
De todas maneras, cuando la verdad es descubierta, no siempre quiere decir que sea asumida. Unos personajes habituados a la mentira, para salvar una apariencia de vida confortable, aunque no lo sea, de una familia conforme a las normas, aunque las corrientes subterráneas repriman la rabia a duras penas malogrando un vínculo que podría ser más amoroso, puede sostener por poco tiempo la verdad y las apariencias terminan imponiéndose, haciendo olvidar el precio sintomático y destructivo que tiene la mentira.

CLAUDIA TRUZZOLI
Ex Presidenta de la sección Dones del COPC

Comentario de cine publicado en la Revista n. 222 del Colegio de Psicólogos de Cataluña