miércoles, 6 de febrero de 2013

SEXUALIDADES, MATERNIDADES Y MUJERES




SEXUALIDADES, MATERNIDADES Y MUJERES

Desde el pensamiento clásico más conservador y reaccionario a toda reflexión particularizada, siempre se ha contrapuesto en la figura de la mujer, la maternidad y la sexualidad. Mujer en singular, no mujeres en su diversidad. Como si el hecho de ser madres hiciera naufragar toda su sexualidad hasta el punto de hacerla inexistente. Cuando comenzó a gestarse un movimiento de mujeres alrededor de los años cincuenta en Norteamérica, que luego se convertiría en un gran movimiento feminista, las mujeres americanas después de haber sido llamadas a trabajar fuera de casa por la necesidad de mano de obra industrial por la escasez de hombres ocupados en la  segunda guerra mundial, una vez terminada ésta, se las presionó para  volver a sus casas a ocuparse de sus maridos y sus hijos y se les ofrecieron modelos de mujer tipo Doris Day y grandes electrodomésticos para mantenerlas ocupadas dentro del ámbito doméstico. Curiosamente, según declaraciones de un industrial del departamento de marketing de una gran empresa, los electrodomésticos estaban destinados aparentemente a aliviar el trabajo doméstico pero en realidad eran una oferta para aumentarlo, según demostraron encuestas comparativas realizadas con las horas de trabajo que las amas de casa hacían antes de que existieran los mismos. Esa oferta respondía a dos fines, uno lucrativo y otro ideológico. Si se aumentaba la presión por el trabajo doméstico, las mujeres tendrían la sensación de estar muy ocupadas realizando un trabajo mientras sus maridos hacían el suyo fuera de casa. Así se promocionó un estilo de mujer, que tendría que satisfacerse con ser la compañera que sostenía al marido, que sostenía a los hijos y que tenía que acallar lo que Betty Friedam denominó un malestar que no tenía nombre.  Una hermosa película “Lejos del cielo” nos muestra muy ilustrativamente lo que era la vida de una mujer tipo en los años cincuenta, su sufrimiento, su falta de reconocimiento como sujeto que pudiese desear algo para sí misma más allá de ser la mujer de su marido o madre de sus hijos. Cuando el movimiento de mujeres demostró que ese malestar que no tenía nombre era en realidad la sofocación de deseos propios a los que las mujeres no se sentían autorizadas, las reacciones no se hicieron esperar. Toda la derecha más conservadora se dedicó a denigrar a las feministas convirtiendo la palabra feminista en un insulto, haciéndola sinónimo de mujer que odia a los hombres, que quiere castrarlos, que quiere ocupar su lugar. No bastaron sólo opiniones en prensa y en medios de comunicación sino que también hubo corrientes médicas y psicológicas que se unieron para patologizar esos anhelos femeninos que amenazaban con romper un orden instituido en el cual los hombres eran los únicos que estaban autorizados a tener una vida propia, a desear.

¿Por qué traigo esto a colación después de medio siglo de los orígenes del feminismo? Porque creo que en lo que respecta a las mujeres hay ciertas ideas viscerales que no parecen haber cambiado tanto ni aún en los sentimientos más íntimos de muchas mujeres feministas. Lo constato por ejemplos anecdóticos que me han sorprendido vivamente. En una ocasión en que nos visitaron las mujeres del colectivo de Boston, hicieron un taller sobre el placer. Las mujeres teníamos que decir una por una qué era lo que nos procuraba el mayor placer. Cuál fue mi sorpresa cuando ninguna mencionó nada que se refiriera a la sexualidad. Cuando yo expresé placer en esa dirección, se interpretó que a mí me gustaba el sexo -dicho así es más reduccionista-. No podía creer que lo que otras mujeres habían expresado como la fuente del mayor placer se limitara a las cosas que decían, algunas tan increíbles que sonaban a hipocresía. Pero en el caso de que hubiese sido verdad, qué poco desarrollo mostraban de una potencialidad tan vital como la sexualidad o bien qué falta de autorización a reconocerse públicamente sexuadas sin temor a ser censuradas. Porque para muchas mujeres reconocer que les puede gustar el sexo es sinónimo de masculinidad en el mejor de los casos o de puterío en el más frecuente. Me lo volvió a certificar una mujer a la que le conté la experiencia del taller del colectivo de Boston diciéndome: “es que nosotras  no somos putas”. No quiero pensar en qué lugar me colocaba a mí por haber expresado que me gustaba hacer el amor. Pero frente a palabras descalificadoras nacidas de la ignorancia hacen falta actitudes creativas.     

Si esto es así en el caso de mujeres que se catalogan como heterosexuales, ni qué decir tiene el escándalo que para los sectores más conservadores supone que haya mujeres lesbianas -para ellos parece que el término lesbiana significara una mujer sexualmente ávida y promiscua- que además ahora se atreve a ser madre. Todo el foro de la familia, el Papa, todos quienes se agrupan en el partido de la España más cañí alzan sus voces indignados frente a las nuevas osadías de esas mujeres que se atreven a desafiar la tradicional institución familiar triangular compuesta por padre-madre-hijo, diciendo vaya a saber qué aberraciones saldrán de esos experimentos, qué hijos maltrechos y destrozados psicológicamente advendrán y tantas argumentaciones tan alarmistas como prejuiciosas nacidas de la más profunda ignorancia. No es de extrañar, la ignorancia es muy osada. Lo que más indigna es que los que se supone que menos saben de sexualidad son los que se erigen en sabios al respecto. Los que menos saben de sexualidad sana porque los  abusos a niños son muy abundantes en los colegios religiosos como lo certifican los más de 8.000 obispos denunciados en Estados Unidos, ni qué hablar de La mala educación de los de casa. Mala educación, título de una película de Almodóvar que denuncia los abusos practicados con los alumnos de un colegio religioso.  Estos son los que hablan de sexualidad y no de sexualidades, de mujer y no de mujeres, de maternidad y no de maternidades. El uso del singular o del plural en estos casos no es baladí. Usar el singular supone creer en cierto esencialismo de la sexualidad, creer que hay una esencia de mujer que define la feminidad, resultando ésta universal, a-histórica y a-cultural,  válida para cualquier mujer humana independiente de su época y su cultura, que nos informaría de la naturaleza de su deseo heterosexual y reduciría su plena realización al logro de su maternidad. Si no es así, si no hay un deseo maternal en algunas mujeres, cae sobre ellas, la imputación de ser malas mujeres, egoístas. Carácter de la imputación que va aumentando de tono hasta llegar al desprecio o el insulto cuando se manifiesta con potencialidad erótica y le gusta. Parafraseando a Freud podríamos decir en estos casos que la sombra de la madre ha caído sobre la mujer. En cambio, hablar de sexualidades, de mujeres y de maternidades supone introducir una diversidad  que corresponde más a la experiencia de vida de las mujeres reales.

No todas las mujeres quieren ser madres y nada nos induce a priori a atribuir  ese no querer serlo a problemas psicológicos sino a deseos que se priorizan y que excluyen la maternidad. Por ejemplo, cuando entran en escena limitaciones de tiempo que no se dispone, necesario para el cuidado del niño/a pequeño/a, cuando hay otros intereses profesionales que lo requieren. O limitaciones económicas que hacen imposible abastecer las necesidades familiares con un solo sueldo, o falta de una red de apoyo familiar para atender a la crianza, obligan a postergar la maternidad. Cuando las mujeres desean algo para sí mismas eso no las desmerece como madres, las que lo son, sino al contrario. Cuando una mujer es capaz de estar bien consigo misma es cuando puede entregar una mejor calidad y calidez en sus relaciones con los otros. Porque las frustraciones generan intereses usureros que se hacen pagar cuando quienes tienen al lado se encuentran más debilitados, como podemos observar con suma frecuencia en los matrimonios de larga data, cuando las mujeres que de jóvenes han sufrido varios tipos de maltrato, se desquitan con sus maridos cuando éstos pierden fuerza. Las mujeres lesbianas, que sin ser lo que las personas heterosexuales imaginan que son, sí son quienes pueden demostrar que son capaces de sostener una elección sexual que no resulta sospechosa de responder a un convencionalismo propugnado socialmente, como podría ser el caso de muchas mujeres que se denominan heterosexuales.  Lo más inquietante para muchos sectores conservadores es que estas mujeres sean madres solas, sin el amparo de un hombre. Pero si miramos detenidamente, tener un hombre al lado ¿es siempre sinónimo de amparo para una mujer y sinónimo de que su compañero asumirá una paternidad responsable?  Los malos tratos a los niños se dan estadísticamente en una proporción mucho mayor en las parejas heterosexuales, la violencia doméstica, los maridos que matan a sus mujeres y sus niños, los abusos sexuales, los incestos, no representan una garantía para los hijos ni para las mujeres.

Tener un padre y una madre no siempre es sinónimo de buena salud. Tener dos madres no sé si lo es, pero al menos nadie podrá dudar de que si afrontan todo un sistema que las cuestiona, si afrontan públicamente el cuestionamiento de su decisión con el desgaste que implica, es porque hay un deseo muy fuerte de ser madres y además madres que no niegan su sexualidad. Sería deseable que muchas madres heterosexuales pudieran decir lo mismo, porque las mujeres cuya identidad está dirigida por un superyó rígido que censura la sexualidad, tienen problemas para constituir una heterosexualidad sólida y sólo se sienten legitimadas como mujeres en su papel de madres. Lo que significa que todos los conflictos derivados de su insuficiente deseo heterosexual, intentan negarlos refugiándose en una representación de sí mismas como madres que anula sus otras facetas identitarias como mujeres, trasmitiendo a sus hijos una imagen de sí mismas que favorece que ellos las imaginaricen como asexuadas, indiferentes a cualquier otro deseo que no sea el de satisfacer a quienes están “destinadas” a servir. Ni que decir tiene que también se favorece de ese modo, que las representaciones de aquellas mujeres que no quieren ser madres caigan bajo un imaginario desdeñoso o denigratorio. Una cantante argentina, Susana Rinaldi, decía de manera muy graciosa que en la historia del tango, las mujeres aparecían en dos categorías. O bien la sacrosanta madre destinada a servir o bien la mujer del triste destino, (o sea, la puta). La ironía consiste en que no es solamente en la historia del tango que tales representaciones se juegan de manera polarizada entre la madre y la mujer que no se valora. Los hombres afectados por esta división subjetiva entre dos tipos de mujeres, son quienes tienen una seria impotencia con las mujeres que aman, porque llevan inconcientemente una marca que les remite a la madre, mientras que con otras a quienes perciben como eróticas pero a quienes no aman, sí pueden sostener su potencia sexual.  Películas como Il bello Antonio, dirigida por Mauro Bolognini o El cielo abierto, que protagonizó Sergi López, nos testifican de estos hechos. Freud en su excelente obra, La degradación general de la vida erótica, expone estas dificultades.

Los mensajes que nuestra cultura oficial construye a propósito de la maternidad, presionan en la dirección de la imaginarización de la buena mujer como la madre entregada sólo a sus hijos, o sólo a su marido.  Prueba de ello es la decepción, cuando no el rechazo, que provoca una mujer viuda a la que se había imaginado como paradigma del amor romántico con su pareja, cuando se vuelve a casar, porque desmiente la idealización de mujer toda entregada para siempre a un solo hombre, ideal romántico por excelencia, como sucedió por ejemplo con Isabel Pantoja, que durante mucho tiempo fue idealizada como la viuda eterna que lloraba al que suponían que sería el único amor de su vida, su difunto Paquirri. Por eso aunque parezca paradójico, las mujeres que permanecen solteras por mucho tiempo, resultan sospechosas de no tener una sexualidad adaptada a las normas conservadoras, sobre todo si son más o menos jóvenes y desenfadadas, o sea, si muestran algún tipo de satisfacción vital que desmienta que estar solas sea motivo de tristeza.  También se puede observar la presión social que señala lo que sería una buena madre, en las dificultades que tiene una mujer cuando se la obliga a elegir entre su necesidad de pareja y sus hijos, aún cuando éstos sean grandes y supuestamente autónomos.  

Lo que nuestra cultura valora como la madre ideal, entregada por completo a sus hijos, el tratamiento clínico de estas mujeres tradicionales nos revela que no sólo sufren trastornos depresivos importantes sino que generan hijos varones sofocados, niños eternos que creen que sus madres les pertenecen en exclusiva y que se sienten con derecho a exigir lo que sea creyendo ilusoriamente que les tiene que ser dado. Mientras que las madres que además atienden a sus otras necesidades femeninas, generan hijos que suelen quejarse de ellas, pero son más independientes y autónomos y están mejor preparados para la vida. Las madres lesbianas en su favor tienen un potencial saludable, que es haberse admitido como mujeres sexuadas. Pero se consideran doblemente transgresoras, porque en lugar de marido eligen a otra mujer, a veces quieren casarse con su compañera y adoptar niños o tenerlos por inseminación artificial. Sea como sea, su acceso a la maternidad, a ellas también les cabe la misma advertencia que a cualquier madre tradicional, o sea, que sigan sosteniendo sus deseos de realización personal más allá de la maternidad para no sofocar a sus hijos. Si así lo hacen, sus hijos se lo agradecerán aunque tengan que desafiar toda una creencia en contra que entroniza en nuestra cultura a la madre como el prototipo de la mujer que se debería satisfacer solamente con la entrega incondicional a servir a sus hijos y a su marido, que con mucha frecuencia es tratado como un hijo más. Introducir una terceridad en un vínculo tan íntimo y con pretensiones de exclusividad como es el de una madre con un hijo/a no sólo no es algo que no debería se criticado sino que es algo necesario para un desarrollo adecuado de la autonomía futura de un hijo/a para que pueda construirse una identidad como sujeto con un deseo propio.
Terceridad que puede estar colocada en aspectos dispersos, pero que lo que tendría como característica común es el poder atrapar el deseo de la madre en distintas direcciones que la aparten de la dedicación exclusiva a sus hijos. Intereses sea profesionales, eróticos, estéticos, lúdicos y un largo etcétera posible, que permitan circular espacios de privacidad individuales que desbaraten cualquier intento de fomentar una simbiosis. Las madres que cumplen con una función de trasmisión de los límites al propio deseo, están enseñando a sus hijos que no todo se puede tener, que en lo que se refiere a los vínculos, les están sembrando las bases de su futura autonomía. Que una madre sepa trasmitir a sus hijos que ellos no son suficientes para acaparar todo su deseo es lo que contrariamente a lo que se cree suele generar los hijos más saludables, mientras sepa hacerles sentir que esa actitud no es sinónimo de  indiferencia. Pero sí casa con un deseo que no les incumbe a ellos satisfacer. Siempre se nos ha repetido a las madres hasta el cansancio que nuestros hijos no son de nuestra propiedad, pero ya es hora de insistir y promulgar que los hijos deben sentir que sus madres tampoco son una propiedad suya, que tienen un legítimo derecho a buscar una satisfacción personal y reconocimiento en algo que las haga sentirse creativas más allá de lo biológico y reproductivo, a buscar y diversificar las fuentes de su placer, a respirar sin ahogos. Eso permitirá que sus hijos también se sientan autorizados a vivir sus vidas sin el agobio de tener que sostener a sus madres, sin sentirse culpables de abandonarlas si hacen su vida. Dejarlos desprenderse es la mejor manera de sostener una maternidad responsable, tanto si se es madre lesbiana como si no.

CLAUDIA TRUZZOLI

domingo, 3 de febrero de 2013

REFLEXIONES DE UNA PSICOANALISTA FEMINISTA



REFLEXIONES DE UNA PSICOANALISTA FEMINISTA

 Para empezar
Hablar sobre feminismo, en singular, es equivocado, ya que dentro de este amplio movimiento existen diferentes maneras de concebirlo, tantas como diferentes mujeres que lo componen y diferentes ilusiones y trampas en las que algunas quieren seguir creyendo para mantener una idea de la sororidad que, concebida sin fisuras, puede hacer más daño que utilidad al mismo movimiento.
Esta es una advertencia seria que debe ser atendida para no cerrar puertas a una vitalidad que los movimientos feministas necesitan para responder a los desafíos de nuestro tiempo y sus contradicciones, las cuales tienden a clausurar el pensamiento a favor de las banalidades cotidianas: el empuje al consumismo, el culto a la imagen, la pasión por la frivolidad.
Todo apunta en nuestra actual civilización a obturar las preguntas que tienen que ver con el deseo de vivir una vida que tenga calor, color, sensibilidad, para ofrecer a cambio recetas prefabricadas, válidas para todos, que tienden a eliminar al sujeto, borrar las diferencias individuales, las vidas personales, eliminando cualquier sentido de la responsabilidad sobre la propia vida.
Esto es particularmente evidente en el área de lo que se ha dado en nombrar salud mental. Tanto la psiquiatría como la psicología parecen haber sucumbido a la corriente de los tiempos actuales que buscan recetas mágicas, soluciones rápidas y eficaces (cuando lo rápido nunca es lo eficaz) y sobre todo eliminar cualquier tipo de pregunta molesta que la pseudo-ciencia no pueda contestar. Es preferible pensar que existe una entidad llamada depresión, nombre con el que se designa una especie de cuerpo extraño que ha venido a instalarse en la vida mental de cualquier persona, independientemente de sus circunstancias vitales, de su historia personal, de sus anhelos y frustraciones, de sus sueños y fantasías, que a la manera de un virus dañino se instalara en su interioridad psíquica y a la que sólo se pudiera combatir con substancias químicas, los antidepresivos. ¿Cuál es el precio a pagar por esta supresión? Lo real retorna de otro modo cuando se lo quiere eliminar, en este caso, retorna a través del llamado a la magia, el último reducto adonde han ido a refugiarse los sueños incumplidos que se resisten a ser silenciados. Pero el gran inconveniente es que esto se hace al coste de debilitar al sujeto, haciéndolo más dependiente de poderes inciertos que sólo favorecen el dominio de aquellos que necesitan de esos sujetos dependientes para engrosar su mercado: laboratorios químicos a los que no les interesa curar sino cronificar las perturbaciones y/o las enfermedades; medicina oficial que depende de los laboratorios en su labor curativa y a la que le interesa defender la medicalización del sufrimiento; psicologías alternativas que ofrecen terapias con indicaciones de una obviedad que para un espíritu más o menos inteligente resultarían ofensivas por el grado de infantilización a que se somete a los que se acercan a ellas.
Por todas estas cosas creo que es importante y necesario alzar voces de protesta y ofrecer un espacio de escucha respetuoso con la particularidad de la historia vivida de cada persona, donde pueda expresarse, ser escuchada y donde se le pueda hacer oír lo que ella misma dice sin saber lo que dice. Los antiguos filósofos, que se hacían más preguntas por el ser, estaban más cerca de lo más genuino de la vida psíquica que las corrientes actuales tanto en la medicina como en la psicología que, amparadas en la búsqueda de soluciones inmediatas –mal llamadas eficaces-, proponen pseudo-soluciones al sufrimiento, las cuales resultan peligrosas porque se rodean de un halo de cientificidad que resulta atractivo a quienes quieren evadir las preguntas que, precisamente, les acercarían a lo que les hace sufrir y les proporcionarían los medios para alcanzar una autonomía relativa pero posible. Nada propicia más la libertad personal que saber a qué se está sujetado, y nada agravia tanto el orgullo de quienes sueñan con una libertad sin límites; libertad que no por ser deseada es alcanzable. Al pensamiento freudiano debemos la idea tan metafóricamente expresada de que el sujeto no es dueño en su propia morada, una manera muy poética de decir que muchas de las cosas que nos determinan escapan a nuestro conocimiento consciente. Si se acepta esto, sí es posible ampliar los márgenes de libertad de una persona cuando consigue saber qué es lo que puede y lo que no, porque eso le permite aprovechar su energía creativa y desarrollarla en aquellos campos donde tiene capacidad para ello.
Los libros de auto-ayuda ofrecen consejos prácticos que distan mucho de serlo porque despistan al sujeto de aquello que lo perturba ofreciéndole consejos de actuación que pretenden paliar su malestar, las terapias que prometen un desarrollo personal que fomenta la ilusión de ser más importante que el resto de los mortales, sólo logran hacer una inflación de la fantasía de omnipotencia infantil a costa de reducir la potencia real de que esas personas disponen. Por otra parte, cada vez proliferan más los grupos, generalmente de tipo religioso que ofrecen, igual que las drogas o el alcohol, recetas mágicas de plenitud y que funcionan como sectas que destruyen la relativa autonomía de las personas.

Todo grupo crea una ilusión de completud imaginaria que sostiene al sujeto y lo satisface. Pero esa ilusión dura un tiempo. Los que se instalan en una posición de saber que los diferencia del resto y fomentan la idealización intentan alargar a toda costa ese tiempo ilusorio para sujetar a sus adeptos y para lograrlo emiten mensajes que sólo favorecen la dependencia hacia los líderes y minan el auténtico crecimiento personal. La pregunta es por qué florecen tanto estas ofertas en este tiempo. ¿Qué insoportable vacío intentan llenar? ¿No sería más productivo ayudar a una persona a desarrollar una fuerza que le permita soportar la insoportable incompletud de su ser?

Pisocoanálisis y feminismo
Hasta aquí una reflexión sobre el sujeto-sujetado que no hace distinción de género ni de sexo porque es una cuestión que afecta a lo humano. Pero una terapia que tenga en cuenta la particularidad del género, de la diferencia sexual, una terapia verdaderamente feminista necesita de una lucidez del/la profesional que se haga cargo de escuchar las problemáticas particulares que afectan a las mujeres que nunca son las mismas que afectan a los varones. Rescato del psicoanálisis su manera respetuosa de poner el acento en la singularidad de cada persona, su escucha personalizada, su compromiso en conducir al sujeto en el camino de su libertad pero como psicoanalista feminista que soy creo que el psicoanálisis debería tener en cuenta que el género no solamente afecta a las identificaciones que el cuerpo normativo de cada cultura ofrece a sus miembros para reconocerse como hombres o como mujeres, -o sea, en su diferencia sexual-, sino que afecta también de una manera no siempre fácil de rastrear al efecto que esas normas tienen en la conformación de sus deseos sexuales, dado que la sexualidad humana es más que un conjunto de pulsiones parciales intrapsíquicas y se conforma de una manera relacional donde los primeros mensajes que se reciben de las figuras más significativas tienen una impronta particular que será puesta a prueba con la socialización posterior que podrá reforzar esos mensajes o debilitarlos y con la sintonía o distonía de los propios ideales.
Psicoanalista y feminista no es una contradicción como creen muchos colegas psicoanalistas. El feminismo no es el opuesto binario del machismo. Si en algo se diferencian es en que el feminismo es una corriente de pensamiento crítica que dirige sus análisis a las culturas y a cómo éstas afectan a las condiciones de vida de las mujeres y de los hombres. Dichas críticas tienen por objeto facilitar reflexiones que permitan a ambos sexos desmarcarse de imperativos de rol alienantes.  Fenómenos como la violencia machista con su resultado trágico en muertes de mujeres no pueden ser vistos bajo la óptica miope de un aumento del masoquismo de las mujeres en nuestra época actual, sin cuestionar por otra parte, cómo afecta a los hombres inseguros de sí mismos que sus mujeres logren una autonomía en sus deseos que les quitan la ilusión de ser todo para ellas. El psicoanálisis ortodoxo critica poco a los hombres y encuentra en sus fundamentos epistemológicos un reforzamiento de posiciones que favorecen la jerarquía del sexo masculino aunque más no sea por el privilegio que el lenguaje corriente hace de la vertiente imaginaria del falo. Esta es una razón por la cual muchas mujeres feministas desconfían tanto del psicoanálisis que, sin embargo, puede ofrecerles una alternativa más productiva y rica en consecuencias y efectos terapéuticos que disminuyan el sufrimiento y favorezcan el sentido de igualdad de sexos en la dignidad e importancia de cada uno sin privilegios a priori, igualdad de derechos, mal entendida a veces como negación de la diferencia sexual. Por eso es importante despojar al  psicoanálisis de su veta patriarcal y aprovechar la potencia trasformadora de la subjetividad que éste tiene, al acercar a cada persona a su deseo propio, dentro de una ética que lo lleva a decidir si quiere o no quiere lo que desea. Lo cual evidentemente no lo hace proclive  a la adaptación acrítica a un sistema. No es por casualidad que en los regímenes dictatoriales el psicoanálisis esté prohibido o mal visto. Debemos a las teóricas feministas los aportes críticos que han hecho a la teoría psicoanalítica señalando los elementos ideológicos nacidos de una concepción patriarcal. Este hecho unido a los aportes lacanianos que han ampliado la manera de entender los conflictos de la sexualidad, los aportes de Foucault, la teoría queer,  nos permiten ampliar nuestras miradas en las problemáticas de género y diferenciar aquellos síntomas que se dan de manera diferenciada en hombres y en mujeres.

Una de las tareas fundamentales del feminismo, lo quiera admitir o no, pasa por la reflexión de qué se entiende por el concepto mujer/es. Singular y plural entorno al concepto ya marcan una idea diferente acerca de su significación. En singular, nos acercamos a posturas esencialistas que suponen que ser mujer sólo se logra respondiendo a ciertos cánones que están establecidos universalmente y que trascienden las diferentes maneras culturales en que cada mujer responde a lo que eso quiera decir. Hablar de mujeres en plural, supone admitir una diversidad, no sólo en las que pertenecen a la misma cultura sino en las que están condicionadas de otra manera. Hablar de género es abrir un espacio de diversidad que marca los caminos donde la diferencia sexual no sólo no es vivida del mismo modo en diferentes culturas sino que en el seno de una misma cultura nada asegura que un sujeto que pertenezca a un determinado sexo vaya a hacerlo coincidir con el mismo género. Los transexuales son un ejemplo de ello. ¿Consideraríamos como mujer a un transexual anatómicamente hombre en su origen o como hombre a una transexual anatómicamente mujer en su origen?  Son preguntas que necesitan de una clarificación porque hay instituciones feministas que vetan el acceso a transexuales, lo cual ya implica, lo sepan o no, una determinada concepción ontológica de la diferencia sexual y del género que supuestamente le corresponde, acercándose más a posiciones naturalistas.

Las personas somos el resultado de la articulación entre lo somático, lo psíquico y lo social, lo cual supone que ningún campo puede arrogarse la pretensión de decir toda la verdad acerca de un sujeto, dado que las determinaciones son múltiples. Apostar entonces por un trabajo interdisciplinario es reducir la ignorancia y el orgullo totalitario de quienes quieren sentirse dueños de un saber que respondiera a todas las preguntas posibles. Lástima que hoy en vez de acercarnos al multiculturalismo pareciera que nos acercamos a la multi-ignorancia. Tengo conciencia de que declaraciones como las que acabo de hacer van en dirección contraria a los tiempos que corren y que el precio que paga un profesional por defender la necesidad de un trabajo interdisciplinario es muy alto porque no se comprende que se aleje de la especialización, pero se olvida con una alarmante frecuencia que la especialización pierde de vista la totalidad, el conjunto que cohesiona un sistema, una vida personal, un cuerpo. Por ello, las terapias que reivindican una concepción más holística se cubren de desprestigio, tales como el psicoanálisis o la homeopatía, que curiosamente pocas veces trabajan solidariamente. O sea, que hay que estar muy alerta a la tentación totalitaria en términos de saber. No-todo es cuerpo ni no-todo es palabra. Como nos recuerda Judith Butler en “Deshacer el género”, una idea que retoma de Freud: “…la pulsión es precisamente lo que no es exclusivamente biológico ni cultural, sino siempre el lugar de su densa convergencia”.

CLAUDIA TRUZZOLI
Psicoanalista feminista
c.truzzoli@gmail.com       
                                            

viernes, 1 de febrero de 2013

EXTRAVÍO DEL SÍ MISMO EN LA PROPIA IMAGEN.


EXTRAVÍO DEL SÍ MISMO EN LA IMAGEN

¿Por qué aumenta cada vez más el número de personas que experimentan un sentimiento de vacío, de tristeza, de pérdida de sentido? Las consultas de los ambulatorios reflejan un aumento de estos estados anímicos a los que se responde indicando una medicación antidepresiva, porque bajo el nombre de depresión han desaparecido todos los matices y diferencias entre distintos tipos de estados de ánimo que en muchas ocasiones son la emoción más acorde a una situación determinada. Por ejemplo, si se muere un ser querido, es normal estar triste y tener necesidad de sentir ese dolor junto con el rescate de los recuerdos que nos ligaban a esa persona y en ese transcurso del tiempo ir lentamente desprendiéndonos de ella y aceptar que ya no está. O si una persona pierde su trabajo y se siente desamparada y sin salida evidente a corto plazo, es normal que esté triste o aún ansiosa o con un ataque de pánico, dependerá de la cuantía que esa falta de dinero le signifique en términos de supervivencia o más levemente en términos de pérdida de poder acceder a una calidad de vida que entonces resulta muy mermada. Un medicamento si bien puede ser muy útil en casos donde esté afectado un funcionamiento cerebral, es contraproducente a la hora de ayudar a una persona a encontrar los recursos que necesita para intentar encontrar una solución o bien, poder acceder a un grado de humildad que le permita reconocerse como valiosa aunque esté desposeída. Una interlocución válida, un saber escuchar, un poder estimular la reflexión acerca de sí mismo y de las situaciones problemáticas no es un medicamento pero puede curar y no tiene efectos secundarios.  Pero desgraciadamente estamos en una época donde se privilegia la rapidez, el adormecimiento, el poner un parche en lugar de intentar aportar soluciones. Si bien no está en nuestras manos cambiar la civilización que nos toca vivir hoy, sí podemos ofrecer algunas reflexiones que tal vez le sirvan a quien pueda desmarcarse de esta loca alienación a la que se nos quiere conducir.

Tomaré un aspecto de la cuestión: la colonización del cuerpo, sobre todo el femenino, a través  de muchos cauces cuyo objetivo último es adecuar la imagen femenina a ciertos prototipos de belleza que suponen una verdadera esclavitud desde el punto de vista estético, cuando no un peligro para la salud o un riesgo peligroso. Colonización del cuerpo al que no están ajenos algunos hombres, aunque en su caso se trata más de acentuar el vigor, la potencia, y no tanto el aspecto estético, aunque también éste va entrando como imperativo a la hora de resultar más seductores. Estas cosas en sí mismas no es que sean nocivas, la que puede resultar nociva es la excesiva dependencia a la propia imagen  en desmérito de reflexionar acerca de sí mismos, acerca de las cuestiones importantes de nuestra vida de relación, de nuestro estar en el mundo.

¿Qué es lo que se pierde por esta exageración y predominio de la imagen en esta mega publicidad que nos envuelve? Se pierde la capacidad de pensar.  La seducción fácil con su promesa de placeres inmediatos reemplaza la convicción en valores que verdaderamente  sostienen. La imagen sustituye al pensamiento, la austeridad y el esfuerzo se desvalorizan frente a la realización inmediata de deseos generados desde una lógica que pretende encontrar en el consumo la solución a todo. Todas sabemos, porque alguna vez lo hemos sufrido, con qué rapidez se extinguen los pretendidos placeres que se esperan al comprar un objeto con la ilusión de cambiar un estado de ánimo triste o combatir momentos de vacío. Una misma puede tratar de convertirse en un objeto de deseo cuando se maquilla para gustar, pero si una se pasara gran parte del día mirándose al espejo, eso  denotaría una dependencia hacia la propia imagen que haría un  cortocircuito con el verdadero lazo afectivo que nos conecta con los demás, nos enriquece y alimenta.

La inquietud que me provocan estas cuestiones me hace preguntarme porqué algunas mujeres –hombres en menor grado- se empeñan desesperadamente en una ciega carrera de modificación de su cuerpo intentando rescatar lo imposible de recuperar si de juventud se trata. Aquí es donde las diferencias culturales entre hombres y mujeres se hacen sentir. Los hombres no siguen una carrera tan extremada para parecer más jóvenes porque teniendo aspecto de maduros –aunque no necesariamente siéndolo- resultan seductores para las jovencitas.   En cambio las mujeres, saben que a los hombres les resulta chocante todo lo que anuncie pérdida, ya sea de juventud, de potencialidades, o bien un acrecentamiento del saber sobre los deseos que mueven a unos y a otras. En síntesis, a los hombres les da miedo la madurez femenina. Las mujeres buscan tanto más desesperadamente cuanto más dependen de un hombre, parecer todo lo más jóvenes que puedan para reafirmarse a través de la mirada masculina que aún son deseables, que aún pueden acceder a los privilegios que tienen las jóvenes. Porque es algo  tristemente comprobado que los hombres valoran más que las mujeres la juventud. Tal es así que cuando ellos hacen nuevas parejas después de un divorcio, generalmente se acoplan con mujeres muy jóvenes. No es que las mujeres no valoremos la juventud, sino que valoramos prioritariamente otras cosas que definen a una persona, por ejemplo, su madurez, su saber hacer, su capacidad de compañerismo. No sucumbimos con facilidad a las trampas de la vanidad en cuanto a necesitar ser idealizadas, podemos soportar las críticas si están hechas de buena fe, porque valoramos aprender de los demás. Todas estas cuestiones son frágiles en los hombres, porque salvo excepciones, están más sujetos a la necesidad de ser idealizados y eso es más fácil que se produzca con una jovencita, que si  no está movida sólo por un interés material de disfrutar de una posición económica solvente que algunos pueden procurar, pueden  idealizarlos otorgándoles un saber sobre la vida, unas metas logradas, una esperanza de aprender para llegar a ser imaginariamente tan fuerte, deseable y poderosa como los imaginan a los maduros. 

Al promocionar en exceso la dependencia a la imagen y al consumo superfluo nuestra sociedad encuentra un recurso que convierte la responsabilidad personal con respecto a nuestra propia vida, el detenerse a reflexionar acerca de ella, en algo indeseable. Pero ¿qué nos estamos perdiendo de esa manera? Justamente lo que no se pierde, a menos que la memoria enferme, que es conocer la riqueza de la experiencia acumulada con los años, el grado de libertad que eso supone, la alegría de poder sentirse a gusto con una misma sin tener que subordinarse a los criterios de otros. Cada persona es un mundo singular y la posibilidad de vivir una madurez no alienada en una carrera hacia lo imposible de evitar, si de vejez se trata, es poder sacarle partido a cada edad con sus características particulares. La juventud es preciosa pero llena de inseguridad, de promesas futuras, de peleas  por lograr los objetivos que se proponen en la vida, de miedos, de vulnerabilidad de la propia imagen frente a los demás, de pruebas continuas, de desafíos. La madurez, por el contrario, sabe. Gracias a la experiencia vivida, una experiencia de lo humano que va más allá de las modas. Aunque la subjetividad de cada época esté marcada  por estilos y costumbres diferentes, algo queda invariable a lo largo de muchas generaciones como para que sea útil beneficiarse de la sabiduría de las cosas del corazón que nos pueden trasmitir las personas mayores.

Tanto los hombres como las mujeres somos sensibles al deseo de gustar. Sin embargo, diferimos en los medios por los que intentamos lograrlo. Los hombres lo intentan haciendo un exhibicionismo de poder a través de la mostración de la posesión de bienes y objetos. Ciertos objetos pueden utilizarse para seducir, por ejemplo, un coche que deslumbra como símbolo de poder, recurso que suelen utilizar mayoritariamente los hombres. Pero no es lo mismo utilizarlo para seducir que utilizarlo como un triunfo exhibicionista del propietario. Por experiencia sabemos que muchas mujeres se sienten celosas del coche del compañero cuando éste lo cuida más que lo que la cuida a ella. Y es bastante triste tener como rival a un coche. Las mujeres intentamos satisfacer la necesidad de gustar a través del cuidado del cuerpo, cuidado que no significa culto, porque el culto al cuerpo silencia la soledad  estéril del narcisismo y la enajenación que supone para una mujer sostenerse sólo de su imagen. Porque ésta es transitoria, cambiante, expuesta al declive y a la pérdida de belleza,  a la vejez, a la decrepitud. A pesar de ello, tal vez por lo ineludible e insoportable de la vejez, aumentan cada vez más las ofertas de cirugía estética, liposucciones para parecer más delgadas pero sobre todo jóvenes, aumentos o disminuciones de mamas, extirpación genital de labios mayores para aparentar un sexo más aniñado, junto con su correspondiente depilación, cirugías estéticas que borran del rostro las arrugas, operaciones de estómago en las obesas para que casi no tengan hambre, ofertas de supresión de la regla para tenerla sólo unas veces al año o bien, parches hormonales para prolongarla indefinidamente sin tener en cuenta que los mismos tienen una incidencia directa en el cáncer de mama. Ir contra la naturaleza es una lotería, pero ahora desde el discurso médico posmoderno se nos quiere hacer creer que la naturaleza no es tan sabia como creíamos y que provocar cambios en ella nos beneficiaría. Los científicos tendrían que apelar a la sensatez porque torres más grandes han caído frente a la soberbia de creer que pueden dominar por entero el mundo natural.

Poder sostenerse de una manera que no provoque un derrumbe psicológico implica una mirada reflexiva hacia sí misma, hacia la sociedad que nos circunda, poder establecer una distancia crítica con las ofertas de una civilización que sólo se ocupa de la imagen y del goce inmediato. Reconocerse a través de los cambios, supone un esfuerzo de simbolización, un trabajo psíquico que balancee logros y pérdidas referidas al propio cuerpo, a nuestros vínculos, a nuestra inevitable finitud, que no será posible sin el acompañamiento de interlocutores válidos que nos reafirmen en esta andadura, con quienes establecer una relación profunda que nos haga sentir importantes y especiales. No es justamente lo que abunda en la manera posmoderna de vincularse, de contactos rápidos y cambiantes que no dejan anclar los afectos que sostienen. Nuestra época se caracteriza por una política de ceguera frente a lo que molesta. Pero las cosas no desaparecen porque no se las quiera ver.   Por mucho que nos estiren la piel, eso no nos librará de la vejez. En cambio si en vez de estirarnos la piel preferimos aceptar la evidencia de nuestra edad, tenemos que tener una compensación que nos permita sentirnos interesantes a pesar de ser mayores. Eso se logra alimentando nuestro espíritu con relaciones interesantes, con lecturas que nos acompañen en ese proceso de reflexión acerca de nosotras mismas, de nuestros vínculos, de las múltiples experiencias que la vida nos pone delante. Es un descanso poder sentirse dueña de sí misma, da una enorme paz interior, no sufrir la ansiedad de depender de cómo nos ven los demás, gastar nuestra energía en cuestiones verdaderamente importantes, poder crear y dejar nuestra huella en otros, una huella que no se deteriore y que sirva para sostenerlos y ayudarlos a andar por la vida, sentir que nuestra soledad es rica en emociones, en recuerdos gratos, en amistades que verdaderamente acompañan. Y si tenemos suerte, puede que también en amores, si tenemos la suerte de vincularnos con quienes tengan la madurez suficiente como para que les resulte estimulante pensarse a sí mismos por fuera de los tópicos comunes y superficiales, a quienes les resulte estimulante interrogarse desde la óptica de un bien hacer y un bien decir y poder reconocerse con orgullo y sin rubor.

CLAUDIA TRUZZOLI






RELACIONES ENTRE COMUNIDADES DIVERSAS

RELACIONES ENTRE COMUNIDADES DIVERSAS
  
Pensar la política como la condición necesaria para ver y escuchar a otros diversos que no piensan ni actúan como nosotros mismos, es requisito imprescindible de la democracia, aunque no el único. La diversidad es requisito imprescindible de la democracia, condición necesaria aunque no suficiente para darle lugar. Pero todas las invocaciones a la libertad encuentran su límite en el derecho a la libertad de los otros, por ejemplo, el respeto de ciertos principios éticos fundamentales que tienen que regir para todo ser humano, cuya universalidad no puede ser puesta en duda, siendo algunos de ellos el respeto por la vida, la salud y la justicia.

En ese sentido, cualquier gobierno totalitario o cualquier pensamiento que se erija en único posible para encontrar su validación, que pretenda detentar una única verdad, es profundamente anti-político, sea del signo que sea. El pensamiento totalitario sólo reconoce como humano al grupo que considera que comparte sus creencias, sus ideales, su forma de ser y valorar la vida. Se diferencia de cualquier sujeto que en su narcisismo sólo valora lo semejante porque si bien comparte con éste ese rasgo, se diferencia del totalitario en que no quita humanidad al grupo del que se desmarca. Simplemente o lo ignora o lo desprecia, pero no pretende aniquilarlo ni torturarlo.

En la historia disponemos de numerosos casos de grupos humanos que se caracterizaron por su exacerbado fundamentalismo. Por ejemplo, los nazis en la Alemania de Hitler,  pudieron exterminar a seis millones de judíos cuando su meta era la aniquilación total de ese pueblo sin ningún remordimiento. Podían ser hombres muy sensibles con sus allegados y afines, y al mismo tiempo, ser capaces de una extrema barbarie y crueldad con quienes consideraban diferentes. Otros ejemplos, los rusos en la época de Stalin, las recientes guerras en los Balcanes, el trato dado a los prisioneros por los americanos  tanto en Guantánamo como en las prisiones iraquíes, las barbaridades que se cometen en las guerras contra las mujeres con objeto de humillar aún más al enemigo, los fundamentalistas que pretenden imponer un modo de pensar y actuar que implica un sometimiento total a sus creencias bajo amenaza de muerte al infiel, sólo son muestras de una negación de la alteridad, tan necesaria para una convivencia democrática y pacífica. ¿Qué hace falta para que un gobierno totalitario se imponga por el terror y actúe con carta blanca para eliminar a sus adversarios de la manera más impune? Sólo una cosa: que tenga el poder para hacerlo y que le quite a los otros diferentes la condición de semejantes.

Contra todas estas cosas nos alerta el relativismo cultural, pero todos los movimientos más abiertos a la diversidad, pecan de exceso de tolerancia frente a ciertas prácticas que bajo la bandera del relativismo cultural, no ponen límites a la libertad de las comunidades diversas cuando éstas sí pretender ponerlos a las comunidades en las que se insertan, bajo amenaza más o menos velada y sobre todo, cuando el respeto exigido a sus costumbres, no se corresponde paritariamente con el respeto a las costumbres de las comunidades que los acogen. Toda democracia tiene su punto frágil cuando no pone límites que respeten la libertad de todos, lo cual implica respetar las diferencias y no imponer normas ajenas a cada comunidad. De lo contrario, si no se hace esto, se favorecen los movimientos de reacción dando lugar a nostalgias totalitarias que podrían expresarse parafraseando a Jorge Manrique: Todo dictadura pasada fue mejor.

CLAUDIA TRUZZOLI



miércoles, 30 de enero de 2013

IMPORTANCIA DE LA AMISTAD ENTRE MUJERES


IMPORTANCIA DE LA AMISTAD ENTRE MUJERES 

Un aspecto muy descuidado de nuestra cultura es la importancia del vínculo entre amigas. Desde el imaginario masculino se ha promocionado siempre la relación entre mujeres enfatizando la predominancia de la rivalidad, del esfuerzo competitivo sobre todo si está algún hombre deseado en el horizonte. Pero lo que se oculta interesadamente, es el valor extraordinario y la fuerza que tiene la relación con las amigas. Las que saben tener amigas conocen el valor de la ternura, de la solidaridad, del binomio que asocia la propia autoestima con el reconocimiento y el apoyo de unas buenas amigas, de la compañía fiel en momentos de tormenta, de la que entiende nuestras confidencias y que muchas veces es quien nos ayuda a mantener nuestro vínculo con un hombre por aportar la comunicación y el entendimiento necesarios, tan difíciles de lograr con el otro sexo. Silvina Burlich, una escritora argentina, decía que es tan difícil que un hombre y una mujer se entiendan como que lo hagan una jirafa y un elefante. A lo que yo agregaba no sin humor satírico que peor aún es cuando a la jirafa y al elefante se le suma el resto del zoológico para opinar. A medida que pasan los años, los príncipes azules se destiñen y lo que aporta calor y color a la vida son precisamente las amigas que aportan ese bienestar emocional no sólo para una misma sino para todas las personas que dependen de nuestros cuidados. Una amiga jamás diría “al verla así rajé” como dice un hombre en un tango de la mujer que amó y que al verla después de muchos años deteriorada al verla así rajó. En la historia del tango, como dice Susana Rinaldi –y no sólo en la historia del tango, sino en la vida- son los hombres los que huyen del deterioro, del malestar, de la angustia. Y son precisamente las mujeres las que aportan el calor que alguien necesita, el oído para escuchar el dolor, el abrazo que consuela, la ternura que te hace sentir viva. La amistad, la dignidad y la autoestima de las mujeres crecen juntas. El empoderamiento también. Incluso las relaciones con los hombres no son iguales para una mujer que se dirige a ellos desde una sensación de valoración profunda de sí misma que desde una falta de autoestima. En ausencia de amigas de verdad, hay un vacío de identidad positiva, que empuja a sostener la propia existencia y la propia valoración solamente con el logro de una pareja con un hombre, lo que lleva a muchas mujeres a adherirse sin demasiado criterio selectivo a un hombre o bien a la búsqueda de un hombre tras otro, para lograr su aprobación. Pero regalarse no es quererse, como señala Benedetti.  Cuando las mujeres tomamos conciencia del valor de nuestra mutua amistad es cuando nuestro cuerpo, con sus imperfecciones, con sus déficits propios de la edad, con sus dolores, se convierte de pronto en un cuerpo lleno de vida, de deseo, de alegría, de motivos para vivir en esta tierra nuestra que de pronto cambia el rostro que le ha dejado la ambición conquistadora y la posesividad masculina por la sensación de calor de una casa confortable.  

CLAUDIA TRUZZOLI                

REFLEXIONES SOBRE LA MENOPAUSIA




REFLEXIONES SOBRE LA MENOPAUSIA

Cuando pensamos en menopausia, ese pensamiento no viene solo sino asociado a temas que son antipáticos para nosotras porque traen aparejadas cuestiones que tienen que ver con el paso del tiempo, con la edad madura, con los cambios en el cuerpo, que no resultan gratos, con las arrugas, con el aumento de peso, con la aparición de miomas uterinos que a veces traen complicaciones que si bien se pueden tratar, hay médicos que recomiendan la extracción del útero, aunque no sea necesaria, con el pretexto de que ya no sirve para concebir. La pregunta que suelen hacer es “¿para qué lo quiere usted si ya no puede tener hijos?”, lo cual ya es una manera de reducir la importancia de un órgano genital limitándolo a su función reproductiva, sin tener en cuenta el valor libidinal que puede tener para una mujer. No es de extrañar esta ceguera médica pues está en nuestra cultura occidental que la mujer sea vista desde el imaginario masculino fundamentalmente como madre, negando la sexualidad femenina al reducirla a la maternidad. La menopausia trae cambios en la sexualidad, que se hace más lenta, la sequedad vaginal que aparece obliga a la utilización de aceites o cremas para devolverle humedad, trae también cambios en el deseo, cambios, no su desaparición, como suele creerse. Si a una mujer menopáusica se la asocia con una función de abuela por ejemplo, se le vuelve a colocar el sambenito de la maternidad por segunda vez, lo cual la convierte en una traidora si se queja, si no quiere asumir esa segunda maternidad forzada o si quiere usar su tiempo libre en otras cosas más placenteras para ella misma, sólo para ella misma, sin cumplir un papel de cuidadora. Si además quisiese utilizar ese tiempo para salir con un hombre con el que quiere tener una historia amorosa y sexual, la condena a su comportamiento sería difícil de afrontar por el prejuicio social compartido que ataca. Hay mujeres que están encantadas de ocuparse de sus nietos y si eso es una opción voluntaria y no impuesta, no hay nada que objetar, pero hay otras que no quieren hacerlo todos los días y obligadamente, y es cuestión de justicia que sean aceptadas en sus deseos de dedicar el tiempo de jubilación para descansar y pensar en ellas mismas, después de haber dedicado la mayor parte de su vida a los demás postergando deseos propios. Deseos propios que nunca se han sentido autorizadas a tener. Las otras mujeres, las que sí se autorizan deben enfrentarse a una cultura que no las mira bien, y  eso supone un grado de resistencia y fuerza mayor para afrontar la trasgresión. Son las más vulnerables a querer seguir jóvenes, las que no se resignan a los cambios corporales que sobrevienen con la edad, arrugas, sobrepeso, lentitud, dolores en las articulaciones, osteoporosis, sofocaciones, debidas a cambios hormonales. Para ellas la medicina ha encontrado un remedio que se vende como el elixir de la juventud, la terapia hormonal sustitutiva.

Efectos colaterales de la terapia hormonal sustitutiva.
Es cierto que permite seguir teniendo reglas, estrógenos, progestágenos, y que se propagandiza como una prevención de fracturas osteoporóticas al aportar los estrógenos que hacen falta, controlan los sofocos, aunque este beneficio desaparece al año de tratamiento y también tienen un efecto preventivo en la aparición de cáncer colo-rectal.  Pero lo que se calla de esta terapia hormonal sustitutiva (THS) es que aumenta el riesgo de enfermedades tanto cardíacas como cerebrales, así como tromboembólicas, y tienen un efecto perjudicial en la aparición del cáncer de mama. Veamos con más detenimiento estos datos. 
Un estudio realizado por Women’s Health Iniciative con 16.608 mujeres usando tratamiento combinado de estrógenos y progestágenos, fabricado por la empresa farmacéutica Wyeth Lederle se producirían 7 infartos, 8 accidentes cerebrovasculares, 180 tromboembolismos venosos, 8 cánceres de mama invasivos, y se evitarían 5 fracturas osteoporóticas y 6 cánceres colo-rectales. Digamos entonces que producen más perjuicio que beneficio, perjuicio mucho mayor cuanto más largo es el período de utilización de la terapia hormonal sustitutiva, pero tampoco es despreciable el perjuicio en tratamientos más cortos de un año en lo referente al riesgo cardiovascular.  Esa empresa farmacéutica que les citaba antes, publicitaba ese fármaco en terapia hormonal sustitutiva, diciendo que “era el único fármaco que protege a cien millones de mujeres en todo el mundo”. Lo que ocultaba esa publicidad es el impacto de serios problemas de salud por cada año en esas cien millones de mujeres. El impacto es el siguiente: 70.000 casos más al año de enfermedad coronaria, 80.000 casos más de ictus, 1.800.000 más de tromboembolismo venoso, 80.000 casos más de  cáncer de mama invasivo, el cáncer de endometrio no variaba, había 50.000 casos menos de fracturas osteoporóticas y 60.000 menos de cáncer colo-rectal. Digamos que es peor el remedio que la enfermedad dado que puede producir enfermedades en mujeres sanas, mientras que las molestias asociadas a la menopausia son temporales, no implican ningún riesgo para la salud y hay tratamientos alternativos, como la homeopatía que suele funcionar bien en el caso de tratar síntomas menopáusicos como los sofocos por ejemplo. Y en cuanto a las fracturas osteoporóticas, que es uno de los beneficios relativos que aportan estas terapias, no hay que olvidar que la prevención es importante para mantener una buena masa ósea. ¿Cómo se realiza esa prevención?

Unas palabras sobre la vitamina D.
La masa ósea se forma y se destruye a diario y su mantenimiento correcto puede controlarse para evitar la osteoporosis. El déficit de vitamina D produce una osteomalacia latente con dolor de la musculatura de la cintura, escapular y pélvica, y de las extremidades inferiores en su parte anterior. Los huesos largos se arquean y se deforman, sobre todo los que soportan peso como las rodillas y los tobillos. El déficit de vitamina D provoca la secreción de una paratohormona que para mantener los niveles de calcio constantes, los extrae de los huesos, sobre todo de las manos y los pies, contribuyendo a las deformidades. Todo esto es importante a tener en cuenta porque se calcula que a partir de los 50 años, un 38% de la población femenina presenta un déficit subclínico de vitamina D con un hiperparatiroidismo secundario, y a partir de los 70 años pude llegar al 70% tanto en mujeres como en hombres. Por eso es importante hacer una buena actividad física, ejercicios regulares que mantengan activa la musculatura y el sistema óseo, suplementos de calcio y vitamina D  que permite fijar el calcio, controles hormonales periódicos, ya que la densidad ósea de la columna vertebral depende de factores hormonales mientras que la densidad del hueso del fémur depende del calcio y la vitamina D.

Y en cuanto al cáncer colo-rectal, otra de las enfermedades que impediría en algunos casos las terapias hormonales sustitutivas, se puede prevenir dicho cáncer estando atentas a los cambios en las deposiciones, si hay sangre o si observan alguna modificación en lo habitual, hacer una colonoscopia, que no es dolorosa porque se hace con anestesia y permite detectar si hay pólipos y poder extirparlos a tiempo. Quiero decir con esto que hay medicina  preventiva no medicamentosa que no hay que despreciar en lugar de aplicar medicamentos innecesarios que además procuran enfermedades a mujeres que antes estaban sanas. Decirle como se les dice a las mujeres que ellas decidan si quieren hacerse esos tratamientos no altera el hecho de que procuran más perjuicio que beneficio, ni tampoco es de recibo que el médico diga que todos los medicamentos tienen sus riesgos, porque eso no quita la gravedad de los riesgos de los que estamos hablando en estos casos. Una cosa son los mal llamados efectos secundarios de las medicaciones, que deberían llamarse efectos adversos para ser exactos, y otra cosa es equipararlos y no distinguirlos por su índice de gravedad. No es lo mismo que un medicamento produzca sueño o una urticaria a que produzca un infarto, un derrame cerebral o un ictus. O como me sucedió a mí con una medicación que me habían recetado para aumentar masa ósea, que resulta que cuando leo el prospecto decía como posible efecto secundario que podía provocar edema de glotis, lo que puede provocar asfixia. No vale el argumento de que eso sucede en muy pocos casos, pero desde el momento que sucede no debería prescribirse sin advertencia y sin los medios necesarios de cuidado en el caso de decidir tomarlo. Por ejemplo, que esté el médico presente con una dosis inyectable de antihistamínico para administrarla inmediatamente de manera sublingual si se produjera ese síntoma.

Abuelas ciudadoras 
Otra de los problemas que si bien no son una consecuencia directa de la menopausia sí lo son de la situación emocional de muchas mujeres que presentan un estrés mental como por ejemplo, mujeres cuidadoras de hijos, ancianos y enfermos, trabajadoras de la sanidad, de la enseñanza, que trae como consecuencia alteraciones del sistema músculo esquelético, que se manifiesta como dolor, artrosis de la columna vertebral, rodillas, pies, manos, hombros y el síndrome del túnel carpiano que obliga a un incremento de analgésicos. El estrés mental produce alteraciones por contractura de la musculatura sobre todo del trapecio, de la parte superior de la espalda. Las situaciones que implican estar constantemente solicitada a trabajar sin períodos suficientes de relajación producen respuestas adaptativas de niveles hormonales que se mantienen constantes, rompiendo los ciclos normales. Los trabajos repetitivos y monótonos que afectan constantemente las articulaciones o los trabajos que obligan a estar de pie muchas horas y que mantienen posturas forzadas producen alteraciones en la columna vertebral, en las extremidades inferiores y en los pies y a largo plazo en extremidades superiores, columna lumbo-sacra, artrosis de cadera.    También es importante controlar el funcionamiento tiroideo, ya sea hipotiroidismo, que produce mucho cansancio y un aumento de peso que no se debe a la alimentación, hipertiroidismo, que produce lo contrario, una agitación y aceleración del ritmo cardíaco, bajada de peso injustificada en poco tiempo, y tiroiditis. Estas enfermedades  afectan a la población femenina mayor de 40 años en un 20% de casos, aunque también se presentan en menor proporción, un 6%, en personas jóvenes. 
         
Médicos manipulados y beneficiados por los laboratorios farmacéuticos.  
¿Cómo tiene que actuar una mujer que consulta a su médico sobre estas cuestiones y le dice que las terapias hormonales sustitutivas son beneficiosas y que no está probado que provoquen cáncer de mama? Hay que tener en cuenta que los médicos reciben sus informaciones de los visitadores médicos que están pagados por los laboratorios que producen esos mismos medicamentos. Las mismas revistas científicas que publican las novedades que resultan de las investigaciones, tampoco son neutrales porque las mismas investigaciones están financiadas por los laboratorios farmacéuticos. Los médicos reciben compensaciones económicas importantes de acuerdo a la cantidad de recetas que hacen por un medicamento determinado, compensaciones que suponen tener una consulta con mobiliario incluido a cargo de los laboratorios que promocionan los medicamentos a recetar, viajes pagados en primera clase a congresos internacionales, cambio de consulta y mobiliario cada tres años, por ejemplo. Sólo hace falta que el médico crea en el medicamento y lo recete. Esta es una práctica habitual, no es un caso excepcional. Con lo cual, no hay que tomar como palabra santa lo que ordena el médico y sí fiarse de las informaciones de investigaciones que revelan datos estadísticos que no están implicadas con los laboratorios para obtener sustanciosas  compensaciones económicas, que apuestan por la prevención y la salud y no por medicamentos que aportan menos beneficios que perjuicios, y que pueden convertir a mujeres sanas que atraviesan por procesos naturales en mujeres con riesgo de tener enfermedades graves por aceptar esas terapias. Es tal la influencia de la cultura del medicamento que cuando a una mujer la atiende un médico o médica con un criterio más preventivo y le aconseja que para bajar el colesterol por ejemplo, cambie ciertos hábitos de vida como por ejemplo, no comer grasas, no tomar sal, caminar al menos media hora por día, dejar de fumar y no le ofrece un medicamento, se siente mal atendida.

Valor inflacionario de la juventud. Consecuencias.
Y ahora me gustaría, dejando de lado las cuestiones médicas, dedicar unas reflexiones a cuestiones culturales que empujan a las mujeres a aceptar la seducción que les ofrecen los estrógenos, a peligrosas operaciones de estética sin tener en cuenta los riesgos para su salud y/o su propia vida, como sabemos que ha pasado en clínicas con operaciones que han significado la muerte de sus pacientes operadas. Nuestra cultura promociona tanto el valor de la juventud, que convierte a las mujeres mayores en algo más que un estorbo, de las que no hay que ocuparse más que cuando aún se les puede seguir usufructuando algún beneficio, como por ejemplo, seguir haciéndolas útiles como abuelas, o como cuidadoras de alguien, otra vez al servicio de los otros. Ese valor inflacionario de todo lo joven hace que se oculte y no se valore la enorme energía que posee una mujer menopáusica  si logra valorarse a sí misma y se autoriza al placer de decidir qué es lo que quiere hacer de su tiempo libre para sí misma, aprovechando las propias experiencias, la de sus otras amigas, la sabiduría que le aportan acerca de la vida, de las relaciones, el saber que le procuran en cuanto a lo que no quiere y a lo que quiere, la fuerza y la sensación de libertad interior y riqueza que eso procura, además de ser una fuente de bienestar y el ejemplo de vida apetecible que puede procurar a sus hijas, a su entorno más estimado, que les hace confiar y querer ser como ellas cuando lleguen a su edad y la sabiduría acerca de la vida que pueden aprovechar.  

CLAUDIA TRUZZOLI
Charla sobre menopausia dada en Santa Coloma de Gramanet

OBJETO DE NECESIDAD NO EQUIVALE A OBJETO DE DESEO



OBJETO DE NECESIDAD NO EQUIVALE A OBJETO DE DESEO
  
Para poder acceder a una elección amorosa movida por el deseo, una persona tiene que haberse despegado del objeto de necesidad. Esto quiere decir que si una persona está demasiado dependiente de su objeto porque no es capaz de sostenerse mínimamente sola, estará mucho más vulnerable a apegarse (curiosa homofonía con pegarse) a cualquier objeto que aparezca en su horizonte, sin poder permitirse elegir si le gusta o no le gusta, mientras le ofrezca compañía. Apegarse por pura necesidad significa que tarde o temprano surgirá en esa relación una violencia subliminal en el más leve de los casos pero que puede hacerse explícita y explosiva a la larga. Las mujeres y los hombres no están afectados del mismo modo por su apego al objeto de necesidad. Las mujeres abandonadas pueden caer en estados depresivos  muy serios, pero rara vez se vuelven violentas con los hombres que las han abandonado. Es más frecuente que esa violencia la vuelvan hacia sí mismas, que entren en procesos autodestructivos, cuya gravedad dependerá de la estructura psicológica de cada mujer en cuestión. Los hombres abandonados que están apegados a su objeto de necesidad, suelen volverse violentos hacia su mismo objeto, con el agravante de que si se trata de un hombre tradicional, se siente avalado a ejercer esa violencia ya sea a través del acoso, del maltrato, porque toda una ideología sexista los ampara para hacerlo, aunque más no sea por la tolerancia social que hace que sean percibidos como más indefensos y sus mujeres como más obligadas a dar un trato maternal.  

Cuando un hombre coloca a su mujer en la posición de dadora, se verá incapaz de sentirla necesitada de algo. La coloca en el lugar de la madre mítica que no tendría otro deseo que dar satisfacción a otros, pero que no pide nada para sí misma. La coloca en la ética del cuidado que sólo la lleva a estar destinada a servir a otros. Estos sentimientos se pueden constatar por la experiencia clínica y es asombrosa la fuerza que tienen estos mitos, hasta el punto de distorsionar la percepción de situaciones reales. Por propia experiencia puedo decir que he visto casos de parejas donde la mujer era fuertemente idealizada en el lugar de una figura que es feliz solamente satisfaciendo necesidades de sus otros más próximos –marido e hijos-, -si es marido solo mejor-, tan idealizada, que aún en aquellos casos que ella era vista deprimida, con ojeras, desvitalizada, a sus compañeros les resultaba difícil de creer, que se sintiera débil, necesitada, carente de algo.

Entonces, la distancia que media entre lo que la realidad es y lo que la realidad psíquica asume, a veces puede ser un abismo, donde la realidad psíquica invade la otra realidad y la anula. Un abismo que hay que salvar, pero la posibilidad de salvarlo tiene que ver con que pidan ayuda, no se puede salvar en aquellos que piensan que tienen que colocar a la mujer en su sitio cuando se desvía de su rol tradicional o cuando las mujeres mismas lo creen así, porque en esos casos no hay ni siquiera conciencia de un problema. Por eso es importante establecer una lucha conjunta en tres frentes a la vez, una lucha a nivel educativo, sociológico, político, que denuncie e intente romper con los estereotipos de género, a nivel de lucha social que incida en las instituciones para que genere otro discurso que incida en el imaginario social con respecto a los géneros. Pero no nos engañemos, la presión de otro discurso si bien es necesaria, no es suficiente. En los países nórdicos, de quienes nadie podrá decir que no son evolucionados, que han sido pioneros en coeducación, sin embargo, tienen unos índices de violencia muchísimo mayores que España. Si bien es cierto que esta cifra estadística es más alta porque allí se detecta como violencia hasta el maltrato psicológico, cosa que en España se computan los casos de violencia física. Pero eso no invalida que tengamos que abordar el problema de la violencia desde distintos frentes, el frente sociológico, frente educativo y frente terapéutico y fundamentalmente político, porque sin recursos de la administración es imposible atender eficazmente necesidades reales. Y si no abordamos también el frente terapéutico, una terapéutica eficaz, no una terapéutica sintomática, como la que aparece en la película “Te doy mis ojos”, no podremos solucionar el problema de la violencia.

CLAUDIA TRUZZOLI
Fragmento de una conferencia dada en La Bonnemaison, el 27 de noviembre de 2004