jueves, 16 de enero de 2014

CINE: LORE Y LA LADRONA DE LIBROS



 LA LADRONA DE LIBROS

  La Ladrona de Libros Imagen 3
La ladrona de libros, narra la historia de una jovencita, Liesel, que vive los horrores de la segunda guerra mundial en Alemania y que muestra una capacidad enorme de resiliencia frente a todas las adversidades que le toca vivir. Durante un viaje en tren con su madre y su hermano, es testigo de la muerte del niño, que es enterrado en la nieve. Se lleva un libro que el sepulturero deja al lado de la tumba porque aunque no sabe leer, cree en los libros y su imaginación le ayuda a escapar de la terrible realidad que vive y le ayuda a tener fuerza para adaptarse incluso a esa familia adoptiva a la que su madre la envió y cuya nueva madre social la recibe con desagrado. En cambio, su nuevo padre, le enseña a leer y se convierte en su cómplice para atenuar el dolor de la niña y darle un mínimo de calor y acogimiento. Liesel, también es formada en una escuela nazi, es testigo de discursos inflamados de ideología nacionalsocialista, de quema de libros a los que ella asiste dolorida y asustada, pero no lo suficiente como para no arriesgarse a salvar de la quema el que puede robar. En su casa tienen escondido a un muchacho judío al que Liesel toma mucho cariño y su padre le hace prometer que no dirá a nadie, ni siquiera a un niño, amigo íntimo de Liesel, que le esconden. Es fiel a su promesa, tanto como puede serlo una niña y muestra actos de un valor extraordinario cuando lo que la impulsa es su pasión por los libros, siendo capaz de entrar por la ventana en la casa de un líder nazi para tomar prestados libros de su biblioteca. Liesel vive el horror de la época, el miedo de sus padres de acogida, el peligro de esconder a un judío, representante de un pueblo odiado por los nazis, y las represalias que podían tomarse con aquellos que intentaban salir en su defensa. Sin embargo, ella se refugia en los libros, en la amistad con el judío, con su amigo íntimo de la escuela, a pesar de haber perdido a sus padres, a su hermano pequeño y viviendo en un hogar que no era precisamente un modelo de calidez, excepto por los esfuerzos del padre de contrarrestar ese clima.  Película altamente emotiva porque al final lo que prevalece es la ternura entre los personajes en medio del horror. Ternura que se logra extender a todos los personajes que rodean a Liesel, gracias a su capacidad de adaptación a circunstancias terribles, que logran conmover enormemente. La historia de Liesel es una historia de pérdidas afectivas fundamentales y sin embargo, gracias a su gran vitalidad, su confianza en su propio valor humano, logran que pueda sobreponerse a todas estas pérdidas y finalmente encontrar al único personaje que le augura una vida feliz.     
        
LORE 

Lore

 Lore, nos muestra la historia de una joven alemana en 1945, después que la guerra ha terminado y sus padres que eran miembros de las SS, son encarcelados por los aliados. Ella tiene que quedarse a cargo de sus hermanos pequeños y atravesar toda Alemania hacia el norte donde vive su abuela. En ese tránsito vive una cantidad de experiencias muy traumáticas, donde pasan mucha hambre, tanta que en un momento ella se ve tentada de ofrecerse sexualmente a un hombre mayor que encuentra por el camino para que obtener comida, siendo auxiliada antes de consumarse esa oferta por un joven judío que mata a ese hombre. Este joven judío, tal como le habían inculcado desde pequeña, era para ella representante del enemigo máximo de Alemania, alguien a odiar y a evitar. La fuerza del prejuicio es tal que a pesar de que él la ayuda a atravesar Alemania, a sortear muchos peligros, a salvarla en más de una ocasión de dramas posibles, ella lo odia hasta tal punto que le dice el motivo de su rechazo en términos muy ofensivos, pero del que depende para sobrevivir. Finalmente recala en casa de su abuela, quien muestra con sus nietos una rigidez formal, una ferocidad de carácter acorde con el ideal de dureza propagado por los nazis, de quienes está orgullosa. Orgullo que exige a sus nietos diciéndoles que no tienen que avergonzarse de sus padres aunque estén detenidos. Lore siente que todo su mundo está habitado por sentimientos ambivalentes, que nada es lo como le enseñaron, quedando confundida y con un desierto interior por no tener nada que la sostenga, sus ideales caídos, sus padres encarcelados, su abuela rígida y sin asomo de ternura, y pierde el contacto con el único joven que la ayuda, ese presunto judío que irónicamente tampoco lo era. Sus documentos habían sido robados a un judío muerto porque pensaba que tendría más empatía con los aliados para salir de Alemania si mostraba una identidad judía. Película angustiante, pero interesante por sus matices psicológicos.                  

CLAUDIA TRUZZOLI
PSICÓLOGA Y PSICOANALISTA
c.truzzoli@gmail.com



lunes, 13 de enero de 2014

LAS RELACIONES QUE HACEN DAÑO




 LAS RELACIONES QUE HACEN DAÑO

Cuantas veces en mi vida como terapeuta me he encontrado con testimonios vitales de mujeres que estaban inmersas en una relación destructiva, dolorosa, de la que no podían separarse, a pesar de ser conscientes de la inconveniencia de mantenerse en esa relación. Esto lo he podido constatar incluso en mujeres muy inteligentes, de las cuales podría decirse que resultaba especialmente llamativa su capacidad de raciocinio. ¿Qué he aprendido con ellas? Volver a constatar una vieja idea freudiana, que en estos casos encuentra su verificación más potente: “que nadie es dueño en su propia morada”. Esto quiere decir, que aunque creamos que tenemos todos los elementos a mano para configurar de la mejor manera posible nuestras vidas, algo hay en nosotros que desconocemos y nos domina, nos empuja a tener conductas incomprensibles, irracionales, poco convenientes para nuestro bienestar, impulsadas por unas fuerzas que no podemos dominar y que sin embargo, resultamos dominadas por ellas. Esto es lo mismo que decir que existe en todos nosotros una dimensión desconocida donde se alojan todas las experiencias vinculares infantiles con su tonalidad afectiva particular y que luego quedan olvidadas en su carácter de causa de lo que nos sucede en la actualidad a pesar nuestro y no podemos comprender.

Cuanto más dolorosa, difícil, imposible de separarse de una relación que hace daño, más probable es que en ella se estén jugando reminiscencias infantiles que establecen un campo de lucha de aquello que no fue posible lograr con aquellas figuras tan importantes para nosotros en la niñez. Una niña maltratada por su madre, o abandonada afectivamente, puede intentar establecer una relación con una mujer distante o insatisfactoria en el intento inconsciente de lograr ser aceptada y amada, para convencerse a sí misma de que merece que la amen. También puede establecer una relación con un hombre distante o maltratador, con quien repite el modelo inconsciente de relación frustrada con su madre, impulsada por el poderoso afán de cambiar la imagen dolorosa de los recuerdos de un vínculo dañino infantil,  convirtiéndolos en un triunfo en su relación actual si consigue las metas de bienestar que se propone. Es una experiencia verificable en muchas relaciones que las mujeres que sufren maltrato nos cuentan, que existe un poderoso imán que las afianza en la relación cuando el maltratador les pide perdón y les dice que las necesita. En ese momento la ilusión inconsciente que las atrapa es lograr superar en una relación actual el inmenso vacío afectivo sufrido desde niñas, sentirse reconocidas, finalmente queridas, valoradas. Esa es la esperanza que las vuelve a atar a una relación que pronto les muestra cuán equivocadas estaban esperando un resultado benéfico y curativo de esa relación.   

Esas experiencias infantiles, se convierten en una especie de chip insertado en la piel que dirige a las personas -sin que sean conscientes de ello- a aquellas situaciones que repiten malas experiencias pasadas en el intento de sanearlas si logran reconvertirlas en amables. Podríamos preguntarnos, por qué no buscan directamente personas que les hagan sentir bien. Porque quienes son amables y consideradas con ellas, no responden a la familiaridad que les procuran los parecidos de las personas que han sido significativas para ellas, no las erotizan.  Las distintas actitudes que pueden adoptar en una relación estarán directamente influenciadas por su historia pasada y la manera de resolverlas es tomar consciencia de a qué están sujetas sin saberlo, para tomar la distancia necesaria que les permita romper con una repetición insana. Por eso es absolutamente necesaria una buena psicoterapia que les permita acceder a esos recuerdos y logren sentir la conexión de causa efecto entre ellos y su situación vincular actual.

La psicoterapia permite romper con la repetición dolorosa antes que el daño y la destrucción subjetiva sea mucho mayor que cuando una persona queda librada a sí misma sin ninguna ayuda. Una psicoterapia que conecte con las causas, no una psicoterapia que enseñe a controlar el malestar sin saber de donde adquiere su fuerza dominadora. Recordemos aquello de que “nadie es dueño en su propia morada” para desmitificar la idea de que quienes acuden a terapia son poco inteligentes, poco autónomos o más perturbados de lo normal. La autonomía es una ficción consoladora cuando se edifica sobre negaciones de la propia fragilidad y es una tontería perder tiempo de vida irrecuperable en aras de un orgullo narcisista presente en el “puedo solo/a”. A veces la excusa es que falta dinero para tratarse, pero es fácil ver como se gasta en otras cosas más hedonistas, a las que no quieren renunciar quienes dicen que no tienen dinero. Es cuestión de prioridades, no de falta de dinero en esos casos. Invertir dinero en cosas placenteras, en un consumo de productos innecesarios, sumergirse en un vínculo que absorbe todas las potencialidades, en un intento de sostenerse medianamente y evitar el vacío y el dolor, está destinado a la corta o a la larga al fracaso. Mientras que haciendo un tour de force que aleje del narcisismo, se puede tener la oportunidad de conectar con esa dimensión del sí mismo, que dirige todas las operaciones subjetivas y de esa manera, controlar verdaderamente la propia vida, alejarse de aquellas relaciones que la dañan y estar emocionalmente preparadas para disfrutar placenteramente de quien nos da verdaderamente cariño y bienestar.

CLAUDIA TRUZZOLI
Psicóloga y psicoanalista


   

sábado, 4 de enero de 2014

TRANSGENERISMOS




FOTOS DE UNA CHICA TRANSGÉNERO

MODELO AL QUE QUIERE IMITAR

Si hay cuestiones que podemos considerar como fronteras del binarismo excluyente de nuestra anatomía en macho y hembra, es la intersexualidad donde algo de los dos sexos está presente en la anatomía, sea genital, sea de caracteres secundarios. Y lo digo así, macho y hembra, porque decir masculino y femenino ya responde a una elaboración donde entran las pautas culturales que definen el género al que se pertenece cuando éste es definido, pero atribuir un género en función de la visión de genitales confusos al nacer no siempre es garantía que ese género vaya a ser aceptado por el sujeto sexuado al que se le atribuye dicho género. ¿Cuál es la diferencia desde la anatomía entre un clítoris más grande de lo habitual y un pene pequeño? Queda a criterio del cirujano la decisión. Los errores que la medicina ha cometido al asignar un género a los intersexuales también es prueba que se equivocaron provocando un enorme sufrimiento a quienes resultaron así designados. Una de las reivindicaciones de los intersexuales es que no se les practique cirugía correctiva o adaptativa que les asigna un género determinado  dado que ellos están contra el binarismo sexual porque quieren que se respete su diferencia. No se sienten alineados ni como hombres ni como mujeres, o a veces, sienten que  pueden ser ambas cosas a la vez. Sí se puede constatar un sufrimiento muy grande por sentirse monstruosos, palabra que utilizan a menudo cuando se llega a conocerlos más íntimamente. La pregunta es, si no existieran solo categorías binarias en lo que al sexo se refiere, ¿sufrirían de la misma manera? Una pregunta que queda en interrogación. Pueden ustedes ver la excelente película de XXY de Laura Puenzo que trata del sexo anómalo de una persona educada como chica, a la que le gustan los chicos pero tiene un pene pequeño y las dificultades vitales que le trae con el medio en el que vive por la incomprensión de los demás que la deja muy sola.

Si nos centramos en el deseo, ¿alguien podría realmente distinguir entre un homosexual y un gay que no se acepta como tal y que se refugia en la transexualidad para adecuarse a los estereotipos de género que su cultura le ofrece, lo que le permite sentirse heterosexual de esa manera? Esa duda sólo puede responderse atendiendo a la estructura psíquica de cada persona. Una etnografía extrema- la así llamada biografía personal escrita por una antropóloga que se toma a sí misma como objeto de estudio-, Transgenerismos, (Ed. Bellaterra, 2006) de Norma Mejía, persona anatómicamente hombre que se siente mujer y que no está operada, llega a la conclusión de que en realidad la transexualidad no existe en los seres humanos. Lo que existe es una adecuación artificial a través de la cirugía que intenta dar apariencia de sexo contrario a unos genitales dados por la naturaleza. Porque una transexual que se siente mujer nunca será una mujer como la biológica que responde a la normativa genérica, dado que el sexo cromosómico y el sexo gonadal no cambian nunca. XX , mujeres y XY hombres. Hay casos que se escapan a esta normativa. X0, síndrome de Turner, donde sólo hay una X, mujeres que tienen pechos y genitales femeninos aunque poco desarrollados. También hay variantes como XXY, síndrome de Klinefelter, como combinaciones de mosaico cromosómico, que son complejas. Pero una transexual tampoco es un travesti, en realidad es un transgénero, que  se asemeja al sexo contrario porque se siente pertenecer al mismo. Por eso la famosa frase que dicen ellas y ellos, que se sienten atrapados  en un cuerpo equivocado. Dicho así, parecieran responder a criterios esencialistas en cuanto se refiere a la identidad, creer que hay una esencia de lo masculino y de lo femenino.

Pero todas las cuestiones que definen el género son en realidad construcciones culturales. Cuando se habla de homosexualidad y de heterosexualidad ¿estamos usando criterios de género o criterios de sexuación? El otro sexo para un transgénero no es tan fácil de diferenciar. El que teniendo un sexo anatómico hombre se siente perteneciente al género mujer, cuando tiene relaciones con otro hombre, ¿en función de qué criterio define la hombría del otro? ¿Por su sexo? ¿Por la sensación subjetiva de  pertenecer a otro género? Las transexuales biológicamente varones, operadas o no, que se lían con otros hombres no operados y que no se designan transexuales ni gays, están convencidas de que sus relaciones son heterosexuales. Lo mismo sucede con las transexuales biológicamente mujeres que se juntan con otras mujeres biológicas y que no admiten que en su caso se trate de lesbianismo porque se sienten hombres. Paradójicamente, la aparente trasgresión del cuerpo los/as coloca en el conservadurismo más tradicional porque sostienen con más certeza que nadie la bipolaridad genérica excluyente. 

Volvamos al caso más tradicional y aparentemente más sencillo de hombre y mujer biológicos que intentan adecuar su género a su sexo y su deseo a la heterosexualidad. ¿Qué pasa allí con el deseo? ¿Está asegurado de entrada que nos oriente hacia el otro sexo? Simone de Beauvoir en El segundo sexo decía que una mujer no nace sino que se hace. Pero el psicoanálisis sabe -al menos el psicoanálisis lacaniano-, que la anatomía no es el destino, porque una persona puede aceptar o no el destino genérico que la anatomía le asignó al nacer y puede aceptar o no dirigir su deseo hacia el otro sexo. Los transgéneros saben de esto, los homosexuales también. Decir que representan estadísticamente una porción minoritaria es tratar ideológica e interesadamente una cuestión que intenta hacer de la presunción de heterosexualidad lo normal. Olvidando que la normalidad es un síntoma, una ficción que la sociedad establece para ocultar la inconsistencia de la identidad sexuada de la que nunca se puede estar seguro del todo. La heterosexualidad pura es una ficción equiparable al falo ideal. No existe. No hablo de prácticas sexuales aquí sino de deseos. Uno/a puede tener prácticas exclusivas y excluyentes con el sexo al que se dirige, pero en el deseo las cosas no son tan claras ni tan fijas.

En la película Crazy se puede observar cómo el más homófobo y el más transfóbico, es quien menos seguro se siente de su pureza heterosexual. Los hombres que buscan tener relaciones sexuales con un travesti están buscando  la  figura  de  la  madre  fálica,  figura  de  un enorme peso en la subjetividad de muchos seres humanos,  hasta  el punto que hasta los más machos no dejan de haberse sentido atraídos en algún momento de sus vidas por esta figura y las más hembras no dejan de haber sentido hacia esta figura una curiosidad inquietante. La aceptación de la diferencia de los sexos con la consiguiente asunción de un sexo psíquico acorde con el anatómico se apoya en el concepto de castración en la madre. El niño deja de percibirla como completa, acepta que no tiene pene, y se diferencia de ella. La niña se dirige al hombre buscando lo que no tiene la madre. Eso en teoría ideal, porque las cosas no son nunca tan sencillas ni tan simples. 

¿Cómo construye el hombre que se adapta a la norma heterosexual su identidad hetero? ¿Es seguro que en todas las circunstancias sus prácticas sexuales responden a un deseo genuino del otro sexo? Si miráramos la fantasía que lleva a muchos eyaculadores precoces al orgasmo, poca relación tiene ese placer con la mujer, siendo en muchos casos la fantasía de ser penetrados por un hombre lo que les procura satisfacción orgásmica, como señala Gerard Pommier. Si miráramos el sentir de un hombre violento que utiliza la penetración como medio de reafirmar su poder frente a la mujer, su deseo es más de carácter autoerótico que hetero, porque a través de la humillación que hace de la mujer con ese acto se reconfirma como poderoso, lo que le da el verdadero placer. El caso extremo es el violador que odia a las mujeres y se venga de ellas violándolas.

Una película, M. Butterfly protagonizada por Jeremy Irons, basada en un caso real de un diplomático francés que se enamoró de una mujer china, pero resultó que no era mujer sino hombre y un espía con quien mantuvo una relación durante veinte años.  Interrogado por el juez en el juicio que se libró contra él, se defendió diciendo que jamás había visto desnuda a su amante y que creyó que mantener la ropa puesta era una costumbre china que obedecía a la modestia oriental. Situada en 1988, tras el juicio, dos hombres y una mujer se burlan del diplomático porque creen imposible que se haya mantenido en la ignorancia durante veinte años. Lo cual, con mirada y escucha de psicoanalista, podría decir que no quiere saber lo que sabe, Para el diplomático, Butterfly era el paradigma de la mujer perfecta, pero podríamos decir desde el psicoanálisis, una mujer a la que no le falta nada pues conserva el atributo masculino.  Tal es así que cuando se descubre que su amante es un varón, el diplomático se niega a verlo. En la obra de teatro, abandona la escena cuando su amante, la Song-femenina empieza a desmaquillarse para remaquillarse como Song-masculino a los ojos del público, resultando tan artificiales tanto la una como el otro. En la película no aparece esto sino una visita de Song a la cárcel cuando va a ver al diplomático vestido como un hombre y aquél sufre un schok, porque no quería ver ese cambio. De hecho, otra mujer occidental, compañera suya, Renée, que lo provoca y se muestra desnuda ante él, le provoca estas reflexiones  ella que era perfecta, que tenía un cuerpo como los de las revistas y era excitante estar con alguien que no se asustaba que la vieran completamente desnuda. ¿Pero es posible que una mujer sea tan desinhibida que parezca casi demasiado…masculina? Pero ese episodio lo lleva a presentarse ante Song  muy excitado y le exige verla desnuda. Song tiene que echar mano de un ardid improvisado para que Gallimard no la desnude y le dice que está embarazada y tras un período fuera regresará con un hijo que le dice que es de ambos, satisfaciendo una paternidad en Gallimard que éste no alcanzaba en su matrimonio y sirviéndose del hijo para afianzar el compromiso con el francés. Sin embargo cuando Gallimard es encarcelado terminará suicidándose al descubrir la verdad, no sin antes hacer una performance, donde él mismo se traviste como mujer. Nótese la ambigüedad del nombre M. Butterfly puede ser Madame Butterfly o Mister Butterfly. 
La figura del travesti evoca la madre fálica, aunque el travesti puede no ser un transgénero, sino un transformista. La diferencia es una diferencia de estructura. El travesti no necesariamente se siente mujer, más bien lo que busca es impactar con la sorpresa de descubrir ante el público que tiene un pene. Hay una película española,     Querido Miquel protagonizada por Immanol Arias, a quien se le despierta un deseo que lo sorprende cuando asistiendo a un espectáculo de una striper, descubre al final que es un hombre.  

Si pensamos desde el género, la masculinidad y la feminidad pueden estar definidas por atributos que según la mirada del entorno cultural del observador, pueden ser variables aún considerando al mismo sujeto. Un interesante artículo de Rodrigo Andrés en Nuevas masculinidades,  Icaria, Marta Segarra y Angels Carabí (eds.) hace una aguda reflexión acerca de la percepción de la homosexualidad masculina entre la feminidad y la masculinidad según quien sea el sujeto que la considere, dice para una lesbiana feminista […] el hombre homosexual, en su calidad de hombre, es un beneficiario del sistema patriarcal. Paradójicamente sin embargo, para un hombre heterosexual de una conservadora zona rural que haya moldeado su vida a imagen y semejanza del modelo de virilidad prevalente en su comunidad, los jóvenes homosexuales urbanos que expresan claramente su preferencia sexual, quizá le parezcan totalmente afeminados.   

Desde el inconsciente, no existe lo masculino y lo femenino, sino lo fálico y lo que no lo es. Masculino y femenino son elaboraciones posteriores que responden a modelos culturales y a los cuales la identidad de cada persona que pertenece a un medio determinado trata de acomodarse para sentirse que responde al modelo compartido por su entorno social. Aunque nada asegura que esa performance inicial se ajuste a su deseo de manera fija y definitiva.   
      
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CLAUDIA TRUZZOLI
Pertenece a la red Caps de profesionales sanitarias.
Autora de El sexo bajo sospecha. Ed. Biblioteca Nueva, Madrid 2003.

 


CINE: EL INTERCAMBIO. Comentario



Basada en un hecho real ocurrido en Los Ángeles, California, en 1928, esta película narra la historia de la desaparición de un niño y de la invencible insistencia de su madre que lucha casi sin apoyo para encontrarlo, puesto que el padre eludió su responsabilidad abandonándolos a ambos cuando supo que serían tres. La policía de esa época -que ya contaba en su haber otros casos no resueltos y conocida por la corrupción de sus agentes-, decide solucionar de la manera más rápida esta desaparición comunicando a la madre que han encontrado a su hijo, organizando una convocatoria de prensa para que fuera testigo de ese encuentro y así limpiar su imagen de ineficacia. Pero cuando se encuentran, la madre niega que ése sea su hijo. Como esa noticia ofende la imagen policial, quieren hacerle creer que está en estado de schock, y que por esa razón no lo reconoce. Pero no logran convencerla. Como ella sigue insistiendo, tratan de desprestigiarla haciéndola aparecer como alguien que quiere negar adrede a su hijo porque quiere seguir aprovechando la libertad que le dio estar cinco meses sola sin la responsabilidad de cuidarlo. Argumento que cuela la ideología machista que le supone a una mujer sola un deseo de hombre que estaría por encima de cualquier otro, cuando en realidad, ella está sobreponiéndose a todo, insultos, descalificaciones, vejaciones, que nada pueden hacer para disminuir su tenacidad en llevar a mostrar a la policía pruebas objetivas que si la hubieran escuchado no hubieran dudado de su veracidad en cuanto a que ese niño no podía ser su hijo. Finalmente, la policía la hace pasar por loca para preservarse del escándalo y ordenan su internación en un hospital psiquiátrico, recurso manido hasta no hace demasiados años para quitar de en medio a las mujeres que resultaban molestas. Así, tenemos ocasión de observar una vez más como la violencia psiquiátrica deja sin salida cualquier argumento que una interna pueda esgrimir. Una explicitación excelente de los recursos de poder que tiene el discurso psiquiátrico para justificar  lo que le conviene a sus profesionales prescindiendo de la verdad, le es brindada a esta mujer por otra interna que le dice que tiene que aprender lo que tiene que hacer para poder salir del internamiento porque si sonríe demasiado no le creerán, si sigue persistiendo en que la policía se equivocó, la tomarán por paranoica, si se muestra rebelde, la sedarán o si la desesperación por su impotencia de no ser creída la pone furiosa, le aplicarán electroschock. John Malcovich,  que interpreta a un presbítero que no ha parado de denunciar la corrupción policial en sus sermones y por la radio, decide ayudarla, se mueve para encontrarla y logra sacarla del psiquiátrico. (Sorprende en esta actuación que no responde a los personajes perversos que habitualmente interpreta este actor).

Lo interesante de esta película, además de la excelente actuación de Angelina Jolie y la ambientación de la época, es una imagen de madre que rompe los estereotipos, porque no sólo no se hunde en la depresión por la pérdida de su hijo sino que su búsqueda se convierte en el leiv motiv de su vida, comportándose como madre coraje que enfrenta todas las humillaciones, descalificaciones, desalientos, con una fuerza indeclinable que la lleva a seguir insistiendo en las instituciones para encontrar a su hijo. Una truculenta historia narrada por un chico que ha logrado escapar del secuestro de un serial killer y después de mucho tiempo desaparecido vuelve a ver a sus padres, denuncia que muchos niños desaparecidos habían sido secuestrados y muertos por aquél pero que algunos habían logrado escapar, entre los que se contaba el propio hijo de la protagonista, que volvió atrás para ayudarlo a escapar aún a riesgo de ser capturado otra vez, y no se sabe  qué pasó con él. Cuando la madre escucha el relato, se muestra orgullosa de la actuación de su hijo porque reconoce la fuerza de los ideales que le ha trasmitido al educarlo. Eso la ayuda a soportar el duelo por su pérdida. Hay una frase que recuerda haberle dicho:”nunca empieces una pelea, pero si estás en ella, acábala tú”. Es la misma actitud que la sostiene en su invencible esperanza de volver a encontrarlo alguna vez, puesto que sin restos que certifiquen una muerte no puede haber duelo posible. (Lo que recuerda en otro contexto a las Madres de Mayo en Argentina cuando reclaman la aparición de sus hijos secuestrados y desaparecidos por la dictadura).

Es además interesante observar el papel atípico que como madre sostiene Angelina Jolie. Los psicólogos estamos imbuidos de una equivocada estereotipia cuando hablamos sin matices del deseo materno como un deseo devorador del propio hijo/a incluyendo a todas las madres comme il faut en ese marco de sentimientos. Pero hay madres capaces de desempeñar con eficacia, tesón y un profundo convencimiento en los propios ideales una conducta que nada tiene que envidiar a una función que se sigue llamando injustamente paterna, si por ello se entiende el interés por ayudar a crecer a un hijo/a de manera que desarrolle su autonomía, desprendida de todo interés posesivo hacia el hijo/a. Los espíritus malintencionados hablarán de un déficit de amor, si este último interés no prima sobre el otro, pero habrá  que preguntarse si un verdadero amor por un hijo no implica un trabajo de renuncia a un interés posesivo en aras a un verdadero desarrollo del mismo. No hay que confundir este hermoso regalo amoroso con desinterés ni tampoco atribuir esa capacidad solamente a un padre. Capacidad por cierto, más simbólica que real, dada laconducta mayoritaria d emuchos padres que se desentienden de sus hijos. En el caso de la película –y tristemente no sólo en este caso- los padres reales están cada vez más ausentes de la función que deben cumplir y son muchas las madres de hoy que tienen que hacerse cargo de la ternura, el acogimiento, el ser un puerto de descanso para sus hijos y tener a la vez que cumplir con la doble función que implica el cuidarlos con ternura y asumir a la vez, una conducta de desprendimiento que favorezca su inserción en la vida. Gimnasia nada fácil, pero no imposible.

Alguna vez -y esperemos que no sea en un futuro muy lejano- habrá que erradicar los prejuicios patriarcales y reconocer que las mujeres que se autorizan a actuar movidas por convicciones que son capaces de mover montañas, no sólo son capaces de desempeñar funciones que siguen mal denominándose paternas, sino que ya es hora de reivindicar que muchas son capaces de escapar de ese siniestro rol que se les adjudica prejuiciosamente presentándolas como las Bela Lugosi de las películas de terror.

El intercambio… un intercambio de roles, de funciones que no están tan determinadas a cumplirse por personajes designados de antemano como se cree habitualmente, como lo están demostrando las nuevas familias donde son las mujeres las que ejecutan roles tradicionalmente adjudicados a los hombres y éstos están ausentes de los que supuestamente deberían cumplir. Citando a Freud, cuando dice que entre el cielo y la tierra hay más cosas que las que el espíritu humano comprende, sería interesante que los psicólogos hiciésemos un esfuerzo por desembarazarnos de nuestros prejuicios teóricos y miráramos la realidad en vez de intentar hacerla entrar en nuestras teorías para que encaje, al modo que un bandido del Ática, llamado Procusto, que intentaba hacer entrar en un lecho a medida a todo aquél que secuestraba y el que no entraba porque se salía de él, se le acortaba la estatura para que cumpliera con la medida propuesta. ¡Qué daño se puede hacer desde la observancia a la ortodoxia más estricta cuando se trata de profesionales de la salud o de prejuicios arraigados en el imaginario popular, si se desconoce lo que la vida de las personas reales muestra cuando no se las escucha! Aferrarse a teorías que explican de manera generalizada las experiencias particulares de cada persona como si fueran moldes repetitivos que se pueden controlar es algo que tranquiliza a los profesionales ávidos de poder o temerosos de no poder sostenerse en un marco explicativo que no los cuestione. También desempeñan una función contrafóbica los prejuicios acerca de la normalidad en salud mental, en funciones y roles prefijados acerca de la conducta de las personas en pareja, roles familiares, conductas amorosas. Pero tanto las teorías ortodoxas rígidas como los prejuicios tienen una función común: establecer una ficción que sirve al control social y pone una barrera al temor de las diferencias, por lo que éstas tienen de potencial cuestionador de las seguridades.   


CLAUDIA TRUZZOLI
c.truzzoli@gmail.com
Presidenta sección Dones del COPC en el momento de publicación de este comentario en la Revista del Colegio de Psicólogos de Catalunya nº 219 de agosto/setiembre de 2009.

lunes, 12 de agosto de 2013

PROMESA (poesía)



PROMESA

Quisiera hacer del tiempo
la morada
donde habiten las preguntas
que mi ilusión te formula,
instalarte en ella
convertido en metáfora
de esta sucesión de encuentros,
distancias,
donde va dibujándose tu imagen
atrayendo mi mirada.
Quisiera hacer del tiempo
una morada otra
un horizonte donde fijar mi espera,
el lugar donde se escriban las palabras
de un complejo entramado
que puntuara
este instante de promesa.
 
CLAUDIA TRUZZOLI
 

LA MISERIA PSICOLÓGICA DEL HOMBRE VIOLENTO

Cuando los medios transmiten imágenes de rostros o cuerpos de mujeres desfigurados por los golpes, cuando nos enteramos de un nuevo asesinato de una mujer y a veces de sus hijos a manos del mal llamado “compañero sentimental” no podemos evitar un sentimiento de horror y de impotencia frente a un fenómeno que no hace más que crecer a pesar de las medidas legales que intentan frenarlo. Sin embargo, cuando sobrepuestos al primer impacto el público se pregunta porque las mujeres aguantan hasta ese punto, porque no abandonan a un hombre que las maltrata, nunca he escuchado una reflexión que cuestione porqué el hombre las maltrata. Existe una cierta tolerancia subliminal que hace que si bien se entiende que se pasa de la raya, cierta asociación de la masculinidad más patriarcal con la violencia parece servir de atenuante. Hay hombres que no reconocen que son violentos, simplemente dicen que están haciendo lo que hay que hacer para hacerse obedecer, para restablecer un orden familiar que ellos sólo conciben como derecho ordenado por el jefe de familia. Lo que se oculta es la necesidad de dominio, de control extremo, de anhelo de posesividad exclusiva, de extrema dependencia, que lleva a estos hombres a intentar aislar cada vez más a sus mujeres de otros lazos afectivos que pudiesen escapar a su control, asegurándose de esa manera el secreto de sus actos violentos y no correr el riesgo de ser cuestionado por otros. Un hombre que necesita recurrir a la violencia para librarse de un malestar emocional que no puede tramitar de otra manera lo único que está mostrando es su debilidad, su falta de recursos, su impotencia para resolver una tensión que lo desborda. Al que golpea, abusa, maltrata, viola, asesina, se le podría aplicar el verso de Borges “no nos une el amor sino el espanto, será por eso que la quiero tanto”. Pero no se trata de amor, sino del odio más genuino hacia quien depende más de lo que su orgullo le permitiría reconocer sin sentirse humillado, sin sentir que los referentes en los que apoya su identidad tambalean.  Víctima sí, pero victimario muy peligroso. Si un hombre no encuentra referentes más adecuados para sostener su masculinidad puede entrar en una vertiente melancólica de intensidad variable, siendo la más grave, el intento de suicidio, aunque ésta no es la salida más frecuente, o bien, puede optar por el asesinato, que es lo que más casos registra. 

Los grupos de hombres que cuestionan estas masculinidades tan patológicas son los que pueden ayudar a otros hombres a acercarse a nuevos modelos de masculinidad sin temor a ser tomados por afeminados u homosexuales y las mujeres hacen un flaco favor cuando por compasión o por lástima soportan un maltrato aferradas como están a las creencias del amor incondicional que les hace perder de vista que ellas también necesitan ser queridas y recibir además de dar. 

Claudia Truzzoli