sábado, 9 de febrero de 2013

EL BUEN HACER DE LAS PERSONAS CUIDADORAS


EL BUEN HACER DE LAS PERSONAS CUIDADORAS

Nuestra manera de vivir en el medio en que nos movemos nos exige una alta inversión de tiempo personal para el trabajo, agravado en tiempos de crisis donde se deben duplicar los esfuerzos para generar los ingresos necesarios para mantener un nivel de vida, que no siempre responde a lo que necesitamos, pero sí a los imperativos del consumo que nos inclinan más hacia la lógica del tener que al cuidado por el ser. Esta situación pone en un lugar difícil a las personas cuidadoras porque de lo que tienen que preocuparse es justamente del ser, dado que en sus manos está ofrecer cuidados a personas que por su deterioro físico o mental no pueden valerse por sí mismas, sea porque está disminuida o imposibilitada su movilidad o sea porque su deterioro mental se convierte en un peligro cuando están solas. Esto exige muchas renuncias personales.

También es importante el papel diferenciador que juegan en esta cuestión los estereotipos sexuales, porque tradicionalmente es a las mujeres a quienes se les ha adjudicado el rol de cuidadoras como si en lugar de ser un rol formara parte de su naturaleza. El cuidado resulta así asociado al “instinto” maternal. Estos estereotipos milenarios tienen tanta fuerza emocional que cuesta cambiarlos en los sentimientos profundos de las personas a pesar de que su conducta frente a los mismos pueda haber cambiado o incluso su manera de pensar. Hay una brecha importante entre el cambio de pensamiento y el cambio de actitudes y el cambio en los sentimientos, siendo éstos últimos los que más tardan en cambiar. Es en la vida cotidiana donde se muestran las expectativas de deseo que se dirigen a las personas que conviven. En cuestiones que pueden parecer banales como la responsabilidad por las tareas domésticas o de más importancia evidente como el cuidado de las necesidades de todos los que habitan la casa familiar, es por donde se filtran prejuicios, desencuentros, desengaños, heridas narcisistas que generan rencores, cuando se plantea la cuestión de a quién les corresponde realizarlas.

En una sociedad como la que vivimos tanto los hombres como las mujeres trabajan para mantener un nivel de vida como el actual, pero sólo es de las mujeres de quien se espera que inviertan su tiempo para hacerse cargo de un familiar enfermo o dependiente, o de los niños pequeños, aunque éstas trabajen también fuera de casa. También hay hombres –pocos- que se dedican a cuidar, pero el hecho de que lo hagan es visualizado como una heroicidad, una generosidad que habla de un carácter excepcionalmente bondadoso, mientras que cuando lo hace una mujer se visualiza como un deber que está cumpliendo, como algo que le toca hacer por ser mujer.

Aquí se nota la influencia que los estereotipos de género ejercen sobre la subjetividad. Los mismos hacen referencia a socializaciones primarias que se refieren al papel que deben desempeñar los hombres y las mujeres, que se convierten en mandatos sociales. Hay pocos hombres cuidadores y en general, salvo casos particulares, los que lo son, no se ven presionados de la misma manera al cumplimiento del cuidado porque los estereotipos clásicos de género no esperan de ellos que cuiden sino que sean proveedores de ingresos delegando el cuidado a las mujeres de la familia. Por esa razón cuando un hombre cuida se le atribuye desde fuera unas características de generosidad, de bondad, casi de heroicidad, que despierta la compasión hacia su persona y la comprensión si pierde la paciencia. Recuerdo una película muy entrañable, Kramer contra Kramer, donde justamente se ilustra la dificultad que tiene un hombre que tiene que hacerse cargo de su hijo pequeño porque su mujer decide que quiere dejar a su marido y a su hijo, para rescatar su creatividad como diseñadora. Este hombre pasa por todas las vicisitudes que sufre una mujer sola con un hijo pequeño en la misma situación: ausencias al trabajo porque el niño está enfermo y ese día no pudo contar con una canguro que lo cuidara. Dificultades de relación con las mujeres porque no le queda espacio ni tiempo emocional para eso. Tiene que aceptar un trabajo de menos exigencia para que le deje tiempo para poder cuidar de su hijo. En esta película, este padre despierta la simpatía y la compasión, el deseo profundo de que su situación cambie, porque se siente injusta. Es cierto que es un buen hombre y que es un excelente padre, pero la misma situación vivida por muchas mujeres, no recibe los mismos reconocimientos a los esfuerzos sacrificados ni al amor que brindan a los que sostienen. Y si alguna vez se queja, se la censura por no ser suficientemente generosa, cuando no, mala. Hay una amplia variedad de mujeres que además de hacerse cargo de la responsabilidad doméstica, asumen el cuidado de un familiar con un grado de invalidez o de una enfermedad que le imposibilita cuidarse a sí mismo. Eso supone  una sobrecarga que no siempre es reconocida por el entorno al que se dedica. Algunas deben dejar de trabajar fuera para dedicarse a ello, o las que siguen conservando su puesto de trabajo, deben dedicar un tiempo extra que las enfrenta a desgaste físico y emocional porque las personas dependientes suelen ser sus propios padres o madres, cuando no los suegros/as.

¿Cómo afecta esto a una mujer moderna que además sostiene su trabajo fuera de casa? Generando un doble vínculo que las enferma, porque los estereotipos que las inducen al cuidado de todos los integrantes de la familia –incluidos los enfermos o inválidos dependientes- le roban el tiempo que necesita para sí misma tanto para el necesario descanso como para sostener los ideales sociales del trabajo que las obligan a la eficiencia. Cuando el conflicto se hace insoluble puede producir síntomas psicosomáticos o una disociación entre el deseo de cuidar que se reconoce como propio y el deseo de reconocimiento que se siente como ajeno. Freud describió muy bien en su obra Lo siniestro  un proceso donde lo que alguna vez fue idealizado por el Yo, luego es expulsado y considerado ajeno, desconocido y hostil. Esto afecta a las mujeres en una sobre exigencia del deber de cuidar y al sentimiento de culpa por querer ser reconocidas y por disfrutar del placer de participar del dominio de la realidad través del trabajo en sociedad y del deseo de ganar dinero, de tener un tiempo propio para sí mismas. Es esta contradicción conflictiva la que hace que muchas mujeres sientan que no están donde deberían estar cuando no están cuidando a otros, sean niños pequeños o abuelos/as dependientes.

Los problemas de las crisis económicas, afectan de manera distinta a ambos sexos. En los hombres produce síntomas y conductas que intentan restablecer un equilibrio –fallido- frente a la situación de privación a la que se ven abocados, porque no están socializados ni preparados para enfrentarse a la impotencia. Si tienen que cuidar a otros, se sienten colocados en un rol que los feminiza y este es un conflicto que tienen que reconocer para atravesarlo y poder  cambiar de actitud. En las mujeres, el impacto de la crisis económica les afecta porque además de ser las peor pagadas, son las primeras afectadas por el recorte de servicios sociales, como la disminución de ayudas en la ley de dependencia, por ejemplo, y por sus condicionamientos de rol, aumenta la sobre-explotación del cuidado que se les pide que hagan de enfermos en la familia, niños, marido, trabajo fuera de casa.

Imaginen el caso de una familia donde el marido se queda en paro, tienen un anciano/a dependiente, niños pequeños, la mujer es la que trabaja fuera de casa pero su sueldo no resulta suficiente para mantener las necesidades de la familia. El marido deprimido, no habla, se vuelve irritable si intenta ayudarlo, niños pequeños imposibilitados de ver a la mamá como una persona que tiene sus límites, una persona dependiente que hay que atender ya que suele ser el padre o la madre de la cuidadora, o a veces, su suegra/o y que no admiten demora porque en muchos casos se convierten en niños pequeños cuanto más ancianos son. Ayudas oficiales ineficientes, ya que tienen que anticipar un dinero por servicios sociales de ayuda, que aún no les ha sido retribuido. ¿Cómo se soporta toda esa carga sin un alto coste de la salud tanto física como psicológica? Recuerdo un título de una obra de Carmen Rico-Godoy que se llamaba Como ser mujer y no morir en el intento. Nunca mejor dicho. ¿Cómo soporta un hombre sentirse desposeído del único valor en el que ha sido socializado que le obliga a ser exitoso, potente, adinerado y no se le ha enseñado a desasirse de los ideales patriarcales que no le perdonan la fragilidad, que no le permiten mostrar su angustia, aceptar que necesita ser ayudado en situaciones de impotencia vital? Las reacciones masculinas varían de acuerdo al trabajo personal que hayan hecho para vencer los mandatos arcaicos de género. Los más tradicionales están más desprotegidos frente a situaciones cambiantes que los descolocan de sus papeles tradicionales y son los que más se enferman, mientras que los más evolucionados pueden soportar con más madurez las adversidades, aunque con un trabajo psíquico que los enfrenta a nueva y necesaria imagen de la masculinidad que incluya el permiso a la fragilidad, el deseo de cuidar a otros no sólo en aportes económicos, sino en ternura, en tiempo sacrificado, en estar preparados para no recibir reconocimiento de parte de aquellos que ya sea por ser niños pequeños ya sea por deterioro senil resultan incapaces de retribuir lo que se les da.

Toda relación humana implica un intercambio. Siempre que recibimos algo de alguien, tal concesión genera una deuda que ata tanto al quien da los cuidados como a quien lo recibe. Es importante tenerlo en cuenta porque si esa deuda se niega, si se disfraza de generosidad incondicional, se paga con síntomas en la persona cuidadora  y en malestar en la persona cuidada. No se puede escapar a la deuda. Las reacciones de quienes saben que no pueden pagar lo que reciben varían de acuerdo a su carácter, a su madurez o inmadurez, lo que hará que en determinados casos aparezcan reacciones de malhumor en las personas cuidadas o depresiones melancólicas por sentirse imposibilitadas y obligadas a depender de otros familiares cercanos con quienes la relación puede no haber sido grata cuando  todos disponían de su propia autonomía. Y las reacciones de las personas cuidadoras al no sentirse retribuidas en su dedicación por alguna gratificación también variará de acuerdo al grado de madurez que le permita soportar las frustraciones, pero no hay que olvidar que éstas tienen un límite más allá del cual aparecen síntomas de malestar. Por eso es importante cuidar también a la persona que cuida. ¿Cómo se puede intentar preservar una relación del cuidado para que no aparezca el maltrato? No perdiendo de vista que la persona cuidadora tiene que darse un lugar y un tiempo placenteros para preservar su salud física y psíquica. Todos los cuidadores/cuidadoras no deben perder esto de vista. Colocarse en situación de salvador/a de otro es una posición que genera patologías serias. La exigencia desmesurada de tiempo que se pretende dedicar a otro para cuidarlo intentando suprimir o negar las exigencias del propio derecho al placer personal genera resentimiento que se hará sentir de manera sibilina en maltrato sutil o manifiesto hacia quien se pretende cuidar o bien en problemas físicos que responden a estas tensiones. El amor al otro tiene los límites que impone el necesario cuidado de nosotros mismos como cuidadores si realmente queremos ofrecer un alivio a quien cuidamos. Sólo de esa manera estaremos en condiciones de soportar la dureza de ciertas situaciones de cuidado cuando éstas se refieren a la gravedad que afecta a seres queridos indefensos que no pueden dar más que la sombra de lo que fueron en su tiempo y que en estas circunstancias sólo nos pueden pedir. Ellos sufren más el derrumbe cuanto más autónomos han sido y necesitan de nuestro cariño más que nunca, pero las personas cuidadoras debemos ser cuidadosas a la hora de poner límites, que pasan necesariamente por preservar nuestro espacio personal, nuestras necesidades, nuestros deseos, nuestro tiempo de esparcimiento placentero sin sentirnos culpables por ello, sino tener en cuenta que estamos cuidando nuestra propia salud. Para poder ofrecer cuidados cariñosos hay que preservar las condiciones para que ese cariño siga nutriéndose y no se convierta en resentimiento y en maltrato hacia quien se cuida, que es lo que puede suceder cuando el peso de la responsabilidad del cuidado recae en una sola persona. Que toda la familia se implique en el cuidado de las personas dependientes es una forma de cuidar no sólo a las personas cuidadoras sino también a las cuidadas. Tenemos una deuda con nuestros seres queridos, y no estaría mal que toda la familia recordara que si bien el intercambio que recibimos por parte de la persona cuidada es desigual en estos momentos en relación a los esfuerzos que debemos realizar, también ha sido desigual en nuestra infancia, cuando ellos nos han cuidado a nosotros. Pero las condiciones de vida actuales a veces hacen imposible que la propia familia se dedique al cuidado de la persona dependiente porque la Administración no ayuda con residencias accesibles, suficientes y dignas para toda la población necesitada de estos cuidados y  delega su responsabilidad política en los familiares más próximos, olvidando que es parte de su deuda devolver a aquellos lo que les corresponde, en este caso, creando las condiciones para que puedan ser asistidos en centros públicos adecuados a sus necesidades por personal preparado, que ayudara a sus propios familiares en el cuidado.  Como dice Serrat en una canción, no podemos abandonarlos después de habernos servido bien.  



CLAUDIA TRUZZOLI
Psicóloga y psicoanalista.
c.truzzoli@gmail.com         

viernes, 8 de febrero de 2013

IMPACTO DE LA JERARQUÍA DE GÉNERO EN EL EROTISMO MASCULINO



IMPACTO DE LA JERARQUÍA DE GÉNERO EN EL EROTISMO MASCULINO 
Malestares y patologías de la masculinidad reactiva.

Analicé en una ponencia anterior, un trabajo del que soy autora acerca del impacto de la jerarquía de género en el erotismo femenino[1]. En este escrito trataré de analizar el mismo impacto jerárquico en el erotismo masculino porque aunque sea un problema de hombres, se convierte en un problema para las mujeres que los acompañan. En casos extremos puede derivar en la violencia machista que conocemos con los resultados a vecs trágicos de sus manifestaciones. Hasta hace muy poco tiempo la masculinidad nunca se ha planteado a sí misma como objeto de análisis ni como problemática. En el discurso social estaba naturalizada, la que se planteaba como objeto de estudio y dificultades era la feminidad lo cual ha impedido visibilizar cómo el género sesga los análisis y silencia las dificultades de unos e hipertrofia las dificultades de otros. Las características estereotipadas que definen la masculinidad en nuestra cultura tales como ser racional, duro, control de las emociones, ecuanimidad, autosuficiencia, fuerza, valentía, coraje, agresividad, impaciencia, poca tolerancia a la frustración, violencia, etc. excluyen otras características tales como sensibilidad, ternura, comprensión, paciencia, emotividad, dependencia, dulzura, receptividad, fragilidad, temor, entrega, que se adjudican a las mujeres con el agravante que esas cualidades están buscadas en ellas pero minusvaloradas para ellos. Esta diferencia jerárquica hace que los varones afectados por una masculinidad tradicional no puedan aceptar en sí mismos ninguna de estas características por considerarlas femeninas con todas las consecuencias nefastas que acarrea para su vida propia y de relación. Dejar fuera de sí actitudes y rasgos que en rigor están presentes en mayor o menor medida dentro de cada uno de nosotros, sea cual sea el género en el que nos sentimos más representados, implica una pérdida de riqueza en el mejor de los casos y en el peor, conductas que pueden atentar gravemente contra la propia salud o la de los otros.

¿Qué es lo silenciado, negado y proyectado fuera de sí en los hombres que hacen de la masculinidad un mito insostenible por querer probarse ante sí y ante los pares que dan la talla? El sufrimiento masculino frente a la insuficiencia se manifiesta de varias formas pero no es reconocible como sufrimiento. Un ejemplo de ello lo prueba el hecho de que los hombres rara vez entran dentro del sistema sanitario por depresión, porque el Manual de Diagnóstico que se utiliza casi universalmente que es el DSM-IV, cuando describe la depresión, lo hace con estas características: tristeza y llanto, pérdida de placer, energía e intereses, cambios de peso o ritmos de sueño, inhibición, sentimientos de inutilidad o culpa, disminución de la concentración o pensamientos de muerte. Esta definición le cuadra muy bien a una mujer deprimida pero no permite reconocer a un hombre deprimido, lo cual quiere decir que está sesgada genéricamente por proponer la forma en que se presenta la depresión en las mujeres como la forma universal y única en que se presenta para ambos sexos. Resultado de ello es que la depresión en los hombres queda invisibilizada porque en ellos la tristeza por ejemplo, no suele ser reconocida como tal sino como ira o furia, el llanto es poco frecuente porque las normativas de género lo prohíben en los varones, la pérdida de placer, energía o intereses se adjudican al estrés o la ansiedad, los sentimientos de inutilidad o culpa no son reconocidos como tales, dando lugar muchas veces a la disociación y proyección de ese malestar en sus relaciones más íntimas con toda la violencia agregada, muchos casos de asesinatos o malos tratos de los compañeros sentimentales de las mujeres tienen su origen en esta cuestión. Otras veces el sentimiento de impotencia frente a la pérdida ya sea de trabajo, de estatus, de pareja, da lugar a conductas sobrecompensatorias como conductas de riesgo que se adoptan para demostrar/se potencia, temeridad, coraje, a veces, intentos simulados de suicidio, o asesinatos cuando la desesperación frente a la pérdida de referencia frente a las normativas de género, que en el caso de los hombres implica una pérdida del poder tradicional que siempre han gozado de cara a las mujeres, unida al abandono de sus mujeres, es un cóctel explosivo que deja al descubierto otro aspecto silenciado de la masculinidad mítica: la extrema dependencia que no es reconocida como tal excepto cuando falta la compañera que lo sostiene.

El malestar que se ahoga con alcohol, la negación de las emociones, el imperativo de ser proveedor, el empuje incuestionado al éxito a toda costa, suelen generar muchos infartos, úlceras, irritabilidad cronificada, maltrato, violencia, disociación y proyección del malestar insoportable en la acompañante más íntima, conducciones temerarias, que hacen muy difícil la convivencia con las personas que los acompañan. Las mujeres suelen ser depositarias de todos estos malestares masculinos que por sobrecarga terminan deprimiéndose y soportando una maleta que no les corresponde con un peso añadido, dado que son consideradas las enfermas, las frágiles, cuando en realidad son las que soportan y pueden hablar de lo que les pasa cuando están en un marco adecuado que les escuche. Pero cuando no lo están, suelen ser estigmatizadas por los profesionales que las atienden, quienes si no tienen una visión clara de género perpetuarán un sufrimiento sin resolverlo por tener una mirada errónea acerca de quien y qué lo promueve y esto no ayuda ni a varones ni a mujeres. Y eso puede ocurrir tanto en el sistema sanitario público como en el privado.  Muchas mujeres que consultan expresan su deseo de que su marido sea atendido porque perciben que una parte importante de su sufrimiento es inducido por la convivencia con el hombre con el que no logran hacerlo hablar de su malestar. Es curioso cómo para un hombre hablar de que algo va mal en él, es traicionar cierto mandato de género si se trata de sentimientos de impotencia, de tristeza, de angustia, siente que eso lo feminiza. Si las mujeres quieren hacerlos salir de su mutismo, en el que suelen encerrarse, se irritan más aún, se sienten acosados o bien, están los que se disocian y proyectan su malestar en sus mujeres culpándolas de ello. Frases tales como “mi vida contigo es un infierno”, “no te necesito para nada”, “qué feliz sería sin ti”, son frases que denotan una defensa maníaca frente a la dependencia no reconocida, a la manera del tango que dice “araca, cantemos victoria, estoy en la gloria, se fue mi mujer”. Hoy vemos que hacen muchos de ellos cuando realmente se va su mujer o les anuncia su deseo de separarse. No nos lo pueden contar las mujeres muertas por su actual compañero o su ex.

La psicóloga Victoria Sau en su artículo, [2] cita a dos sociólogos, autores de una investigación sobre la virilidad, (George Falconnet y Nadine Lefaucheur), quienes concluyen que la virilidad es un plus agregado a la masculinidad, que no se nace con él, sino que se gana con el tiempo y que puede llegar a convertirse en un  “mito terrorista por una presión social constante que empuja a los hombres a dar prueba sin cesar de una virilidad de la que no pueden nunca estar seguros: toda vida de hombre está colocada bajo el signo de una puja permanente.” La hombría se construye además como una enorme defensa frente a la homosexualidad, posibilidad erótica de la que los hombres más machos se sienten más amenazados, de ahí el carácter homofóbico o transfóbico tan presente en los hombres de estas características. Esta cuestión unida a la misoginia, tan presente en quienes quieren erradicar de sí todo aspecto considerado femenino, nos da como resultado que no hay demasiada diferencia entre un homosexual misógino y un hipermacho que alardea de su virilidad. Lo que une a ambos es el rechazo de lo femenino, que según sea la intensidad que presenta puede no solamente negar y proyectar lo femenino fuera de sí sino incluso llevar al rechazo de la mujer como elección erótica.
                               
Otro texto citado por la psicóloga Victoria Sau, en “Psicopatología diferencial de los sexos” inserto en el mismo artículo mencionado más arriba, cita a Lebovici, un psiquiatra francés y a una psiquiatra francesa, Colette Chilland quienes exponen “ el análisis realizado sobre más de siete mil expedientes infantiles examinados en el Centro de Salud Mental Alfred Binet durante quince años (del ’62 al ’77) donde se aprecia una sobrerrepresentación masculina, casi dos tercios del total, en trastornos relacionales y de conducta, reacciones neuróticas e inadaptación a la vida cotidiana. Sin llegar a la gravedad de la psicosis ni a requerir hospitalización, los síntomas son tan invalidantes que interfieren en los resultados escolares negativamente. Las niñas en cambio obtienen mejores calificaciones. Este hecho coincide con estudios realizados en otros países. Los autores opinan que se trata de una fragilidad psicobiológica en los niños a la que se añade una interacción entre las exigencias culturales relacionadas con la adquisición del mito de la virilidad, el imperativo de hacerse un hombre por medio de una identidad que se trata de fundar en no ser como una mujer y el equipo psicobiológico que jugaría en su contra. Todo esto tiene su coste.”

La misma idea se podría aplicar a porqué las niñas después de haberse mostrado tan brillantes en la infancia, retroceden y presentan dificultades cuando se hacen mayores, hecho que se puede atribuir al imperativo de los mandatos de género que las coloca en un lugar subordinado y sumiso. Virginia Wolf, señalaba que “durante todos estos siglos las mujeres han sido espejos dotados del mágico y delicioso poder de reflejar una silueta del hombre  de tamaño doble del natural “.[3] Super-hadas que poseen un poder mágico para agrandar el ego masculino y empequeñecerse en silencio. También existen otras super-hadas –las que llamamos superadas- que son las mujeres que pueden trasgredir los mandatos de género tradicionales, no sin luchas interiores y un trabajo personal que les permita des-sujetarse a sus estereotipos y convertirse en verdaderos sujetos de deseo.

Insisto en la importancia de tener en cuenta el rasgo de género en el tratamiento clínico o terapéutico. Les pondré otro ejemplo. Asistí a unas jornadas sobre trastorno límite de la personalidad, nombre que se aplica ahora a lo que antes llamábamos personalidades borderline o fronterizas entre la neurosis y la psicosis. Resulta que dicen que este trastorno afecta sólo a las mujeres y de hecho en las jornadas sólo se hablaba de ellas. ¿Es que los hombres no padecen trastornos límites de personalidad? ¿O es que el prejuicio es tal que no se lo reconoce en ellos cuando se presenta? En las mismas jornadas se presentaron fotos de mujeres que expresaban diferentes afectos y emociones: ira, temor, desconfianza, asco, alegría, tristeza, que se utilizaban como un test para ver si se reconocían esas emociones al serles presentadas a las mujeres con trastorno límite de personalidad.  Todas las fotos que mostraban emociones diversas eran de mujeres. La única foto que presentaba una expresión neutra era de un hombre. Esto evidentemente no es casual, sino un resultado ideológico que tiende a reforzar una cualidad genérica masculina donde lo racional y control de las emociones es patrimonio de los hombres. Aunque eso parece contradecir los hallazgos antes citados en el estudio que se realizó en Francia con niños varones en cuanto a sus trastornos relacionales, inadaptación a la vida cotidiana, lo que incluye intolerancia a la frustración, reacciones neuróticas, creando todo ese conjunto síntomas invalidantes. Los hombres más víctimas de los mandatos de género reaccionan muy mal frente a la frustración y la ira suele ser su manifestación más espontánea, amén de ser el telón que encubre el pánico del abandono. Podemos preguntarnos si todos aquellos hombres que asesinan a sus mujeres y luego intentan suicidarse no son aquellos que quedan excluidos del diagnóstico de borderline o trastornos límites de personalidad.

Desde el momento que la subjetividad masculina hegemónica, considera que es superior que la subjetividad femenina, los hombres se creen con mayor derecho que las mujeres a la libertad, a las oportunidades de crecer profesionalmente, de esperar correspondencia y apoyo por parte de las mujeres y ser bien tratados, lo cual ubica a sus mujeres en un papel complementario. Ser agresivo y duro es una normativa de género para esta masculinidad que da como resultado, como bien señala Luis Bonino, especialista en masculinidades y tratamiento de grupos de hombres,” la constitución de una subjetividad hiperreactiva, conformada por un yo centrado en sí mismo y en sus logros, un Yo-Ideal de perfección elevada y grandiosa, un sistema de ideales centrados en el control de sí y de otros, una erotización de la agresividad, predominio del deseo de dominio, tendencia a la acción como respuesta a un conflicto, vinculación desconfiada y poco empática, renuncia a las motivaciones de apego y un vínculo con las mujeres como objetos de mirada, deseo o utilización.” [4]
     
El no cumplimiento de estas normativas de género cuyo resultado es la constitución de una subjetividad muy rígida e hipercrítica coloca a estos hombres en una situación imposible porque nunca se pueden cumplir del todo esas normativas genéricas. ¿Dónde está el límite que permita descansar a un hombre si quiere probar que lo es cuando se lo desafía? Siempre hay un más allá que cree que podría alcanzar. Por otra parte si transgrede esas normativas e intenta ser diferente, más acorde con lo que espontáneamente siente, eso le provoca como mínimo ansiedad porque no deja de estar sometido a la crítica superyoica de las normativas de género lo que resulta en un vacío de sostén identificatorio alternativo que le angustia. Esta masculinidad se rige por la lógica del todo o nada, según Luis Bonino. Si algo no es masculino en él, nada lo es.  Por esta cuestión son víctimas de una hiperreacción para demostrar virilidad: despliegues de fuerza, riesgo, agresividad, exceso en consumo de alcohol y drogas, hipersexuación, hiperautosuficiencia, promiscuidad, no respetar reglas, conflictos con la autoridad, que si bien son síntomas adolescentes también se dan en varones en crisis vitales como pérdida del trabajo o de la pareja, heridas narcisistas a las que pueden responder con una sintomatología ansioso-depresiva o con una hiperreactividad. También están las que Bonino califica de “ patologías de la perplejidad que surgen de la puesta en cuestión de los mitos de la masculinidad que afectan a las masculinidades transicionales creando desconcierto, perplejidad, conflictos intersubjetivos con los nuevos roles deseados y temidos. Por ejemplo, dificultades para conciliar vida laboral y familiar, vergüenza a mostrar cambios y el reacomodo a nuevos roles que le restringen poder habitual sin que eso lleve acompañado un cuestionamiento de sí mismo.” “Esta pérdida de sostén identificatorio puede llevar también a conductas reactivas como abusos de poder, maltratos, deseos de hacer mal (sadismo) sobre el cuerpo, el psiquismo, las posesiones, la libertad de mujeres o de otros varones. El bulling, las novatadas, el ataque a homosexuales o transexuales, la irresponsabilidad anticonceptiva o de crianza y la delegación injusta de la carga de responsabilidad en la mujer.”

 Si alguien se sintiera tentado de explicar las patologías de la masculinidad, por las hormonas masculinas se les puede responder que si eso fuese cierto éstas deben de tener un gran poder de selección a la hora de actuar en el comportamiento masculino porque los hombres saben muy bien cómo contener su agresividad cuando les conviene, o sea, frente a sus superiores jerárquicos o de quienes dependen para lograr sus metas. O bien las testosterona es muy inteligente o bien habrá que pensar en causas menos simplistas. Como señala el psicoanalista Oscar Strada, [5]  “el hombre hasta el siglo XX asumió alegremente el papel de garante del orden simbólico como padre soberano y perpetuador de la ley de consanguinidad y de filiación entorno al poder. Los análisis biológicos modernos permiten separar el genitor del padre social garante del orden familiar, la fecundación in vitro escinde al hombre real de una función simbólica.” Una joven cuya familia es monoparental por decisión materna, dice que su padre es sólo un conjunto de esperma que ella no puede considerar como padre en su función simbólica. Hoy día los hijos se pueden criar en otras familias, con otros padres, con otras madres que pueden adoptar una función paterna, pueden adoptar el patronímico materno en lugar del paterno. Todos estos cambios que además se han desarrollado con una velocidad vertiginosa, “que implican una pérdida de lugar simbólico, pueden generar en el hombre  sujeto a esquemas tradicionales una angustia que lo puede conducir al asesinato y/o  al suicidio, como lo muestran cada vez más los casos de violencia de género” según Strada, “con lo cual el desafío contemporáneo para un hombre es reconocer a su mujer como una igual, no como el reflejo de su propio fulgor imaginario, que su destino es creer en ella y colaborar desde la paridad o su destino será el eclipse.” [6]

CLAUDIA TRUZZOLI
Extracto de una ponencia dada en el Centro de Cultura de Dones Francesca Bonnemaison. 15 de octubre de 2008.

[1] Impacto de la jerarquía de género en el erotismo femenino, en Revista del Seminario Interdisciplinar de Estudios de las Mujeres , Universidad de León.
[2] Vicrotia Sau, De la facultad de ver al derecho de mirar,  en Nuevas Masculinidades, compilación de Marta Segarra y Angels Carabí, eds.
[3] Virginia Wolf, Un cuarto propio. Ed. Horas y horas.
[4] Luis Bonino, Varones, género y salud mental: desconstruyendo la “normalidad”  masculina. En Nuevas masculinidades. Comp. de Marta Segarra y Angels Carabí, eds. Icaria.
[5] Oscar Strada, Furia y odio masculino, en Diálogos nº 62.
[6] Op. Cit.

miércoles, 6 de febrero de 2013

SEXUALIDADES, MATERNIDADES Y MUJERES




SEXUALIDADES, MATERNIDADES Y MUJERES

Desde el pensamiento clásico más conservador y reaccionario a toda reflexión particularizada, siempre se ha contrapuesto en la figura de la mujer, la maternidad y la sexualidad. Mujer en singular, no mujeres en su diversidad. Como si el hecho de ser madres hiciera naufragar toda su sexualidad hasta el punto de hacerla inexistente. Cuando comenzó a gestarse un movimiento de mujeres alrededor de los años cincuenta en Norteamérica, que luego se convertiría en un gran movimiento feminista, las mujeres americanas después de haber sido llamadas a trabajar fuera de casa por la necesidad de mano de obra industrial por la escasez de hombres ocupados en la  segunda guerra mundial, una vez terminada ésta, se las presionó para  volver a sus casas a ocuparse de sus maridos y sus hijos y se les ofrecieron modelos de mujer tipo Doris Day y grandes electrodomésticos para mantenerlas ocupadas dentro del ámbito doméstico. Curiosamente, según declaraciones de un industrial del departamento de marketing de una gran empresa, los electrodomésticos estaban destinados aparentemente a aliviar el trabajo doméstico pero en realidad eran una oferta para aumentarlo, según demostraron encuestas comparativas realizadas con las horas de trabajo que las amas de casa hacían antes de que existieran los mismos. Esa oferta respondía a dos fines, uno lucrativo y otro ideológico. Si se aumentaba la presión por el trabajo doméstico, las mujeres tendrían la sensación de estar muy ocupadas realizando un trabajo mientras sus maridos hacían el suyo fuera de casa. Así se promocionó un estilo de mujer, que tendría que satisfacerse con ser la compañera que sostenía al marido, que sostenía a los hijos y que tenía que acallar lo que Betty Friedam denominó un malestar que no tenía nombre.  Una hermosa película “Lejos del cielo” nos muestra muy ilustrativamente lo que era la vida de una mujer tipo en los años cincuenta, su sufrimiento, su falta de reconocimiento como sujeto que pudiese desear algo para sí misma más allá de ser la mujer de su marido o madre de sus hijos. Cuando el movimiento de mujeres demostró que ese malestar que no tenía nombre era en realidad la sofocación de deseos propios a los que las mujeres no se sentían autorizadas, las reacciones no se hicieron esperar. Toda la derecha más conservadora se dedicó a denigrar a las feministas convirtiendo la palabra feminista en un insulto, haciéndola sinónimo de mujer que odia a los hombres, que quiere castrarlos, que quiere ocupar su lugar. No bastaron sólo opiniones en prensa y en medios de comunicación sino que también hubo corrientes médicas y psicológicas que se unieron para patologizar esos anhelos femeninos que amenazaban con romper un orden instituido en el cual los hombres eran los únicos que estaban autorizados a tener una vida propia, a desear.

¿Por qué traigo esto a colación después de medio siglo de los orígenes del feminismo? Porque creo que en lo que respecta a las mujeres hay ciertas ideas viscerales que no parecen haber cambiado tanto ni aún en los sentimientos más íntimos de muchas mujeres feministas. Lo constato por ejemplos anecdóticos que me han sorprendido vivamente. En una ocasión en que nos visitaron las mujeres del colectivo de Boston, hicieron un taller sobre el placer. Las mujeres teníamos que decir una por una qué era lo que nos procuraba el mayor placer. Cuál fue mi sorpresa cuando ninguna mencionó nada que se refiriera a la sexualidad. Cuando yo expresé placer en esa dirección, se interpretó que a mí me gustaba el sexo -dicho así es más reduccionista-. No podía creer que lo que otras mujeres habían expresado como la fuente del mayor placer se limitara a las cosas que decían, algunas tan increíbles que sonaban a hipocresía. Pero en el caso de que hubiese sido verdad, qué poco desarrollo mostraban de una potencialidad tan vital como la sexualidad o bien qué falta de autorización a reconocerse públicamente sexuadas sin temor a ser censuradas. Porque para muchas mujeres reconocer que les puede gustar el sexo es sinónimo de masculinidad en el mejor de los casos o de puterío en el más frecuente. Me lo volvió a certificar una mujer a la que le conté la experiencia del taller del colectivo de Boston diciéndome: “es que nosotras  no somos putas”. No quiero pensar en qué lugar me colocaba a mí por haber expresado que me gustaba hacer el amor. Pero frente a palabras descalificadoras nacidas de la ignorancia hacen falta actitudes creativas.     

Si esto es así en el caso de mujeres que se catalogan como heterosexuales, ni qué decir tiene el escándalo que para los sectores más conservadores supone que haya mujeres lesbianas -para ellos parece que el término lesbiana significara una mujer sexualmente ávida y promiscua- que además ahora se atreve a ser madre. Todo el foro de la familia, el Papa, todos quienes se agrupan en el partido de la España más cañí alzan sus voces indignados frente a las nuevas osadías de esas mujeres que se atreven a desafiar la tradicional institución familiar triangular compuesta por padre-madre-hijo, diciendo vaya a saber qué aberraciones saldrán de esos experimentos, qué hijos maltrechos y destrozados psicológicamente advendrán y tantas argumentaciones tan alarmistas como prejuiciosas nacidas de la más profunda ignorancia. No es de extrañar, la ignorancia es muy osada. Lo que más indigna es que los que se supone que menos saben de sexualidad son los que se erigen en sabios al respecto. Los que menos saben de sexualidad sana porque los  abusos a niños son muy abundantes en los colegios religiosos como lo certifican los más de 8.000 obispos denunciados en Estados Unidos, ni qué hablar de La mala educación de los de casa. Mala educación, título de una película de Almodóvar que denuncia los abusos practicados con los alumnos de un colegio religioso.  Estos son los que hablan de sexualidad y no de sexualidades, de mujer y no de mujeres, de maternidad y no de maternidades. El uso del singular o del plural en estos casos no es baladí. Usar el singular supone creer en cierto esencialismo de la sexualidad, creer que hay una esencia de mujer que define la feminidad, resultando ésta universal, a-histórica y a-cultural,  válida para cualquier mujer humana independiente de su época y su cultura, que nos informaría de la naturaleza de su deseo heterosexual y reduciría su plena realización al logro de su maternidad. Si no es así, si no hay un deseo maternal en algunas mujeres, cae sobre ellas, la imputación de ser malas mujeres, egoístas. Carácter de la imputación que va aumentando de tono hasta llegar al desprecio o el insulto cuando se manifiesta con potencialidad erótica y le gusta. Parafraseando a Freud podríamos decir en estos casos que la sombra de la madre ha caído sobre la mujer. En cambio, hablar de sexualidades, de mujeres y de maternidades supone introducir una diversidad  que corresponde más a la experiencia de vida de las mujeres reales.

No todas las mujeres quieren ser madres y nada nos induce a priori a atribuir  ese no querer serlo a problemas psicológicos sino a deseos que se priorizan y que excluyen la maternidad. Por ejemplo, cuando entran en escena limitaciones de tiempo que no se dispone, necesario para el cuidado del niño/a pequeño/a, cuando hay otros intereses profesionales que lo requieren. O limitaciones económicas que hacen imposible abastecer las necesidades familiares con un solo sueldo, o falta de una red de apoyo familiar para atender a la crianza, obligan a postergar la maternidad. Cuando las mujeres desean algo para sí mismas eso no las desmerece como madres, las que lo son, sino al contrario. Cuando una mujer es capaz de estar bien consigo misma es cuando puede entregar una mejor calidad y calidez en sus relaciones con los otros. Porque las frustraciones generan intereses usureros que se hacen pagar cuando quienes tienen al lado se encuentran más debilitados, como podemos observar con suma frecuencia en los matrimonios de larga data, cuando las mujeres que de jóvenes han sufrido varios tipos de maltrato, se desquitan con sus maridos cuando éstos pierden fuerza. Las mujeres lesbianas, que sin ser lo que las personas heterosexuales imaginan que son, sí son quienes pueden demostrar que son capaces de sostener una elección sexual que no resulta sospechosa de responder a un convencionalismo propugnado socialmente, como podría ser el caso de muchas mujeres que se denominan heterosexuales.  Lo más inquietante para muchos sectores conservadores es que estas mujeres sean madres solas, sin el amparo de un hombre. Pero si miramos detenidamente, tener un hombre al lado ¿es siempre sinónimo de amparo para una mujer y sinónimo de que su compañero asumirá una paternidad responsable?  Los malos tratos a los niños se dan estadísticamente en una proporción mucho mayor en las parejas heterosexuales, la violencia doméstica, los maridos que matan a sus mujeres y sus niños, los abusos sexuales, los incestos, no representan una garantía para los hijos ni para las mujeres.

Tener un padre y una madre no siempre es sinónimo de buena salud. Tener dos madres no sé si lo es, pero al menos nadie podrá dudar de que si afrontan todo un sistema que las cuestiona, si afrontan públicamente el cuestionamiento de su decisión con el desgaste que implica, es porque hay un deseo muy fuerte de ser madres y además madres que no niegan su sexualidad. Sería deseable que muchas madres heterosexuales pudieran decir lo mismo, porque las mujeres cuya identidad está dirigida por un superyó rígido que censura la sexualidad, tienen problemas para constituir una heterosexualidad sólida y sólo se sienten legitimadas como mujeres en su papel de madres. Lo que significa que todos los conflictos derivados de su insuficiente deseo heterosexual, intentan negarlos refugiándose en una representación de sí mismas como madres que anula sus otras facetas identitarias como mujeres, trasmitiendo a sus hijos una imagen de sí mismas que favorece que ellos las imaginaricen como asexuadas, indiferentes a cualquier otro deseo que no sea el de satisfacer a quienes están “destinadas” a servir. Ni que decir tiene que también se favorece de ese modo, que las representaciones de aquellas mujeres que no quieren ser madres caigan bajo un imaginario desdeñoso o denigratorio. Una cantante argentina, Susana Rinaldi, decía de manera muy graciosa que en la historia del tango, las mujeres aparecían en dos categorías. O bien la sacrosanta madre destinada a servir o bien la mujer del triste destino, (o sea, la puta). La ironía consiste en que no es solamente en la historia del tango que tales representaciones se juegan de manera polarizada entre la madre y la mujer que no se valora. Los hombres afectados por esta división subjetiva entre dos tipos de mujeres, son quienes tienen una seria impotencia con las mujeres que aman, porque llevan inconcientemente una marca que les remite a la madre, mientras que con otras a quienes perciben como eróticas pero a quienes no aman, sí pueden sostener su potencia sexual.  Películas como Il bello Antonio, dirigida por Mauro Bolognini o El cielo abierto, que protagonizó Sergi López, nos testifican de estos hechos. Freud en su excelente obra, La degradación general de la vida erótica, expone estas dificultades.

Los mensajes que nuestra cultura oficial construye a propósito de la maternidad, presionan en la dirección de la imaginarización de la buena mujer como la madre entregada sólo a sus hijos, o sólo a su marido.  Prueba de ello es la decepción, cuando no el rechazo, que provoca una mujer viuda a la que se había imaginado como paradigma del amor romántico con su pareja, cuando se vuelve a casar, porque desmiente la idealización de mujer toda entregada para siempre a un solo hombre, ideal romántico por excelencia, como sucedió por ejemplo con Isabel Pantoja, que durante mucho tiempo fue idealizada como la viuda eterna que lloraba al que suponían que sería el único amor de su vida, su difunto Paquirri. Por eso aunque parezca paradójico, las mujeres que permanecen solteras por mucho tiempo, resultan sospechosas de no tener una sexualidad adaptada a las normas conservadoras, sobre todo si son más o menos jóvenes y desenfadadas, o sea, si muestran algún tipo de satisfacción vital que desmienta que estar solas sea motivo de tristeza.  También se puede observar la presión social que señala lo que sería una buena madre, en las dificultades que tiene una mujer cuando se la obliga a elegir entre su necesidad de pareja y sus hijos, aún cuando éstos sean grandes y supuestamente autónomos.  

Lo que nuestra cultura valora como la madre ideal, entregada por completo a sus hijos, el tratamiento clínico de estas mujeres tradicionales nos revela que no sólo sufren trastornos depresivos importantes sino que generan hijos varones sofocados, niños eternos que creen que sus madres les pertenecen en exclusiva y que se sienten con derecho a exigir lo que sea creyendo ilusoriamente que les tiene que ser dado. Mientras que las madres que además atienden a sus otras necesidades femeninas, generan hijos que suelen quejarse de ellas, pero son más independientes y autónomos y están mejor preparados para la vida. Las madres lesbianas en su favor tienen un potencial saludable, que es haberse admitido como mujeres sexuadas. Pero se consideran doblemente transgresoras, porque en lugar de marido eligen a otra mujer, a veces quieren casarse con su compañera y adoptar niños o tenerlos por inseminación artificial. Sea como sea, su acceso a la maternidad, a ellas también les cabe la misma advertencia que a cualquier madre tradicional, o sea, que sigan sosteniendo sus deseos de realización personal más allá de la maternidad para no sofocar a sus hijos. Si así lo hacen, sus hijos se lo agradecerán aunque tengan que desafiar toda una creencia en contra que entroniza en nuestra cultura a la madre como el prototipo de la mujer que se debería satisfacer solamente con la entrega incondicional a servir a sus hijos y a su marido, que con mucha frecuencia es tratado como un hijo más. Introducir una terceridad en un vínculo tan íntimo y con pretensiones de exclusividad como es el de una madre con un hijo/a no sólo no es algo que no debería se criticado sino que es algo necesario para un desarrollo adecuado de la autonomía futura de un hijo/a para que pueda construirse una identidad como sujeto con un deseo propio.
Terceridad que puede estar colocada en aspectos dispersos, pero que lo que tendría como característica común es el poder atrapar el deseo de la madre en distintas direcciones que la aparten de la dedicación exclusiva a sus hijos. Intereses sea profesionales, eróticos, estéticos, lúdicos y un largo etcétera posible, que permitan circular espacios de privacidad individuales que desbaraten cualquier intento de fomentar una simbiosis. Las madres que cumplen con una función de trasmisión de los límites al propio deseo, están enseñando a sus hijos que no todo se puede tener, que en lo que se refiere a los vínculos, les están sembrando las bases de su futura autonomía. Que una madre sepa trasmitir a sus hijos que ellos no son suficientes para acaparar todo su deseo es lo que contrariamente a lo que se cree suele generar los hijos más saludables, mientras sepa hacerles sentir que esa actitud no es sinónimo de  indiferencia. Pero sí casa con un deseo que no les incumbe a ellos satisfacer. Siempre se nos ha repetido a las madres hasta el cansancio que nuestros hijos no son de nuestra propiedad, pero ya es hora de insistir y promulgar que los hijos deben sentir que sus madres tampoco son una propiedad suya, que tienen un legítimo derecho a buscar una satisfacción personal y reconocimiento en algo que las haga sentirse creativas más allá de lo biológico y reproductivo, a buscar y diversificar las fuentes de su placer, a respirar sin ahogos. Eso permitirá que sus hijos también se sientan autorizados a vivir sus vidas sin el agobio de tener que sostener a sus madres, sin sentirse culpables de abandonarlas si hacen su vida. Dejarlos desprenderse es la mejor manera de sostener una maternidad responsable, tanto si se es madre lesbiana como si no.

CLAUDIA TRUZZOLI

domingo, 3 de febrero de 2013

REFLEXIONES DE UNA PSICOANALISTA FEMINISTA



REFLEXIONES DE UNA PSICOANALISTA FEMINISTA

 Para empezar
Hablar sobre feminismo, en singular, es equivocado, ya que dentro de este amplio movimiento existen diferentes maneras de concebirlo, tantas como diferentes mujeres que lo componen y diferentes ilusiones y trampas en las que algunas quieren seguir creyendo para mantener una idea de la sororidad que, concebida sin fisuras, puede hacer más daño que utilidad al mismo movimiento.
Esta es una advertencia seria que debe ser atendida para no cerrar puertas a una vitalidad que los movimientos feministas necesitan para responder a los desafíos de nuestro tiempo y sus contradicciones, las cuales tienden a clausurar el pensamiento a favor de las banalidades cotidianas: el empuje al consumismo, el culto a la imagen, la pasión por la frivolidad.
Todo apunta en nuestra actual civilización a obturar las preguntas que tienen que ver con el deseo de vivir una vida que tenga calor, color, sensibilidad, para ofrecer a cambio recetas prefabricadas, válidas para todos, que tienden a eliminar al sujeto, borrar las diferencias individuales, las vidas personales, eliminando cualquier sentido de la responsabilidad sobre la propia vida.
Esto es particularmente evidente en el área de lo que se ha dado en nombrar salud mental. Tanto la psiquiatría como la psicología parecen haber sucumbido a la corriente de los tiempos actuales que buscan recetas mágicas, soluciones rápidas y eficaces (cuando lo rápido nunca es lo eficaz) y sobre todo eliminar cualquier tipo de pregunta molesta que la pseudo-ciencia no pueda contestar. Es preferible pensar que existe una entidad llamada depresión, nombre con el que se designa una especie de cuerpo extraño que ha venido a instalarse en la vida mental de cualquier persona, independientemente de sus circunstancias vitales, de su historia personal, de sus anhelos y frustraciones, de sus sueños y fantasías, que a la manera de un virus dañino se instalara en su interioridad psíquica y a la que sólo se pudiera combatir con substancias químicas, los antidepresivos. ¿Cuál es el precio a pagar por esta supresión? Lo real retorna de otro modo cuando se lo quiere eliminar, en este caso, retorna a través del llamado a la magia, el último reducto adonde han ido a refugiarse los sueños incumplidos que se resisten a ser silenciados. Pero el gran inconveniente es que esto se hace al coste de debilitar al sujeto, haciéndolo más dependiente de poderes inciertos que sólo favorecen el dominio de aquellos que necesitan de esos sujetos dependientes para engrosar su mercado: laboratorios químicos a los que no les interesa curar sino cronificar las perturbaciones y/o las enfermedades; medicina oficial que depende de los laboratorios en su labor curativa y a la que le interesa defender la medicalización del sufrimiento; psicologías alternativas que ofrecen terapias con indicaciones de una obviedad que para un espíritu más o menos inteligente resultarían ofensivas por el grado de infantilización a que se somete a los que se acercan a ellas.
Por todas estas cosas creo que es importante y necesario alzar voces de protesta y ofrecer un espacio de escucha respetuoso con la particularidad de la historia vivida de cada persona, donde pueda expresarse, ser escuchada y donde se le pueda hacer oír lo que ella misma dice sin saber lo que dice. Los antiguos filósofos, que se hacían más preguntas por el ser, estaban más cerca de lo más genuino de la vida psíquica que las corrientes actuales tanto en la medicina como en la psicología que, amparadas en la búsqueda de soluciones inmediatas –mal llamadas eficaces-, proponen pseudo-soluciones al sufrimiento, las cuales resultan peligrosas porque se rodean de un halo de cientificidad que resulta atractivo a quienes quieren evadir las preguntas que, precisamente, les acercarían a lo que les hace sufrir y les proporcionarían los medios para alcanzar una autonomía relativa pero posible. Nada propicia más la libertad personal que saber a qué se está sujetado, y nada agravia tanto el orgullo de quienes sueñan con una libertad sin límites; libertad que no por ser deseada es alcanzable. Al pensamiento freudiano debemos la idea tan metafóricamente expresada de que el sujeto no es dueño en su propia morada, una manera muy poética de decir que muchas de las cosas que nos determinan escapan a nuestro conocimiento consciente. Si se acepta esto, sí es posible ampliar los márgenes de libertad de una persona cuando consigue saber qué es lo que puede y lo que no, porque eso le permite aprovechar su energía creativa y desarrollarla en aquellos campos donde tiene capacidad para ello.
Los libros de auto-ayuda ofrecen consejos prácticos que distan mucho de serlo porque despistan al sujeto de aquello que lo perturba ofreciéndole consejos de actuación que pretenden paliar su malestar, las terapias que prometen un desarrollo personal que fomenta la ilusión de ser más importante que el resto de los mortales, sólo logran hacer una inflación de la fantasía de omnipotencia infantil a costa de reducir la potencia real de que esas personas disponen. Por otra parte, cada vez proliferan más los grupos, generalmente de tipo religioso que ofrecen, igual que las drogas o el alcohol, recetas mágicas de plenitud y que funcionan como sectas que destruyen la relativa autonomía de las personas.

Todo grupo crea una ilusión de completud imaginaria que sostiene al sujeto y lo satisface. Pero esa ilusión dura un tiempo. Los que se instalan en una posición de saber que los diferencia del resto y fomentan la idealización intentan alargar a toda costa ese tiempo ilusorio para sujetar a sus adeptos y para lograrlo emiten mensajes que sólo favorecen la dependencia hacia los líderes y minan el auténtico crecimiento personal. La pregunta es por qué florecen tanto estas ofertas en este tiempo. ¿Qué insoportable vacío intentan llenar? ¿No sería más productivo ayudar a una persona a desarrollar una fuerza que le permita soportar la insoportable incompletud de su ser?

Pisocoanálisis y feminismo
Hasta aquí una reflexión sobre el sujeto-sujetado que no hace distinción de género ni de sexo porque es una cuestión que afecta a lo humano. Pero una terapia que tenga en cuenta la particularidad del género, de la diferencia sexual, una terapia verdaderamente feminista necesita de una lucidez del/la profesional que se haga cargo de escuchar las problemáticas particulares que afectan a las mujeres que nunca son las mismas que afectan a los varones. Rescato del psicoanálisis su manera respetuosa de poner el acento en la singularidad de cada persona, su escucha personalizada, su compromiso en conducir al sujeto en el camino de su libertad pero como psicoanalista feminista que soy creo que el psicoanálisis debería tener en cuenta que el género no solamente afecta a las identificaciones que el cuerpo normativo de cada cultura ofrece a sus miembros para reconocerse como hombres o como mujeres, -o sea, en su diferencia sexual-, sino que afecta también de una manera no siempre fácil de rastrear al efecto que esas normas tienen en la conformación de sus deseos sexuales, dado que la sexualidad humana es más que un conjunto de pulsiones parciales intrapsíquicas y se conforma de una manera relacional donde los primeros mensajes que se reciben de las figuras más significativas tienen una impronta particular que será puesta a prueba con la socialización posterior que podrá reforzar esos mensajes o debilitarlos y con la sintonía o distonía de los propios ideales.
Psicoanalista y feminista no es una contradicción como creen muchos colegas psicoanalistas. El feminismo no es el opuesto binario del machismo. Si en algo se diferencian es en que el feminismo es una corriente de pensamiento crítica que dirige sus análisis a las culturas y a cómo éstas afectan a las condiciones de vida de las mujeres y de los hombres. Dichas críticas tienen por objeto facilitar reflexiones que permitan a ambos sexos desmarcarse de imperativos de rol alienantes.  Fenómenos como la violencia machista con su resultado trágico en muertes de mujeres no pueden ser vistos bajo la óptica miope de un aumento del masoquismo de las mujeres en nuestra época actual, sin cuestionar por otra parte, cómo afecta a los hombres inseguros de sí mismos que sus mujeres logren una autonomía en sus deseos que les quitan la ilusión de ser todo para ellas. El psicoanálisis ortodoxo critica poco a los hombres y encuentra en sus fundamentos epistemológicos un reforzamiento de posiciones que favorecen la jerarquía del sexo masculino aunque más no sea por el privilegio que el lenguaje corriente hace de la vertiente imaginaria del falo. Esta es una razón por la cual muchas mujeres feministas desconfían tanto del psicoanálisis que, sin embargo, puede ofrecerles una alternativa más productiva y rica en consecuencias y efectos terapéuticos que disminuyan el sufrimiento y favorezcan el sentido de igualdad de sexos en la dignidad e importancia de cada uno sin privilegios a priori, igualdad de derechos, mal entendida a veces como negación de la diferencia sexual. Por eso es importante despojar al  psicoanálisis de su veta patriarcal y aprovechar la potencia trasformadora de la subjetividad que éste tiene, al acercar a cada persona a su deseo propio, dentro de una ética que lo lleva a decidir si quiere o no quiere lo que desea. Lo cual evidentemente no lo hace proclive  a la adaptación acrítica a un sistema. No es por casualidad que en los regímenes dictatoriales el psicoanálisis esté prohibido o mal visto. Debemos a las teóricas feministas los aportes críticos que han hecho a la teoría psicoanalítica señalando los elementos ideológicos nacidos de una concepción patriarcal. Este hecho unido a los aportes lacanianos que han ampliado la manera de entender los conflictos de la sexualidad, los aportes de Foucault, la teoría queer,  nos permiten ampliar nuestras miradas en las problemáticas de género y diferenciar aquellos síntomas que se dan de manera diferenciada en hombres y en mujeres.

Una de las tareas fundamentales del feminismo, lo quiera admitir o no, pasa por la reflexión de qué se entiende por el concepto mujer/es. Singular y plural entorno al concepto ya marcan una idea diferente acerca de su significación. En singular, nos acercamos a posturas esencialistas que suponen que ser mujer sólo se logra respondiendo a ciertos cánones que están establecidos universalmente y que trascienden las diferentes maneras culturales en que cada mujer responde a lo que eso quiera decir. Hablar de mujeres en plural, supone admitir una diversidad, no sólo en las que pertenecen a la misma cultura sino en las que están condicionadas de otra manera. Hablar de género es abrir un espacio de diversidad que marca los caminos donde la diferencia sexual no sólo no es vivida del mismo modo en diferentes culturas sino que en el seno de una misma cultura nada asegura que un sujeto que pertenezca a un determinado sexo vaya a hacerlo coincidir con el mismo género. Los transexuales son un ejemplo de ello. ¿Consideraríamos como mujer a un transexual anatómicamente hombre en su origen o como hombre a una transexual anatómicamente mujer en su origen?  Son preguntas que necesitan de una clarificación porque hay instituciones feministas que vetan el acceso a transexuales, lo cual ya implica, lo sepan o no, una determinada concepción ontológica de la diferencia sexual y del género que supuestamente le corresponde, acercándose más a posiciones naturalistas.

Las personas somos el resultado de la articulación entre lo somático, lo psíquico y lo social, lo cual supone que ningún campo puede arrogarse la pretensión de decir toda la verdad acerca de un sujeto, dado que las determinaciones son múltiples. Apostar entonces por un trabajo interdisciplinario es reducir la ignorancia y el orgullo totalitario de quienes quieren sentirse dueños de un saber que respondiera a todas las preguntas posibles. Lástima que hoy en vez de acercarnos al multiculturalismo pareciera que nos acercamos a la multi-ignorancia. Tengo conciencia de que declaraciones como las que acabo de hacer van en dirección contraria a los tiempos que corren y que el precio que paga un profesional por defender la necesidad de un trabajo interdisciplinario es muy alto porque no se comprende que se aleje de la especialización, pero se olvida con una alarmante frecuencia que la especialización pierde de vista la totalidad, el conjunto que cohesiona un sistema, una vida personal, un cuerpo. Por ello, las terapias que reivindican una concepción más holística se cubren de desprestigio, tales como el psicoanálisis o la homeopatía, que curiosamente pocas veces trabajan solidariamente. O sea, que hay que estar muy alerta a la tentación totalitaria en términos de saber. No-todo es cuerpo ni no-todo es palabra. Como nos recuerda Judith Butler en “Deshacer el género”, una idea que retoma de Freud: “…la pulsión es precisamente lo que no es exclusivamente biológico ni cultural, sino siempre el lugar de su densa convergencia”.

CLAUDIA TRUZZOLI
Psicoanalista feminista
c.truzzoli@gmail.com       
                                            

viernes, 1 de febrero de 2013

EXTRAVÍO DEL SÍ MISMO EN LA PROPIA IMAGEN.


EXTRAVÍO DEL SÍ MISMO EN LA IMAGEN

¿Por qué aumenta cada vez más el número de personas que experimentan un sentimiento de vacío, de tristeza, de pérdida de sentido? Las consultas de los ambulatorios reflejan un aumento de estos estados anímicos a los que se responde indicando una medicación antidepresiva, porque bajo el nombre de depresión han desaparecido todos los matices y diferencias entre distintos tipos de estados de ánimo que en muchas ocasiones son la emoción más acorde a una situación determinada. Por ejemplo, si se muere un ser querido, es normal estar triste y tener necesidad de sentir ese dolor junto con el rescate de los recuerdos que nos ligaban a esa persona y en ese transcurso del tiempo ir lentamente desprendiéndonos de ella y aceptar que ya no está. O si una persona pierde su trabajo y se siente desamparada y sin salida evidente a corto plazo, es normal que esté triste o aún ansiosa o con un ataque de pánico, dependerá de la cuantía que esa falta de dinero le signifique en términos de supervivencia o más levemente en términos de pérdida de poder acceder a una calidad de vida que entonces resulta muy mermada. Un medicamento si bien puede ser muy útil en casos donde esté afectado un funcionamiento cerebral, es contraproducente a la hora de ayudar a una persona a encontrar los recursos que necesita para intentar encontrar una solución o bien, poder acceder a un grado de humildad que le permita reconocerse como valiosa aunque esté desposeída. Una interlocución válida, un saber escuchar, un poder estimular la reflexión acerca de sí mismo y de las situaciones problemáticas no es un medicamento pero puede curar y no tiene efectos secundarios.  Pero desgraciadamente estamos en una época donde se privilegia la rapidez, el adormecimiento, el poner un parche en lugar de intentar aportar soluciones. Si bien no está en nuestras manos cambiar la civilización que nos toca vivir hoy, sí podemos ofrecer algunas reflexiones que tal vez le sirvan a quien pueda desmarcarse de esta loca alienación a la que se nos quiere conducir.

Tomaré un aspecto de la cuestión: la colonización del cuerpo, sobre todo el femenino, a través  de muchos cauces cuyo objetivo último es adecuar la imagen femenina a ciertos prototipos de belleza que suponen una verdadera esclavitud desde el punto de vista estético, cuando no un peligro para la salud o un riesgo peligroso. Colonización del cuerpo al que no están ajenos algunos hombres, aunque en su caso se trata más de acentuar el vigor, la potencia, y no tanto el aspecto estético, aunque también éste va entrando como imperativo a la hora de resultar más seductores. Estas cosas en sí mismas no es que sean nocivas, la que puede resultar nociva es la excesiva dependencia a la propia imagen  en desmérito de reflexionar acerca de sí mismos, acerca de las cuestiones importantes de nuestra vida de relación, de nuestro estar en el mundo.

¿Qué es lo que se pierde por esta exageración y predominio de la imagen en esta mega publicidad que nos envuelve? Se pierde la capacidad de pensar.  La seducción fácil con su promesa de placeres inmediatos reemplaza la convicción en valores que verdaderamente  sostienen. La imagen sustituye al pensamiento, la austeridad y el esfuerzo se desvalorizan frente a la realización inmediata de deseos generados desde una lógica que pretende encontrar en el consumo la solución a todo. Todas sabemos, porque alguna vez lo hemos sufrido, con qué rapidez se extinguen los pretendidos placeres que se esperan al comprar un objeto con la ilusión de cambiar un estado de ánimo triste o combatir momentos de vacío. Una misma puede tratar de convertirse en un objeto de deseo cuando se maquilla para gustar, pero si una se pasara gran parte del día mirándose al espejo, eso  denotaría una dependencia hacia la propia imagen que haría un  cortocircuito con el verdadero lazo afectivo que nos conecta con los demás, nos enriquece y alimenta.

La inquietud que me provocan estas cuestiones me hace preguntarme porqué algunas mujeres –hombres en menor grado- se empeñan desesperadamente en una ciega carrera de modificación de su cuerpo intentando rescatar lo imposible de recuperar si de juventud se trata. Aquí es donde las diferencias culturales entre hombres y mujeres se hacen sentir. Los hombres no siguen una carrera tan extremada para parecer más jóvenes porque teniendo aspecto de maduros –aunque no necesariamente siéndolo- resultan seductores para las jovencitas.   En cambio las mujeres, saben que a los hombres les resulta chocante todo lo que anuncie pérdida, ya sea de juventud, de potencialidades, o bien un acrecentamiento del saber sobre los deseos que mueven a unos y a otras. En síntesis, a los hombres les da miedo la madurez femenina. Las mujeres buscan tanto más desesperadamente cuanto más dependen de un hombre, parecer todo lo más jóvenes que puedan para reafirmarse a través de la mirada masculina que aún son deseables, que aún pueden acceder a los privilegios que tienen las jóvenes. Porque es algo  tristemente comprobado que los hombres valoran más que las mujeres la juventud. Tal es así que cuando ellos hacen nuevas parejas después de un divorcio, generalmente se acoplan con mujeres muy jóvenes. No es que las mujeres no valoremos la juventud, sino que valoramos prioritariamente otras cosas que definen a una persona, por ejemplo, su madurez, su saber hacer, su capacidad de compañerismo. No sucumbimos con facilidad a las trampas de la vanidad en cuanto a necesitar ser idealizadas, podemos soportar las críticas si están hechas de buena fe, porque valoramos aprender de los demás. Todas estas cuestiones son frágiles en los hombres, porque salvo excepciones, están más sujetos a la necesidad de ser idealizados y eso es más fácil que se produzca con una jovencita, que si  no está movida sólo por un interés material de disfrutar de una posición económica solvente que algunos pueden procurar, pueden  idealizarlos otorgándoles un saber sobre la vida, unas metas logradas, una esperanza de aprender para llegar a ser imaginariamente tan fuerte, deseable y poderosa como los imaginan a los maduros. 

Al promocionar en exceso la dependencia a la imagen y al consumo superfluo nuestra sociedad encuentra un recurso que convierte la responsabilidad personal con respecto a nuestra propia vida, el detenerse a reflexionar acerca de ella, en algo indeseable. Pero ¿qué nos estamos perdiendo de esa manera? Justamente lo que no se pierde, a menos que la memoria enferme, que es conocer la riqueza de la experiencia acumulada con los años, el grado de libertad que eso supone, la alegría de poder sentirse a gusto con una misma sin tener que subordinarse a los criterios de otros. Cada persona es un mundo singular y la posibilidad de vivir una madurez no alienada en una carrera hacia lo imposible de evitar, si de vejez se trata, es poder sacarle partido a cada edad con sus características particulares. La juventud es preciosa pero llena de inseguridad, de promesas futuras, de peleas  por lograr los objetivos que se proponen en la vida, de miedos, de vulnerabilidad de la propia imagen frente a los demás, de pruebas continuas, de desafíos. La madurez, por el contrario, sabe. Gracias a la experiencia vivida, una experiencia de lo humano que va más allá de las modas. Aunque la subjetividad de cada época esté marcada  por estilos y costumbres diferentes, algo queda invariable a lo largo de muchas generaciones como para que sea útil beneficiarse de la sabiduría de las cosas del corazón que nos pueden trasmitir las personas mayores.

Tanto los hombres como las mujeres somos sensibles al deseo de gustar. Sin embargo, diferimos en los medios por los que intentamos lograrlo. Los hombres lo intentan haciendo un exhibicionismo de poder a través de la mostración de la posesión de bienes y objetos. Ciertos objetos pueden utilizarse para seducir, por ejemplo, un coche que deslumbra como símbolo de poder, recurso que suelen utilizar mayoritariamente los hombres. Pero no es lo mismo utilizarlo para seducir que utilizarlo como un triunfo exhibicionista del propietario. Por experiencia sabemos que muchas mujeres se sienten celosas del coche del compañero cuando éste lo cuida más que lo que la cuida a ella. Y es bastante triste tener como rival a un coche. Las mujeres intentamos satisfacer la necesidad de gustar a través del cuidado del cuerpo, cuidado que no significa culto, porque el culto al cuerpo silencia la soledad  estéril del narcisismo y la enajenación que supone para una mujer sostenerse sólo de su imagen. Porque ésta es transitoria, cambiante, expuesta al declive y a la pérdida de belleza,  a la vejez, a la decrepitud. A pesar de ello, tal vez por lo ineludible e insoportable de la vejez, aumentan cada vez más las ofertas de cirugía estética, liposucciones para parecer más delgadas pero sobre todo jóvenes, aumentos o disminuciones de mamas, extirpación genital de labios mayores para aparentar un sexo más aniñado, junto con su correspondiente depilación, cirugías estéticas que borran del rostro las arrugas, operaciones de estómago en las obesas para que casi no tengan hambre, ofertas de supresión de la regla para tenerla sólo unas veces al año o bien, parches hormonales para prolongarla indefinidamente sin tener en cuenta que los mismos tienen una incidencia directa en el cáncer de mama. Ir contra la naturaleza es una lotería, pero ahora desde el discurso médico posmoderno se nos quiere hacer creer que la naturaleza no es tan sabia como creíamos y que provocar cambios en ella nos beneficiaría. Los científicos tendrían que apelar a la sensatez porque torres más grandes han caído frente a la soberbia de creer que pueden dominar por entero el mundo natural.

Poder sostenerse de una manera que no provoque un derrumbe psicológico implica una mirada reflexiva hacia sí misma, hacia la sociedad que nos circunda, poder establecer una distancia crítica con las ofertas de una civilización que sólo se ocupa de la imagen y del goce inmediato. Reconocerse a través de los cambios, supone un esfuerzo de simbolización, un trabajo psíquico que balancee logros y pérdidas referidas al propio cuerpo, a nuestros vínculos, a nuestra inevitable finitud, que no será posible sin el acompañamiento de interlocutores válidos que nos reafirmen en esta andadura, con quienes establecer una relación profunda que nos haga sentir importantes y especiales. No es justamente lo que abunda en la manera posmoderna de vincularse, de contactos rápidos y cambiantes que no dejan anclar los afectos que sostienen. Nuestra época se caracteriza por una política de ceguera frente a lo que molesta. Pero las cosas no desaparecen porque no se las quiera ver.   Por mucho que nos estiren la piel, eso no nos librará de la vejez. En cambio si en vez de estirarnos la piel preferimos aceptar la evidencia de nuestra edad, tenemos que tener una compensación que nos permita sentirnos interesantes a pesar de ser mayores. Eso se logra alimentando nuestro espíritu con relaciones interesantes, con lecturas que nos acompañen en ese proceso de reflexión acerca de nosotras mismas, de nuestros vínculos, de las múltiples experiencias que la vida nos pone delante. Es un descanso poder sentirse dueña de sí misma, da una enorme paz interior, no sufrir la ansiedad de depender de cómo nos ven los demás, gastar nuestra energía en cuestiones verdaderamente importantes, poder crear y dejar nuestra huella en otros, una huella que no se deteriore y que sirva para sostenerlos y ayudarlos a andar por la vida, sentir que nuestra soledad es rica en emociones, en recuerdos gratos, en amistades que verdaderamente acompañan. Y si tenemos suerte, puede que también en amores, si tenemos la suerte de vincularnos con quienes tengan la madurez suficiente como para que les resulte estimulante pensarse a sí mismos por fuera de los tópicos comunes y superficiales, a quienes les resulte estimulante interrogarse desde la óptica de un bien hacer y un bien decir y poder reconocerse con orgullo y sin rubor.

CLAUDIA TRUZZOLI






RELACIONES ENTRE COMUNIDADES DIVERSAS

RELACIONES ENTRE COMUNIDADES DIVERSAS
  
Pensar la política como la condición necesaria para ver y escuchar a otros diversos que no piensan ni actúan como nosotros mismos, es requisito imprescindible de la democracia, aunque no el único. La diversidad es requisito imprescindible de la democracia, condición necesaria aunque no suficiente para darle lugar. Pero todas las invocaciones a la libertad encuentran su límite en el derecho a la libertad de los otros, por ejemplo, el respeto de ciertos principios éticos fundamentales que tienen que regir para todo ser humano, cuya universalidad no puede ser puesta en duda, siendo algunos de ellos el respeto por la vida, la salud y la justicia.

En ese sentido, cualquier gobierno totalitario o cualquier pensamiento que se erija en único posible para encontrar su validación, que pretenda detentar una única verdad, es profundamente anti-político, sea del signo que sea. El pensamiento totalitario sólo reconoce como humano al grupo que considera que comparte sus creencias, sus ideales, su forma de ser y valorar la vida. Se diferencia de cualquier sujeto que en su narcisismo sólo valora lo semejante porque si bien comparte con éste ese rasgo, se diferencia del totalitario en que no quita humanidad al grupo del que se desmarca. Simplemente o lo ignora o lo desprecia, pero no pretende aniquilarlo ni torturarlo.

En la historia disponemos de numerosos casos de grupos humanos que se caracterizaron por su exacerbado fundamentalismo. Por ejemplo, los nazis en la Alemania de Hitler,  pudieron exterminar a seis millones de judíos cuando su meta era la aniquilación total de ese pueblo sin ningún remordimiento. Podían ser hombres muy sensibles con sus allegados y afines, y al mismo tiempo, ser capaces de una extrema barbarie y crueldad con quienes consideraban diferentes. Otros ejemplos, los rusos en la época de Stalin, las recientes guerras en los Balcanes, el trato dado a los prisioneros por los americanos  tanto en Guantánamo como en las prisiones iraquíes, las barbaridades que se cometen en las guerras contra las mujeres con objeto de humillar aún más al enemigo, los fundamentalistas que pretenden imponer un modo de pensar y actuar que implica un sometimiento total a sus creencias bajo amenaza de muerte al infiel, sólo son muestras de una negación de la alteridad, tan necesaria para una convivencia democrática y pacífica. ¿Qué hace falta para que un gobierno totalitario se imponga por el terror y actúe con carta blanca para eliminar a sus adversarios de la manera más impune? Sólo una cosa: que tenga el poder para hacerlo y que le quite a los otros diferentes la condición de semejantes.

Contra todas estas cosas nos alerta el relativismo cultural, pero todos los movimientos más abiertos a la diversidad, pecan de exceso de tolerancia frente a ciertas prácticas que bajo la bandera del relativismo cultural, no ponen límites a la libertad de las comunidades diversas cuando éstas sí pretender ponerlos a las comunidades en las que se insertan, bajo amenaza más o menos velada y sobre todo, cuando el respeto exigido a sus costumbres, no se corresponde paritariamente con el respeto a las costumbres de las comunidades que los acogen. Toda democracia tiene su punto frágil cuando no pone límites que respeten la libertad de todos, lo cual implica respetar las diferencias y no imponer normas ajenas a cada comunidad. De lo contrario, si no se hace esto, se favorecen los movimientos de reacción dando lugar a nostalgias totalitarias que podrían expresarse parafraseando a Jorge Manrique: Todo dictadura pasada fue mejor.

CLAUDIA TRUZZOLI